¡Regocijaos, hermanos! ¡Somos pobres, pero trabajamos!

Hoy todos los medios de comunicación lanzan al aire entre fanfarrias la bajada histórica del paro en abril. Las cifras están en todas partes para quien se quiera entretener consultándolas. En abril trabajaron miles que no estaban trabajando en marzo. En abril cotizaron en la Seguridad Social miles que en marzo no pudieron cotizar. Vamos en la buena dirección, decía el PP, y tenía razón. La reforma laboral hoy demuestra su bondad. Ha sido un éxito.

Cuenta el evangelio de Lucas una parábola que la mayoría conoce muy bien. Empieza así:

“Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y de lino fino y hacía cada día banquete con esplendidez. Había también un mendigo llamado Lázaro, que estaba echado a la puerta de aquel, lleno de llagas… y ansiaba saciarse de las migajas que caían de la mesa del rico”.

Y sigue diciendo que el pobre, Lázaro, por más señas, murió y fue al cielo. Y el rico, por más señas, Epulón, murió y fue al infierno.

Esta parábola sirvió a la Iglesia durante siglos para contener a los miserables. Si sufrían su penuria perpetua con paciencia y resignación, les esperaba la Gloria después de muertos.

Las parábolas son eternas porque nacieron de la sabiduría divina. Hoy nos recuerda ésta que todavía hay quien se harta en mesas llenas de manjares y quien vive pendiente de las sobras para sobrevivir.

Pues bien, hermanos, regocijaos. En abril cayeron más sobras que nunca de las mesas de los ricos. Esas mesas que existen porque los pobres las llenan trabajando por una miseria y volviendo a las calles a mendigar trabajo cuando a los ricos no les conviene seguir pagando sueldos hasta la próxima estación.

Claro que la reforma laboral ha sido un éxito. Preguntad a los empresarios. Y ha sido un éxito también para los trabajadores. Preguntad al pobre que no duerme porque no sabe cómo va a pagar el alquiler de su casa, pero que siente cierto alivio por la mañana porque al menos el sueldo le ha alcanzado para dar desayuno a sus hijos. ¿Y cuando ese miserable trabajo se le acabe? El pobre no puede hacer presupuestos ni previsiones. Si la cosa va algo bien, amanecerá trabajando. Si va mal, amanecerá mendigando y acabará por la noche, en la cama, animándose con la esperanza de que mañana será otro día.

El pobre Lázaro de nuestras entrañas ya ni siquiera espera la Gloria. No sufre su penuria con resignación; la sufre con rabia y rebeldía, rebeldía que suelta con palabrotas amenazando a los culpables de su desventura con venganzas imposibles.

Cuando llega el día de las elecciones, el pobre Lázaro vuelve a votar al PP porque, sean lo que sean sus políticos, al menos le garantizan que de su mesa caerán sobras para mantenerle, a él y a su familia, con vida.

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Al grano:que NO es NO

Al grano. Nos están conduciendo, como ovejas al matadero, a una realidad política y social dirigida por una ideología única.

 

Hay tertulianos y comentaristas que presumen de no caer en lo que hoy se llama conspiranoia. Su objetividad les exige limitarse a comentar los hechos que objetivamente pueden observar. Pero hoy y aquí, los hechos que nos dejan observar, las declaraciones que nos permiten oír forman el decorado y los diálogos de una obra de teatro concebida para distraernos mientras los poderes que rigen el país configuran el tipo de sociedad en el que nos tocará vivir; la clase de vida que nos tocará sobrellevar hasta que entreguemos el relevo a otra generación aun más atontada, aun más dócil que la nuestra. Por eso, quien se niegue a levantarse de su butaca de observador para colarse entre bambalinas, con espíritu de sabueso, a investigar qué es lo que está pasando, qué es lo que están tramando, será todo lo objetivo que quiera, pero es, además, o cómplice de los que mandan o un ingenuo del copón.

Al grano. En una situación insólita, hasta hoy desconocida en los regímenes democráticos, Pedro Sánchez Pérez-Castejón, cargado con el Partido Socialista que le apoya, ha sido arrastrado hasta el centro del escenario nacional para someterle ante el público a una andanada de reconvenciones y exigencias para que abdique de sus principios socialdemócratas, de su programa electoral, de su compromiso con los millones que le votaron. El aluvión le cae de todas partes. Diríase que el clamor que le conmina a claudicar para dar vía libre a un gobierno corrupto dirigido por la más salvaje política neoliberal es el clamor unánime de todos los españoles. Pero eso es falso.

Todos los que acusan a Pedro Sánchez de antidemocrático por no entregar el poder al partido más votado; todos los que le acusan de inmovilista, de irresponsable y de cuanto se les pasa por el magín para sacudirle, tienen algo en común. Las voces salen de distintos partidos, incluyendo el PSOE, pero de gargantas empeñadas en decir cualquier cosa con tal de defender los privilegios de su clase; una clase política sometida al servicio de quienes garantizan la estabilidad del statu quo.

¿Y cuál es el statu quo? Partidos con organización a cargo de organizadores intocables que se aseguran su intocabilidad amenazando a los replicantes con lanzarlos a las tinieblas del anonimato y prometiendo a los aspirantes dóciles la inclusión en listas y cargos que hagan brillar sus nombres propios -donde dice cargos, léase sueldos-. Partidos cuya buena vida depende del Capital que les sostiene a cambio de que apliquen políticas favorables al Capital cuando lleguen al poder.

Ya pueden protestar de su honestidad, responsabilidad, visión de estado todos cuantos protestan de todo eso para justificar el ansia de que Rajoy vuelva a gobernar. Todas esas palabras nobles se revelan burdas mentiras cuando se utilizan para encubrir la voluntad de que nada cambie; de que zapateros a sus zapatos; es decir, empleados a sus trabajos para mantener a los que mandan como manda el dios de los que mandan; y los que mandan, a hacer lo posible para que a los empleados no les falte techo y comida para que puedan mantener a los que mandan sin problemas mayores. Zapateros a sus zapatos; que los españolitos vayan a lo suyo y dejen a los dirigentes dirigirlos en paz sin incordiar. ¿Pueden presumir de honestidad, responsabilidad y visión de estado los políticos y los opinantes empeñados en entregar el gobierno del país a un partido corrupto que se rige por la salvaje ideología neoliberal que ha partido en dos a la sociedad española, los que tienen y los que no tienen, creando una desigualdad de tiempos que creíamos antiguos y desaparecidos para nunca volver?

Harían bien en ahorrarse mentiras y eufemismos que no hacen ninguna falta porque ya todos nos sabemos la cartilla. Las cosas son como son y así las dejó Francisco Franco confiando en que la mayoría de los españoles haría lo que fuera para conservar la paz, aunque fuera la paz de los sepulcros; y garantizarse la supervivencia, aunque fuera la de una vida sin dignidad –la dignidad no se come-. Para no repetir la receta de la sopa de ajo, dejo aquí enlace para que los espíritus curiosos que no han tenido tiempo ni medios para dedicarse a la lectura por ser de los que trabajan para mantener a los solventes, se empapen bien de lo que es y significa el franquismo sociológico, la sociedad en la que viven o malviven la mayoría de los españoles. Quien se reconozca en el rebaño que Franco dejó bien domesticado podrá al menos optar por una de dos opciones: rebelarse y luchar por un auténtico cambio o asumir su cobardía y entregarse a la resignación para que le permita irse muriendo en paz.

Al grano. Pedro Sánchez Pérez-Castejón y sus asesores cometieron un error que no le quieren perdonar ni los bien colocados ni los colocados tan mal que viven temiendo que su colocación empeore.

El PSOE lanzó su campaña electoral previa a las elecciones del 20D prometiendo cambio. No repararon en que decir cambio es como mentarle la bicha a unos españoles domesticados, entrenados para desconfiar de cuanto les altere la rutina; a los que su rutina les resulta favorable porque ya les va bien, y a los que viven una rutina de pena porque les podría ir peor. Cierto que el PSOE de 1982 arrasó prometiendo cambio, pero eso ocurrió hace treinta y cuatro años y lo que se quería cambiar entonces era una situación inestable, de incertidumbre, de amenaza de sables y pistolas. Cierto que el PP de 2011 también ganó prometiendo cambio, pero lo que entonces se quería cambiar era una situación de crisis económica que había llevado a miles de empresas a la banca rota y a millones de personas al desempleo. En 2015, hablar de cambio era decir a los españoles que había que cambiar a un gobierno que había creado cientos de miles de puestos de trabajo y que tranquilizaba al personal, como un potente psicótropo, con cifras macroeconómicas que casi nadie entendía, pero que demostraban que España iba muy bien. Pero mire usted, que la inmensa mayoría de esos puestos de trabajo son por horas, por días, por un par de meses, sin derecho alguno a exigir condiciones dignas, con sueldos de miseria; que ofrecer un trabajo de esos es como darle al hambriento una piruleta porque usted va a trabajar toda su vida, pero se va a pasar toda su vida a verlas venir, aterrado por la incertidumbre sobre si encontrará trabajo cuando se le acabe el contrato que tiene, si es que tiene contrato; con la única certeza de que, con lo que gana, está usted metido en el círculo de la pobreza del que ya no va a salir en toda su miserable existencia. Puede que el vapuleado y resignado español dudara unos días mientras le llegaban de aquí y de allá las promesas electorales de costumbre. Pero en el último momento, un 28, 72% de los votantes, que resultó mayoritario, se acordó de la mal llamada y peor entendida, pero universalmente popular Ley de Murphy, y volvió a coger la papeleta del PP por si a las moscas. El número de los anticambio se incrementó el 26J hasta el 33%.

Al grano. Pedro Sánchez empezó por el intento de cambiar a un partido anquilosado para transformarlo en un organismo vivo y activo en el que las voces de militantes, simpatizantes y hasta votantes se atrevieran a hablar y se escucharan con el mismo volumen, más o menos, que las voces de los dirigentes. Con lo que se echó en contra a algunos dirigentes para siempre jamás.

Pedro Sánchez se atrevió a apelar al patriotismo y a la responsabilidad de todos los diputados presentando en el Congreso un programa socialdemócrata concebido para reconstruir la sociedad española sobre fundamentos de igualdad, justicia y solidaridad. Claro que sabía que los votos de los diputados no se consiguen apelando a sus valores morales o al interés general; se consiguen con pactos y los pactos, como hasta los comentaristas repiten y todos sabemos, suelen ser cambios de cromos dirigidos por los intereses y las ambiciones de los partidos pactantes. ¿Cómo pedirle a un líder que anteponga el interés general a su esperanza de sorpasar a todos los partidos, por ejemplo? En fin, que una muestra de valor y firmeza como pocas se habían visto en la política española, fue considerada y presentada ante la opinión pública como un fracaso. Pero el acto de valor de Pedro Sánchez puso en evidencia los actos de los demás.

Al grano. Pedro Sánchez se niega a permitir con la abstención del PSOE que el 33% de los votantes condene a todos los ciudadanos de este país a acatar con resignación cuatro años más de recortes de libertades y derechos. Pedro Sánchez se niega a ignorar el NO al Partido Popular del 67% de los votantes. Pedro Sánchez se mantiene firme insistiendo en que una minoría no puede vencer a la mayoría en una democracia. ¿Que solo queda pactar con los que representan a ese 67%? ¿Que si eso no puede ser por las razones que no pudo ser la investidura de Sánchez en marzo, habría que volver a votar, con el más gasto y el cansancio que se les causaría a los pobrecitos españolitos –término de Casado? Conmueve el súbito interés por el bienestar de los españolitos de quienes han hecho todo lo posible por jorobarles la vida y de quienes no han hecho nada para evitarlo. Hoy millones agradecen ese interés, pero dicen, no, gracias.

Al grano. Millones de militantes, simpatizantes y votantes del PSOE de Pedro Sánchez, sin miedo al cambio, sin miedo a votar, están gritando por todos los medios a su alcance que el NO a gobierno del Partido Popular siga siendo NO aunque haya que seguir votando hasta el día de juicio. Porque ya no hay falacia ni engañifa que les haga aceptar que hay que resignarse a vivir donde te haya hecho nacer el destino en una sociedad dividida entre los que mandan y los que trabajan para que esos puedan seguir mandando. Porque en una democracia manda la mayoría y la mayoría ya ha dicho dos veces que no a Rajoy, a su partido y a la política de otros tiempos. Millones de españoles con Pedro Sánchez a la cabeza siguen y seguirán contestando a los metemiedo y a los cobardes que NO es NO.

La pura y dura verdad

Diálogo, pactos, responsabilidad, patriotismo, palabrería repetida un día y otro y a todas horas en la prensa escrita, hablada, vista; palabras de un padrenuestro pagano que políticos y politólogos y charlistas con vocación de pedagogos vocacionales repiten y repiten y repiten a los ignorantes indígenas del gran pueblo idiota para convertirles a la nueva religión; religión que ya no es de Dios ni del demonio, que es del Dinero y de sus intermediarios en la tierra, regidos todos por el Pragmatismo, al margen del cual no hay salvación.

Alerta máxima. Campanas tocan y sirenas suenan para enterarnos a todos del estado de emergencia nacional. La vida de cuarenta y seis millones de españoles depende de que un hombre se someta a un debate de investidura y de que todos aquellos de quienes depende que le invistan, le invistan como sea para que ese hombre nos pueda gobernar, porque si no le dejamos que nos gobierne, España,  con todos sus españoles,   será asolada por la más catastrófica de las catástrofes que jamás haya contemplado la historia nacional, porque no puede haber catástrofe más catastrófica que la de vernos forzados a soportar unas terceras elecciones –­­­­juro por lo más sagrado que la exageración no es mía sino del presidente de una comunidad autónoma que acabo de oír en la radio alertando de tal catastrófica catástrofe, sic erat dictum-.

¿Pero esto qué es? Diríase que una obra de teatro con pretensiones dialécticas que no pasa del absurdo improvisado de cuatro locos. ¿Sólo eso? Quien quiera podrá escuchar la voz de Brecht conminándonos a detenernos y pensar. -Todo esto no es más que puro teatro. Simples tablas y una luna de cartón –nos dice desde el mundo eterno-. Pero los mataderos que se encuentran detrás, ésos sí que son reales.

Pensemos. Descubramos esos mataderos antes de que nos veamos todos dentro discurriendo por la línea que nos lleva al despiece.

¿Cómo es posible que en un régimen democrático un solo hombre pueda paralizar la vida política de un país a su antojo hasta que todos los políticos con capacidad de decisión decidan darle el gobierno? ¿Por qué tantos personajes políticos de antigua trayectoria y dirigentes políticos en activo alertan de horribles peligros si no se pliegan todos a su voluntad de gobernar? ¿Es que están todos ellos verdaderamente convencidos de que la única alternativa que tiene el país para evitar la ruina absoluta es entregar el gobierno al presidente de un partido procesado, él mismo sospechoso de corrupción, que miente sin recato y sin recato ignora la constitución, el tribunal que regula su cumplimiento y hasta leyes internacionales si hace falta? Eso por no mencionar su política antisocial, argumento tan sobado que se cae a pedazos y que sobra volver a mencionar porque, en realidad, le importa a muy pocos. ¿Es posible que el futuro de España dependa, sin remisión, de un hombre como Mariano Rajoy y de un gobierno como el de su Partido Popular?

La realidad objetiva está tan enmarañada que no hay modo de encontrar en ella respuestas lógicas; tan confusa, que ni se encuentra analogía alguna en parte alguna del mundo que nos permita comprenderla. ¿Qué nos queda entonces que nos permita analizar? Nos queda la realidad interior; los meandros de la mente de los autores de esta ópera bufa, autores que son al mismo tiempo sus protagonistas. ¿Qué le ha pasado a todos estos políticos para haber caído en tal estado de histeria?

Vamos a ver. Se desata una crisis económica. Millones se quedan en la ruina, más o menos total. El resto de los millones cae presa de un pánico crónico. De pronto, en medio de todas las tragedias personales que hacen brotar en todas las conciencias la certeza de la precariedad de la fortuna, empiezan a estallar las cloacas revelando en su fondo una red de ladrones que nos han estado esquilmando el fruto de nuestro trabajo. A estas alturas, las aguas fecales han crecido y siguen creciendo hasta el punto de asustar. Si siguen bajando los sueldos, si sigue golpeando a los más vulnerables la precariedad laboral o la carencia de empleo, si la pobreza sigue arrastrando a los que aún se aferran a sus puertas pequeño burguesas ¿cuánto puede tardar en producirse una revuelta social?

Hay que reconducir a esa gente, reconciliarla con sus dirigentes antes de que les ronde la idea de la rebelión. ¿Y cómo reconciliarla? El exceso de información ha vuelto escépticos a los idiotas. Ya no se creen los discursos bonitos, las promesas. Mirad lo que le pasó al partido que vendía sonrisas, abrazos y golpecitos en el corazón. En la España de hoy, ya puede predicar un Bautista y hacer milagros un Mesías que quien no les ignore para irse al fútbol, puede emprenderla a pedradas para descargar en ellos su indignación. ¿Qué hacer entonces? Alguien tuvo una idea genial –las ideas geniales suelen surgir de un único individuo-. Hay que hacer que el pueblo idiota acepte a sus dirigentes sin juzgarles. ¿Cómo? Mediante la empatía.

Hoy por hoy se ha hecho evidente que una gran mayoría de los dirigentes políticos de este país tiene una urgencia perentoria de convencer a todos los adultos españoles de que aceptemos hacernos culpables y cómplices de corrupción; de que aceptemos que todos somos indecentes y que no tenemos, por lo tanto, derecho a  sentirnos moralmente superiores a quienes nos gobiernan; que no tenemos derecho a exigir decencia a nadie.

¿Y cómo van a convencer a la mayoría de los adultos de este país para que se sientan parte del grupo esquilmador sin que les caiga ninguno de sus beneficios? Muy fácil. El Partido Popular fue el más votado en las pasadas elecciones. Solo obtuvo poco más del 30% de los votos, pero mucho más de los votos que obtuvo el PSOE solo. Por consiguiente, hay que permitir que ese partido gobierne porque es lo más democrático, responsable, patriótico, etcétera que se puede hacer. Pero es que eso solo es posible si el PSOE se abstiene. Exacto. Si el PSOE se abstiene, Mariano Rajoy volverá a gobernar sin problemas; el pueblo idiota seguirá aguantando lo que le caiga con alguna que otra protesta aislada, pero nada que pueda desestabilizar el país;  Bruselas podrá descansar sin sobresaltos mirando con cariño a la dócil España neoliberal. ¿Y la oposición? ¿Qué oposición? ¿Los de las sonrisas y los corazones? Esos salen a la calle a pasárselo bien hasta que se descubren la primera cana en la cabeza y el primer achaque en la espalda, advertencias de que ha llegado la hora de buscar el enchufe de papá o de algún contacto para procurarse un buen empleo. ¿Y el PSOE? ¿Qué va a decir el PSOE si al abstenerse está tan pringado como el resto de los políticos? ¿Y el pueblo idiota? Eso, idiotizado, dócil y dispuesto para seguir votando a los que le vapulean y le roban.  España, la España eterna, pícara y sadomasoquista, podrá seguir disfrutando de sus esencias durante cuarenta años más sin que nadie se atreva a incordiarla con monsergas éticas.

Suena fatal, tan mal, que aun hay millones que se resisten a bajar la cabeza para que se la rebanen; millones que siguen empujando a quienes aun pueden acusar de indecencia a los indecentes sin sonrojarse para que no den ni un paso atrás.  Porque al día de hoy, a pesar de todos los esfuerzos realizados por corruptos y cómplices y aspirantes de cómplices, aun quedan millones en este país que no se tragan la estratagema; millones que exigen un NO rotundo a quienes pretenden pringarnos para que en España no quede nada limpio, nada que destaque la mugre que nos rodea; millones de valientes que exigen la verdad y la decencia.

Suena fatal, pero la voz de Brecht nos conmina: “Cuando la hipocresía comienza a ser de muy mala calidad, es hora de empezar a decir la verdad.”

Yo acuso

Escribí este artículo el 3 de enero de este año. Tuve que publicarlo en mis notas porque el director del periódico en el que publicaba creyó que podía causar problemas legales.Hoy, todo lo que aquí escribí sigue vigente. Todo el dolor que el PP causó a millones durante la pasada legislatura, hará aun más daño a muchos más.Publico esto otra vez para que quienes insisten de buena fe en que el PSOE se abstenga y permita gobernar al PP, reflexionen y entiendan por qué Pedro Sánchez y el PSOE no pueden contribuir, ni por acción ni por omisión, a que un partido inmoral e inhumano que ha destruido la vida de millones, pueda seguir destruyendo.

Yo acuso

“¡Oh, a qué espectáculo asistimos desde hace tres semanas y que días tan trágicos, tan inolvidables acabamos de vivir! No recuerdo otros que hayan despertado en mi mayor solidaridad, angustia y generosa ira. He sentido exasperación, odio hacia la necedad, mala fe, y he tenido tanta sed de verdad y justicia que he comprendido hasta qué punto los más generosos impulsos pueden llevar a un pacífico ciudadano al martirio”. Emile Zola
El 20 de diciembre de 2015, la mayoría de los españoles que ejercieron su derecho al voto volvieron a elegir al Partido Popular para que siguiera gobernando el país. Encabezaba la lista Mariano Rajoy Brey, presidente del gobierno, un hombre sospechoso de corrupción por haber consentido la corrupción en su partido; un hombre acostumbrado a mentir en mítines, entrevistas y hasta en sede parlamentaria; un hombre que durante cuatro años había sido el máximo responsable de destrozar la vida de millones de españoles con una reforma laboral y unos recortes al bienestar social que hicieron de la pobreza una pandemia. Estos datos incuestionables bastan para concluir que quienes le votaron:
1. consideran que la moralidad no es requisito para gestionar los asuntos del estado.
2. consideran que las necesidades y el bienestar de los demás no les incumbe.
A su vez, estas conclusiones irrefutables conducen a un diagnóstico: la sociedad española está enferma de inmoralidad y de egoísmo. ¿Tiene remedio? Para encontrarlo, es necesario descubrir la causa de que una crisis económica se convirtiera en una peste que ha diezmado las oportunidades, las ilusiones, las esperanzas de gran parte de la sociedad. Esa causa tiene un nombre. El germen asesino se llama liberalismo, una ideología que defendida con falacias impostoras disfrazadas de sentido común, dicta “medidas carentes de humanidad que causan severos daños, tanto psíquica como físicamente, y que además son cometidos como parte de un ataque integral o sistemático contra una comunidad”. (El entrecomillado corresponde a la definición de crímenes de lesa humanidad contemplados en el Estatuto de Roma).
Pero, naturalmente, una doctrina no se aplica sola. Los culpables de aplicarla fueron, durante la legislatura que acaba de concluir, Mariano Rajoy Brey, los miembros de su gobierno y los presidentes y gobiernos de comunidades autónomas regidas por el Partido Popular.
Como ciudadana anónima afectada por las medidas que, en aras del liberalismo que nos impuso la austeridad, me han privado de derechos y libertades reconocidos como patrimonio inviolable de todo ser humano, yo acuso.
Yo acuso a Mariano Rajoy Brey de haber traicionado a España y a los españoles cediendo a las órdenes de las potencias que dictan el rumbo económico de la Unión Europea; órdenes de que en España se aplicasen medidas de estricta austeridad presupuestaria sin tomar en cuenta las gravísimas consecuencias que esas medidas tendrían en la vida de los españoles. Por indolencia, cobardía o por afinidad ideológica, el presidente del gobierno español se plegó a las órdenes de la Unión, capitaneada por Alemania, sin hacer el más mínimo esfuerzo por conseguir concesiones que paliaran los efectos devastadores de esas medidas sobre los ciudadanos más vulnerables.
Yo acuso a Mariano Rajoy Brey y a los miembros de su gobierno de someter a todos los trabajadores de España a la voluntad de los empresarios mediante unas leyes laborales que no garantizan sueldos dignos ni dignas condiciones de trabajo. La reforma laboral del gobierno del Partido Popular se diseñó para atraer inversores abaratando costos. Los costos se abaratan rebajando sueldos, barajando contratos temporales, exigiendo al trabajador horas extraordinarias que no se pagan. Al eliminar los derechos adquiridos por los trabajadores en los últimos treinta años, la reforma laboral les devuelve a la indefensión de la época pre democrática y vuelve a establecer en la sociedad la figura del trabajador pobre que aún trabajando todas las horas que el empresario le exige, no gana lo suficiente para cubrir sus necesidades. Las leyes laborales del gobierno del Partido Popular han convertido a los trabajadores en peones de un juego cuyas reglas establece el empresario con el único objetivo de ganar.
Yo acuso a Mariano Rajoy Brey y a los miembros de su gobierno de abandonar a su suerte a los desempleados de larga duración, a los casi cuatro millones de desempleados que no reciben prestación alguna, a los casi siete millones de familias en las que todos sus miembros carecen de empleo.
Yo acuso a Mariano Rajoy Brey y a su gobierno de forzar la emigración de los jóvenes que no encuentran en España un trabajo digno.
Yo acuso a Mariano Rajoy Brey y a su gobierno de cómplices del terrorismo machista por recortar el presupuesto para la prevención de la violencia de género, para la atención a las víctimas y para las actuaciones judiciales; cómplices, por ello, de los asesinatos de mujeres a manos de sus parejas.
Yo acuso a Mariano Rajoy Brey y a su gobierno de ser causantes de las muertes ocasionadas por el deterioro de la atención sanitaria y por no suministrar a tiempo, a los enfermos crónicos, medicamentos que no se podían pagar.
Yo acuso a Mariano Rajoy Brey, a los miembros de su gobierno y de los gobiernos de su partido en las comunidades autónomas, a los diputados, senadores, alcaldes, a los altos cargos del Partido Popular de haber derrochado dinero público a conveniencia en proyectos innecesarios y de beneficiarse de sueldos y privilegios económicos excesivos sin aplicarse las medidas de austeridad con que se ahogaba al resto de los españoles.
Yo acuso a Mariano Rajoy Brey de haber permitido el enriquecimiento ilícito de miembros de su partido y de no aclarar las sospechas de que él mismo se enriqueció ilegalmente.
Yo acuso a los más de siete millones de españoles que votaron por el Partido Popular el 20 de diciembre de ser cómplices de la corrupción sistémica que se ha practicado en el partido por costumbre y de la política aplicada por sus gobiernos; de ser, por ello, corresponsables de las consecuencias trágicas que esa política seguirá teniendo en la vida de millones de españoles durante cuatro años más si Mariano Rajoy Brey vuelve a ser investido presidente del gobierno.
La ideología opuesta al liberalismo es la socialdemocracia. Sus valores troncales son la igualdad y justicia social. En España, el único partido que ha gobernado el país aplicando la política socialdemócrata es el Partido Socialista Obrero Español.
Yo acuso a Mariano Rajoy Brey de realizar una oposición desleal, infamante y calumniadora contra José Luis Rodríguez Zapatero y el PSOE durante sus años como jefe de la oposición.
Yo acuso a los responsables de la propaganda del Partido Popular de hacer una campaña desleal, infamante y calumniadora contra Pedro Sánchez Pérez-Castejón, candidato del PSOE a la presidencia del gobierno.
Yo acuso a los voluntarios del Partido Popular de realizar una campaña de calumnias contra el PSOE en las redes que ignoraba a Pedro Sánchez y destacaba errores, ciertos y falsos, de Felipe González y Rodríguez Zapatero como si ambos fueran los candidatos del partido a la presidencia.
Yo acuso a los medios de comunicación de sumarse a la propaganda del Partido Popular contra el PSOE ignorando a Pedro Sánchez, a sus esfuerzos por explicar el programa del partido en todo el territorio; destacando su nombre solo en relación con los conflictos internos del partido y el rechazo que algunos socialistas manifestaban a su liderazgo. Los medios han magnificado esos conflictos. Antes de las elecciones, una entrevistadora llegó a preguntar a Pedro Sánchez cinco veces consecutivas cómo era su relación con Susana Díaz cuando el candidato intentaba explicar sus propuestas políticas. Proporcionalmente al menosprecio a Pedro Sánchez, los medios promocionaron la imagen de Pablo Iglesias y Albert Rivera, antes y durante la campaña electoral, convirtiéndoles en lo que se llama fenómenos mediáticos.
Yo acuso a todos los miembros del PSOE que no estuvieron de acuerdo con la elección de Pedro Sánchez y ventilaron su desacuerdo y sus críticas en medios de comunicación; les acuso de hacer daño a su partido a sabiendas y de beneficiar a sabiendas al Partido Popular. Es tal su afán por eliminar a Pedro Sánchez como secretario general y candidato a la presidencia, que no les importa entregar la suerte de los ciudadanos al gobierno inhumano del Partido Popular durante cuatro años más.
Yo acuso a Alberto Garzón y a otros miembros de Izquierda Unida de haber concentrado una gran parte de su campaña en críticas contra el PSOE intentando convencer a los ciudadanos de que el partido socialista no era de izquierdas, de que las políticas sociales que IU prometía en su programa eran de su exclusiva invención; políticas que el PSOE empezó a implantar en España en 1982 y que forman parte del programa del PSOE de Pedro Sánchez para reconstruir el estado de bienestar y la cohesión social que el Partido Popular destrozó.
Yo acuso a Podemos y a sus partidos afines de lo mismo.
Yo acuso a Artur Mas, a la antigua Convergència, a Junts pel Sí, a la actual Democràcia i Llibertat, a todos los políticos y partidos que en Cataluña han atizado el sentimiento independentista de los ciudadanos haciéndoles creer en una independencia imposible; les acuso de haber ayudado a Mariano Rajoy aumentando su prestigio y su aceptación como defensor y garante de la unidad de España.
Yo acuso a todos los políticos de todos los partidos que pregonan su negativa a aceptar que Cataluña es una nación, la nación de los catalanes; les acuso de rechazar una realidad indiscutible que debería recoger la Constitución; les acuso de agitar la unidad de España como si fuera un banderín para aparecer también como defensores de la patria. La consecuencia inmediata de esa negativa estúpida e injustificable es que la incomprensión entre los catalanes y el resto de los españoles se encona, empeorando el problema y beneficiando indirectamente a Mariano Rajoy.
Gracias a la ignorancia, a la cobardía, al egoísmo de la mayoría, Mariano Rajoy Brey y el Partido Popular han vuelto a ganar las elecciones. Han vuelto a ganar a pesar de su inmoralidad, a pesar de la enormidad del daño y el desprecio que infligieron a los ciudadanos durante sus cuatro años de gobierno. Dice el Eclesiástico que todo pueblo tiene el gobierno que merece. Es verdad solo a medias.
No se merecen un nuevo gobierno de Mariano Rajoy Brey y su Partido Popular los ciudadanos que dedican su tiempo a aliviar la penuria de los más afectados por su política inhumana: voluntarios que trabajan en comedores sociales; animando barrios deprimidos con actividades culturales; divirtiendo a los niños en los hospitales; transportando a los hospitales a niños enfermos y familias a quienes no se les ha proporcionado ambulancia; voluntarios que intentan suplir de diversas formas la dejación de responsabilidades por parte del estado.
No se merecen un nuevo gobierno de Mariano Rajoy Brey y de su partido los activistas anónimos que dedican su tiempo a hacer que la verdad circule por las redes para proporcionar la información que el gobierno se guarda y que los medios ofrecen muy breve o desvirtuada por titulares tendenciosos o adulterada por la opinión.
No se merecen un nuevo gobierno de Mariano Rajoy Brey y su partido los hombres y mujeres que en el seno de diversas asociaciones y organizaciones luchan por la igualdad y la justicia.
Cargados de indignación, pero también de razones, los que no nos merecemos el gobierno corrupto e inhumano que ha querido imponernos la mayoría seguiremos trabajando por España, nación que seguirá conservando su dignidad mientras en ella habiten españoles que no estén dispuestos a venderla por un plato de lentejas.
Nota: Por si a las moscas, quede claro que al acusar de cómplices y causantes me refiero a una complicidad moral, no material. Es mi opinión que para matar a alguien no hace falta un arma, basta, por ejemplo, con empujarle al suicidio por desahuciarle de su casa.

Terrorismo financiero

Es pobre. De pronto se da cuenta con estupor de que es pobre. Ha sido la cifra que ha oído en la radio, que ha visto en la portada de un periódico. 13,6 millones de pobres; 28,6% de pobres; uno de cada cinco españoles pobres.  Años viendo esa cifra como una realidad oscura, maloliente, pero afortunadamente lejana. Los pobres vivían en otra parte, en una especie de leprosería, algo feo a lo que no era sano ni mirar.

Ahora hay un pobre en su casa, comiendo en su mesa, durmiendo en su cama. Su casa ya tiene en la puerta el letrero que avisa que en esa casa hay un apestado. Cuando suene el timbre, cuando suene el teléfono, sabe que no será un amigo; será una cara, una voz impersonal, imperativa, exigiéndole que pague algo. El timbre de la puerta, el timbre del teléfono empezaron a sobresaltarle aún antes de darse cuenta de que era pobre, y los sobres sobresaliendo del buzón y ver de lejos al presidente de la comunidad y no verle, pero presentirle, imaginarle exigiéndole el pago de gastos que nunca podrá pagar. Ahora sabe que el miedo que no le dejaba dormir y que se despertaba con él y no le dejaba despertarse del todo y le atenazaba las piernas obligándole a arrastrar los pies para llegar al baño y hacía que le temblara la mano al acercarla al interruptor de la luz que en cualquier momento dejaría de encenderse porque el banco habría devuelto la factura; ahora sabe que ese miedo no era estrés por haber perdido el trabajo y que se le pasaría pronto, como le había dicho el médico de cabecera; ahora sabe que el miedo que apareció como un tumor el día que supo que le iban a despedir ha ido creciendo, ocupando toda su mente y su cuerpo; ahora sabe que el miedo es la única compañía con la que podrá contar por el resto de su vida de pobre. Ahora sabe que ser pobre es poseer dos cosas seguras: el miedo y la soledad.

Va el nuevo pobre a cobrar el paro con miedo de que no se lo hayan ingresado porque había tantos requisitos y siempre le faltaba algo y cuando al fin le dijeron que lo podía cobrar, ya ni se lo creía. Miedo hasta que ve los billetes salir por el cajero. Coge los billetes, los cuenta, y la sangre le abandona la cara. No le alcanza para la hipoteca. Debe haber un error. Va al cajero, pregunta, le explican. De la prestación hay que deducir el impuesto sobre la renta. ¿Pero qué renta si no tiene renta? La prestación es una renta, es lo que hay.

Y así un día y otro. Caminar por la calle sintiéndose cada vez más como una rata asustada que corre a esconderse en cuanto un ruido le advierte de  un peligro mortal. El peligro es la gente; el dueño de la tienda que en cuanto le ve pone cara de no me pidas que ya no te fío, el amigo que apresura el paso al verle y hace ver que no le ha visto, el acreedor que le cobra, el juez que ordena embargos y desahucios, el político que hizo la ley para que pudieran despedirle pagándole una miseria. Pero ninguno de ellos tiene la culpa de su pobreza. El único culpable es él por no haber estudiado lo que tenía que estudiar; por no haber sabido medrar; por no haber ganado más; por no haber ahorrado;  por haberse comido lo que había ahorrado; por haber ido perdiendo poco a poco todo lo que tenía sin detener la hemorragia; por haberlo perdido todo; por ser un perdedor. Al pobre no le quiere ni Dios porque algo malo habrá hecho para que Dios y la suerte le hayan abandonado.  Junto al tumor del miedo, al pobre le crece el de la culpabilidad.

Y un día o una noche, porque los días y las noches son iguales, en una duermevela, se ve convertido en una enorme llaga llena de agujeros que supuran. Es tal la repugnancia que le inspira la visión, que no le extraña dar asco a los demás.  Ya no le queda nada que merezca estimarse. Ya solo le queda la muerte o el vivir sin vivir que es la resignación.

¿Quién le mató a ese pobre el valor convirtiéndole en un cobarde  incapaz de superar el miedo? ¿Quién le arrancó los afectos condenándole a la soledad? ¿Quién le convirtió en un animal tan repugnante que ni él mismo soporta su propia imagen de sí mismo?

En los altos despachos se monta y organiza el terror que en forma de leyes se extenderá para someter a quienes algo tienen y a quienes ya no tienen nada. En los altos despachos se montan y organizan las campañas para aumentar el terror entre la población y conseguir que la población vuelva a dar el poder a quienes causan el terror, convenciendo a la mayoría de que si ellos saben administrar el dinero en su propio beneficio, son también los únicos que pueden evitar que los que tienen algo lo  pierda todo y que se rebelen los que no tienen nada.

Dicen las encuestas que volverán a ganar las elecciones quienes, durante cuatro años, sembraron el terror con leyes injustas que excluyeron de la sociedad a millones convertidos en pobres. La mayoría de esos millones ya no tiene ni ganas de votar. Volverán a ganar las elecciones quienes robaron cuanto pudieron a quienes el 26 de junio volverán a elegirles. ¿Cómo es posible? El terror obnubila la razón. Basta hacer creer a la mayoría que todos son iguales y que los otros lo harían peor.

Se define el terrorismo como “el uso sistemático del terror, para coaccionar a sociedades o gobiernos, utilizado por una amplia gama de organizaciones políticas en la promoción de sus objetivos, tanto por partidos políticos nacionalistas y no nacionalistas, de derecha como de izquierda, así como también por corporaciones, grupos religiosos, racistas, colonialistas, independentistas, revolucionarios, conservadores y gobiernos en el poder”.  Cuando las armas que utilizan los terroristas producen la asfixia económica de los más vulnerables, puede hablarse de terrorismo financiero.

Dicen las encuestas que el 26 de junio volverán a ganar las elecciones los terroristas financieros del Partido Popular.

 

Vade retro Pedro Sánchez

Publicado en Publicoscopia el 24 de enero de 2016

Toda la clase política tiene la atención clavada en Pedro Sánchez. Y los periodistas y opinantes también. La atención, que no los ojos. Los ojos se ven, y quieren los que mandan de verdad en este país que los ojos de los que pueden influenciar a la masa miren en otra dirección. Así que los ojos miran a quienes los poderosos mandan mirar, que no está la cosa para ir por libre; mientras que la atención se fija donde la razón la manda, no sea que la realidad deje a periodistas y opinantes en cueros.

 

Pedro Sánchez aterra. También aterró Felipe González en su tiempo, pero eran otros tiempos. La juventud de entonces hacía gala de leer. Llevar un libro o un periódico en las manos era señal de pertenecer a una pujante clase media orgullosa de tener a sus hijos en la universidad. El libro y el periódico eran la insignia de quienes querían salir de la atmósfera oscura, cerrada, maloliente de la dictadura, al camino de la libertad y el progreso. Además, no había televisiones privadas que embotaran la mente. El Partido Socialista pudo hacer su campaña apelando a la dignidad, al orgullo de los ciudadanos; los ciudadanos, que leían y escuchaban para informarse y que estaban estrenando con entusiasmo la libertad de pensar, se vieron saliendo de un túnel tenebroso a un mundo de oportunidades, y votaron en masa y sin miedo al Partido Socialista. Felipe González tranquilizó enseguida a los poderosos. Sabía lo que se podía y lo que no se podía hacer, y enseguida dio muestras de tener el pragmatismo de un hombre de estado.

Hoy, Pedro Sánchez ofrece lo mismo; ponerse a reconstruir un país económica y moralmente devastado, respetando las reglas de un sistema con el que ni siquiera los que se llaman antisistema quieren acabar. Pedro Sánchez ofrece lo posible, como en su día dieron todo lo posible los gobiernos de Felipe González poniendo a España en pie y a la altura de los países económica y socialmente más avanzados, pero son otros tiempos. La sociedad a la que Pedro Sánchez intentó convencer en la campaña electoral de que el Partido Socialista era la única alternativa posible para librarnos de un gobierno inhumano, es una sociedad desquiciada, desvalorizada, desestructurada, idiotizada y cobarde. Lo demuestra el resultado de las elecciones.

¿Quién en su sano juicio votaría por un partido que en solo cuatro años creó desigualdad y pobreza a extremos que se consideraban, hasta ahora, secuelas de guerra? 7.215.530 españoles, es decir, el 28,72% de la población, es decir, los de nómina y tarjeta y ande yo caliente y púdrase la gente. Mariano Rajoy prometía estabilidad, las cosas como están; los otros ofrecían cambio. Le votaron los que ya están bien como están y como están quieren quedarse aunque se hunda el mundo a su alrededor. En cuatro años, el Partido Popular consiguió dividir a la sociedad en tres grupos que discurren por cauces paralelos; los de nómina y sueldos decentes, los que sobreviven a trancas y barrancas y los que se consideran eufemísticamente en riesgo de exclusión social por no decir que ya están excluidos del todo no sea que alguien descubra su existencia en las cunetas. Votar al Partido Popular en las pasadas elecciones significaba votar por más recortes que afectarían aún más a los grupos más pobres. Votar al Partido Popular fue un acto de egoísmo; un ejercicio de insolidaridad. Algún voto obtendría Mariano Rajoy de algún pobre incauto que quiso creer en sus promesas de que tarde o temprano le alcanzaría la recuperación económica. Pero son pocos los que pudieron engañarse hasta el punto de creer que la recuperación económica llegaría a todos. La inmensa mayoría de los que votaron al Partido Popular lo hicieron defendiendo o sus cuentas bancarias o sus sillones o sus barrigas.

¿Y los once millones que no votaron al Partido Popular? Pues ya lo ven. Cinco millones y pico se fueron a un partido que hasta hace poco trinaba contra todos los partidos; que decía ser de allá y luego de aquí y luego ni de aquí ni de allá. Ofrecía el susodicho un programa trufado de medidas muy populares, pero de imposible cumplimiento. Sus líderes y seguidores, sin embargo, gritaban podemos y llenaban las redes de podemos escritos entre signos de admiración, y cinco millones de españoles prefirieron votar por la palabra mágica antes que ponerse a pensar en los trágicos problemas del país y en soluciones posibles. Su gurificado líder se daba el lujo de soltar cualquier parida sabiendo que los suyos y los medios se la iban a alabar, y poco le importaba desdecirse porque tampoco se lo iban a tomar muy en cuenta. Sonrían, sonrían, sonrían, dijo tocándose el corazón, y ganó un debate. Esta misma semana se atrevió a proponerse como vicepresidente y a decir el nombre de los ministros que pensaba imponer a Sánchez a cambio de aprobar su investidura. Y no hubo analista político que no se pusiera a analizar rigurosamente la oferta como si se tratara de algo digno de tomarse en serio y no de una muestra de infantilismo e ineptitud.

¿Puede pasar esto en España? Está pasando y se puede explicar. Rota la cohesión social, desmontada la autoestima de los individuos, quien busca salvarse desesperadamente antes que entregarse a la resignación, puede caer víctima de cualquier superchería publicitada con habilidad. ¿Pero cómo es posible que los medios publicitaran semejante patraña, fuera para alabarla o denostarla, pero procurando mantenerla en el candelero a toda costa? Por la misma razón por la que los medios siguen insistiendo en que la independencia de Cataluña es una amenaza real a la unidad de España aún sabiendo que esa independencia es imposible. Por la misma razón por la que los medios hablan más de la contestación a Pedro Sánchez dentro de su partido que a la propuestas que hace Pedro Sánchez para devolver al país una política humana. Por la misma razón por la que todos los partidos dedicaron gran parte de su campaña electoral a arremeter contra el PSOE. Porque hay que mantener al personal distraído para que no se dé cuenta del desastre que la derecha ha causado en el país. Y porque Pedro Sánchez aterra.

¿Pero por qué tanto miedo si Pedro Sánchez es un político normal que no se concede extravagancias ni ideológicas ni de estilo? ¿Por qué tanto miedo si propone mantener a España en la Unión Europea y en el mercado de la deuda aceptando que las ventajas para el país se consiguen negociando y no haciendo gala de bravuconadas inútiles? ¿Por qué tanto miedo si solo propone una distribución más justa de la riqueza y de la carga de los recortes para que no sean los económicamente más débiles quienes soporten el mayor peso de la austeridad?

Precisamente por eso, y precisamente por eso hay que preguntarse quién teme a Pedro Sánchez. Los electores, no, por más que Mariano Rajoy intentara señalarle como radical. No llega a tanto la idiotez y la credulidad de la mayoría. Pedro Sánchez aterra a quienes creyeron que su poder se había enseñoreado de España con la llegada al gobierno del Partido Popular, y que gracias al Partido Popular, que Dios iba a guardar por muchos años, nadie les iba a discutir sus privilegios. Pedro Sánchez tenía el porte y el aplomo que la mayoría, conservadora y convencional en juicios y gustos, podría aceptar sin reticencia. Había que ahogar su voz; había que transmitir la idea de que le rechazaban hasta en su propio partido; había que achacarle todos los errores de otros dirigentes socialistas; había que eclipsar su imagen en los medios con la cara simpática y fotogénica de un chico moderno de hermosa melena cuyo fluido discurso era capaz de emocionar a las masas aunque no dijera nada. Pedro Sánchez es, para quienes pretenden devolver a los españoles al reino del liberal-nacional-catolicismo en el que vivían a cuerpo de rey por sus fueros, el mismísimo Satanás.

¿Puede gobernar Pedro Sánchez con uno al que se le ocurre la chifladura de ofrecerse vicepresidente con ministros en las actuales circunstancias? No, a menos que el susodicho haga un acto de contrición que incluya hasta cortarse la coleta y dejar de hacer el indio en televisión. Harto improbable. ¿Puede Pedro Sánchez ganar por mayoría en caso de nuevas elecciones? Harto improbable también. ¿Y entonces? Cuatro años más en los que quienes voten por el Partido Popular lo ocultarán con vergüenza, y quienes no le voten vivirán acordándose de las madres vivas y de todos los muertos de quienes le votaron.

Este panorama político en el que no hay cómo elegir un gobierno estable, panorama que los opinantes ensalzan como muestra del cambio, de la renovación, de la regeneración del país, es prueba fidedigna de que a nuestra sociedad le patina el juicio. Lo demás son monsergas que a nadie servirán para recuperar derechos, libertades, una vida digna. Eso sí, quienes disfrutan con la queja y la protesta están muy próximos a tener garantizados cuatro años más de diversión.

¿Cuál es su color favorito?

Publicado en Publicoscopia el 20 de marzo de 2016

No era una carta de colores de la sección de pintura de una ferretería. Era el gráfico del resultado de las elecciones. El 21 de diciembre, desde la portada de todos los diarios, en papel y digitales, el gráfico anunciaba una España de colores brillantes. Los colores encendieron las redacciones, los estudios de radio, los platós. Los opinantes, deslumbrados, empezaron a manifestar su entusiasmo como niños con su primer juguete, en este caso un semicírculo con segmentos de colores. Y sentenciaron: el bipartidismo gris murió de viejo. Los ciudadanos han elegido un arco iris.

 

En España siguen mal viviendo millones de desempleados pobres, de infra empleados pobres, de niños y ancianos pobres. Pero nada que ver con la gris España franquista. Los ciudadanos han pintado de colores la realidad política del país y eso ha hecho de España un país alegre y moderno.

¿Quiere eso decir que la ciudadanía ya ha alcanzado la madurez democrática? Dicen muchos opinantes que sí. Dicen muchos opinantes que hemos sido nosotros, los ciudadanos, los que hemos inyectado al tronco político savia nueva, joven. Sí, hemos sido nosotros lo ciudadanos los que hemos creado un parlamento que no puede elegir a un presidente para que el presidente nombre un gobierno y se ponga a gobernar para solucionar nuestros problemas. Ya somos adultos, maduros y muy listos.

Fuimos los ciudadanos, dicen, los que nos dimos una constitución que casi nadie ha leído; una democracia que consiste en votar una vez cada cuatro años y dejar que las leyes que rigen nuestra existencia las conciban y promulguen individuos que no sabemos ni quiénes son, por los que tuvimos que votar porque iban en una lista confeccionada tomando en cuenta, no nuestras necesidades, sino los intereses del partido. Esos individuos que aparecen en la lista que votamos nos representan, dicen. Somos nosotros los que les otorgamos el poder de representarnos. Tan listos somos, que entregamos el poder a un montón de desconocidos y nos vamos a casa dispuestos a pagarles sueldazos para delegar en ellos los asuntos que afectan nuestra vida.

En España siguen mal viviendo millones de desempleados pobres, de infra empleados pobres, de niños y ancianos pobres. Y fuimos nosotros quienes, hace cuatro años, le dimos a un partido el poder absoluto para que promulgara las leyes que quisiera, y promulgó las que empobrecieron a los millones de compatriotas nuestros que hoy mal viven en este país.

Pero es que en España la mayoría se ha librado del desempleo, de la pobreza, del desahucio, y ha aprendido a vivir con el miedo a perder lo que tiene y a defender lo que tiene antes que a cualquier otra cosa o persona en el mundo. Y por eso la mayoría volvió a votar al mismo partido en diciembre porque ese partido dice que es el único que garantiza que lo que se tiene, no se va a perder.

¿Eso significa que los que votaron por los otros partidos no son listos? Guarde Dios a cualquiera de decir que hay electores estúpidos. La corrección política tiene que estar por encima de la verdad porque las formas son muy importantes; algunos dicen que lo más. Guarde Dios a cualquiera de decir que muy listo no es el que votó a un candidato que hablaba muy bien y salía muy bien en la tele y en las fotos y prometía acabar con la pobreza y todas las cosas malas que le pasan al que no tiene dinero y decía que su partido no tenía nada que ver con los partidos viejos. Cuando resultó que ese lo que quería era subir al gobierno y que prometía lo que no hay dinero con qué pagar, y que su partido tenía los mismos usos y costumbres que los viejos, algunos se arrepintieron de su ingenuidad y otros decidieron que votarían al mismo para no volver a votar a los otros o por no cargarse el color púrpura dejando al arco iris menos vistoso o porque sí, porque no es natural que un español se enmiende. ¿Y el que votó naranja? Lo mismo, más o menos.

Los que, según dicen, no tienen perdón de Dios son los que votaron al PSOE. Votar por un partido viejo que ni siquiera tiene poder para dejar las cosas como están no es serio ni es de sentido común, teniendo como tenemos un presidente serio que ha transformado a España en un país serio y que exhibe un sentido tan común que casi siempre se le entiende todo lo que dice. Además, después de dieciséis años bombardeando al PSOE con todas las infamias, ciertas y falsas, que la propaganda del PP y, más tarde, de todos los otros partidos fue capaz de imaginar y ventilar, había que ser muy cabezota para votar al PSOE. Hubo quien lo hizo porque el candidato prometía política social, y porque habiendo promulgado leyes sociales todas las veces en que había accedido al gobierno, no había razón para creer que no cumpliría. Pero como era partido viejo, muchos decidieron votar púrpura, que prometía lo mismo, pero era nuevo, fresco, democrático y de lo más ilusionante.

¿Y ahora qué? Ahora, nada. Al PP no se le quiere acercar nadie porque el tufo a podrido que desprende no se aguanta y es tan fuerte que impregna todo lo que toca. Hay un coro que pide Gran Coalición entre PP y PSOE, lo que significa que el PSOE se trague todos los sapos apestosos del PP para que entre los dos puedan infestar a España de parásitos inmorales. Pero ya pueden ser poderosas las voces que lo piden. Pedro Sánchez no parece tener ningún vestigio de tendencias suicidas; ni para acabar con su existencia ni con la existencia de su partido. O sea, que ni gobierno ni medida alguna que frene la caída cuesta abajo de tantos y rescate a los que ya cayeron y se hacinan en el fondo del despeñadero.¿Entonces? Pues nada, a votar otra vez.

Gemía Unamuno porque le dolía España y con él, toda una pléyade de sabios españoles se fueron a la otra dimensión quejándose del mismo dolor. Hoy no hace falta ser sabio para que España le duela a cualquiera que piense. Hoy ni siquiera hace falta pensar para que duela Europa, para que Europa le duela a cualquiera capaz de sentir un ápice de compasión. En tierra de nadie entre alambradas, personas de todas las edades se hacinan como reses porque los europeos no quieren compartir con ellos ni un trozo de tierra ni un poco de pienso. Y eso le duele a cualquier ser humano que vea la desesperación en los ojos de esos otros seres humanos que aparecen en fotografías y en televisión. ¿No duele, no horroriza a los padres pensar que dejarán a sus hijos un mundo de odio y dolor en el que cualquiera puede ser víctima de los peores sufrimientos o sufrir el horror, la vergüenza de ver los peores sufrimientos en los ojos de otras personas abandonadas como animales porque no se pueden pagar el respeto a su dignidad ni a su vida?

Tal vez los padres de la Europa rica creen que no hay motivo para preocuparse, y tal vez tengan razón. Nuestro continente va camino de llegar a la utopía del mundo feliz que describió Huxley; un mundo en el que todos trabajarán contentos para los amos. En el nuestro, las personas ni siquiera necesitarán pastillas y sexo para ser felices, como en el de la novela. Gracias a la tecnología, nuestros hijos ya tienen la panacea que les aísla y les aislará, cada vez con más alta definición, de la infelicidad de su entorno y de la infelicidad de su propio interior. Si el mundo se transforma en un lugar insoportable, nuestros hijos podrán escapar del mundo real, siempre que lo deseen, a través de las pantallas de sus televisores, de sus tabletas, de sus móviles. ¿Para qué nos tenemos que preocupar?

En cuanto al desgobierno de España, es asunto de políticos. La televisión está llena de programas divertidos, de series interesantes, de emocionantes deportes; el móvil está cargado de música y de chats. Quien no se distrae de tanta tragedia es porque no quiere. ¿Nos indignan los políticos europeos por lo que están haciendo con los refugiados? Pensemos que no hacen otra cosa que garantizar que nadie venga a disputarnos nuestra comida y nuestras pantallas. ¿Nos indignan los políticos españoles y nos da una pereza invencible escuchar sus ofertas y leer sus programas electorales? Pues nada; si nos convocan a nuevas elecciones, lo mejor que podemos hacer para evitarnos agobios es votar por colores. Total, el resultado no será muy diferente al que se obtiene si nos ponemos a pensar en siglas o en nombres. Las encuestas dicen que todo se quedará más o menos igual.

Así que no nos agobiemos preguntándonos qué podemos hacer por nuestro país. Eso lo dijo a los americanos un presidente que hablaba muy bien. Pero lo hizo en una época en que no había ni Internet ni whatsapp. El mundo ha cambiado muchísimo. Ante las urnas, hoy basta preguntarnos cuál es nuestro color favorito. ¿Para qué vamos a calentarnos más la cabeza?