El poder es nuestro

Si en el futuro un historiador riguroso y sagaz se pone a buscar el punto de salida de la carrera que cambió la historia de España, lo encontrará el 21 de mayo de 2017. No por el hecho de que un hombre llamado Pedro Sánchez recuperara la Secretaría General del PSOE. El sorprendente retorno de Sánchez  demostró a todos, socialistas y no socialistas, que en la sociedad española  se había producido  lentamente, de un modo casi imperceptible, una auténtica revolución. Ese día nos enteramos todos de que el poder ya no es patrimonio exclusivo de las oligarquías, de los aparatos de los partidos, ni siquiera de las élites financieras. Ese día nos enteramos de que el poder es de todos; de que el poder es nuestro.

Casi nueve meses antes, la Ejecutiva y el Comité Federal del PSOE habían infligido a la mayoría de los militantes del partido una humillación sin precedentes. Ignorando a esa mayoría que había elegido a un secretario general, el llamado aparato realizó una serie de maniobras para deponerle, torciendo y hasta saltándose los estatutos. El propósito público del golpe era permitir la gobernabilidad del país absteniéndose en la investidura de Rajoy para que pudiera seguir gobernando con su PP. Lo que significaba humillar también a las 5.424.709 personas  que habían votado a Pedro Sánchez en las elecciones generales, confiando en su promesa de no permitir, bajo ningún concepto, el gobierno de un partido corrupto que en los cuatro años de la legislatura anterior, había condenado al 30% de los españoles a la pobreza y al 50% de los empleados, a la precariedad.

Cuando la élite del PSOE, consigue forzar la dimisión del Secretario General,  parece que la tragedia de la división del partido acaba con un final feliz; feliz para el aparato. Los militantes de base se darán cuenta y tendrán que aceptar que no son nadie, se dicen los poderosos del partido. Los militantes de base se darán cuenta de que su función es la de pagar su cuota; pegar carteles; repartir volantes; llenar mítines. Que a ninguno de esos mindundis se le ocurra que la militancia le da derecho a inmiscuirse en las políticas y en las estrategias que se deciden en las altas esferas. El militante, al fin y al cabo, no es más que un forofo que defiende al partido, pase lo que pase,  con la irracionalidad incondicional con que los forofos defienden a su equipo de fútbol. Algunos son figurones que hacen cualquier cosa por hacerse una foto al lado de un líder, para presumir, entre amigos y allegados, de su proximidad al poder. Otros quieren distinguirse, entre amigos y allegados, como miembros de un grupo político para dar color a su vida gris. Otros son, simplemente, ingenuos sin muchas luces. Sean como sean, es justo y necesario que disfruten de pequeñas compensaciones y es obligación de los líderes proporcionárselas repartiendo besos y abrazos, posando con los figurones para selfies y cosas así, sobre todo en períodos electorales. Pero el militante tiene que respetar el hecho incontrovertible de que en un partido político, en cualquier partido político, incluyendo un partido socialista, hay clases. A la plebe hay que dejarle muy claro que a la clase superior se accede o por contactos que están fuera del alcance de los inferiores, o trepando  con astucia y/o a codazos. Aquellos a quienes el destino ha confinado a la masa de los anónimos, en la masa se tienen que quedar respetando la distancia infinita que les separa de los políticos con nombre propio público y notorio. Dicen que esa distancia es la que ha causado la desafección que los ciudadanos sienten hacia los políticos que dicen representarles. ¿Y qué? El político experimentado sabe que los sentimientos de los mindundis se agitan en los mítines, y a agitarlos se ponen cuando necesitan sus votos. Como el mindundi tiene que saber que una vez haya votado, lo suyo es volverse a casa y no incordiar hasta la próxima campaña electoral.

Pero he aquí que el 1 de octubre de 2016, los militantes y simpatizantes del PSOE se rebelaron. He aquí que los anónimos se negaron a bajar la cabeza y morderse la lengua. Jóvenes y viejos, militantes, simpatizantes y votantes del PSOE,  se  lanzaron a Internet para hacerse oír en los cuatro puntos cardinales de España y en parte del extranjero, gritando su indignación por las marrullerías y la prepotencia de los líderes que habían derrocado al Secretario General. Cuando esos líderes decidieron que los diputados del PSOE tenían que abstenerse para permitir que gobernara Mariano Rajoy, la indignación se volvió incontrolable. Fueron miles los anónimos que se pusieron a escribir contra tamaña indecencia. Algunos con estudios y talento para construir comentarios y artículos; otros que apenas eran capaces de articular sus pensamientos; otros que los articulaban con graves errores ortográficos. Daba igual. La indignación y el ansia de justicia los igualaron a todos. Para todos, el PSOE ya no sería de una élite. Sería de todos los socialistas o dejaría de ser.

Los líderes del PSOE de la Gestora hicieron caso omiso, por supuesto. Ellos habían escrito el guion y no estaban dispuestos a permitir que los anónimos le cambiaran ni una coma. Que se desahogaran. Ya se cansarían. Y para dar tiempo a que se cansaran, la Gestora prolongó su interinidad nueve meses antes de convocar las primarias. No hay pataleo que pueda durar tanto, debieron pensar. Pero se equivocaron. A nadie se le ocurrió que unos escritos desperdigados por las redes sociales pudieran tener influencia alguna sobre la mayoría, ni, mucho menos, el poder de alterar decisiones tomadas por los líderes con nombres propios públicos y notorios. Ninguno de esos líderes se dio cuenta de que la tecnología había otorgado a los anónimos un poder que hasta ahora la plebe solo había conquistado en la calle con revoluciones sangrientas.  Los comentarios, notas, artículos de los anónimos no eran un pataleo infantil. En ellos, los que nunca habían tenido voz pública  comunicaban sus reflexiones estimulando a otros compañeros a reflexionar y comunicar, a su vez, el fruto de sus reflexiones.  Y fue así como el 21 de mayo de 2017, una militancia informada y activa como nunca antes se había visto, hizo que el aparato del PSOE se estrellara contra la realidad de que en el siglo XXI, ya no se puede ningunear a los anónimos.

Pedro Sánchez y los de su equipo no se estrellaron. Con la misma determinación  con que se habían negado a permitir el gobierno de un partido indecente, declararon desde el principio de la campaña para que Sánchez recuperara la Secretaría General, que el PSOE tenía que ser de la militancia; que los militantes, en un partido socialista, no podían ser meros espectadores pasivos obligados a tragar todas  las decisiones que tomaran los importantes. Pedro Sánchez y los de su equipo fueron repitiendo por toda España que en un partido socialista tienen que importar igual todos los que comparten el anhelo de regenerar la política del país; el anhelo de que los políticos trabajen por la justicia social devolviendo a los ciudadanos el protagonismo al que tienen derecho por ser ellos quienes les eligen y les pagan el sueldo. Pedro Sánchez y su equipo ganaron las primarias porque se dieron cuenta que el poder ya no era de una élite de intocables; porque se dieron cuenta de que el poder es de todos los que piensan y ya no están dispuestos a callar.

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El poder de las palabras

Publicado  en Cosas. Lo publico también aquí porque también es política y Cosas no tiene tantos seguidores.

Se me ha ocurrido volver a leer “La olla podrida”, un artículo que publiqué hace poco en Veoveo.. Siguió el proceso de todos los artículos: escribirlo, promocionar su lectura, dejarlo dormir en un archivo sustituido por uno nuevo. Pero al leer éste otra vez, después de la toma de posesión de Trump, se me han revuelto las tripas y más; se me ha revuelto el alma. La realidad confirma letra por letra lo que el artículo dice, y lo que dice da pavor.

Por diversos motivos, algunos muy evidentes, “La olla podrida” no se puede ni se podrá leer en ningún periódico. O sea, que si no fuera por la explosión democrática que han permitido las redes, no lo habría leído nadie. Claro que otros articulistas que sí tienen acceso a los medios convencionales han tratado el mismo tema de diversas maneras. Pero lo que dice mi artículo y cómo lo dice, habría quedado solo para mi. También por motivos diversos, algunos sospechables, los dos periódicos digitales en los que publicaba llevan cerrados varias semanas sin fecha de reapertura. Pero aquí están las redes, dando voz a quien quiera manifestarse, quejarse, vociferar. Aquí no hay otra forma de callarnos que no sea bloqueando una cuenta; lo que se puede subsanar fácilmente abriendo otra.

“La olla podrida” no llegó ni llegará a ningún kiosco ni papelería, pero sí llegó y sigue llegando casa por casa a quien pinchó el enlace en su ordenador. Como llegan las opiniones cortas o largas de quienes quieren compartir con los compañeros de redes lo que les agita la cabeza o las tripas.

Nunca antes estuvo la democracia tan amenazada como en estos momentos, y nunca antes tuvo en sus manos un arma tan poderosa para defenderse, como las redes por donde circula nuestra voz; la voz de todos. Lo que nos insta a todos a no dejar de utilizarla; a no rendirnos. Nos puede parecer que nuestros esfuerzos son inútiles ante un enemigo que supera en poder y extensión a todo concepto de Goliat. Nos puede parecer que lo que escribimos es una piedrecilla insignificante que no llega ni a rozar a un coloso al que no derribaría ni la roca más grande del mundo. Pero no es una roca lo que le puede derribar.

Al gigante que hoy amenaza nuestra libertad, nuestros derechos, se le puede vencer por agotamiento, y se le puede agotar repitiendo, un día tras otro, las verdades que dicta la razón. Para acabar con un tirano como Hitler tuvieron que morir millones de personas. Hoy, la tecnología nos permite derrocar a cualquier tirano con millones de palabras. Y las palabras no se agotan mientras viva nuestra mente, como descubrió Blas de Otero en un momento de brillante lucidez en medio de un paisaje tenebroso.

Si he perdido la vida, el tiempo, todo
lo que tiré, como un anillo, al agua,
si he perdido la voz en la maleza,
me queda la palabra.

Si he sufrido la sed, el hambre, todo
lo que era mío y resultó ser nada,
si he segado las sombras en silencio,
me queda la palabra.

Si abrí los labios para ver el rostro
puro y terrible de mi patria,
si abrí los labios hasta desgarrármelos,
me queda la palabra.

Nos queda la palabra. Y si por la Palabra se crearon todas las cosas, según el evangelio de Juan, por la palabra podemos seguir creando, y regenerando todo lo que existe.

Aquí dejo un puñado de mis palabras y me voy, como cada día, a leer las palabras de los demás para fortalecerme en la certeza de que no estoy sola, de que nadie lo está, de que somos millones luchando por crear un mundo como Dios o la Natrualeza lo quiseron al ponerlo en manos del hombre, macho y hembra.

No hay vuelta de hoja

 

Todavía colea el Debate del Estado de los políticos. ¿Quién ganó? ¿Quién perdió? En eso están. Nosotros, habitantes del nivel inferior del país, nos preguntamos, ¿a quién le importa? A nosotros, no, desde luego. Los del nivel superior tienen el ego tan inflado de poder que no entienden que a los demás nos importan infinitamente menos que nuestras familias y nuestros amigos; que tal como van las cosas, los políticos ya no nos importan en absoluto.

O sí lo entienden, y les parece bien.  Nada mejor para ellos que nuestra indiferencia. El mejor regalo que les podemos hacer es dejarles jugar en paz, sin distraerles, sin incordiarles, sin exigirles que nos expliquen de qué va, sin cuestionarles las reglas.

El gobierno ha decidido que el país circule con la marcha atrás. Los del nivel inferior estamos aprendiendo a vivir como nuestros abuelos para que los del nivel superior puedan volver a vivir como los suyos. Se ha demostrado que una sociedad donde todos viven revueltos, exigiendo los mismos derechos, ambicionando las mismas cosas, no funciona.

La igualdad de derechos y de oportunidades exige que los ricos ganen menos. Eso supone una depauperación de los habitantes del nivel superior, algo profundamente injusto ya que son ellos los que tienen los recursos, las conexiones, los conocimientos  necesarios para sostener la economía; injusto y peligroso. Sin ellos, los de abajo no tendríamos ni con qué comer. Claro que los de abajo hacemos falta, pero hacemos falta abajo, poniendo la mano de obra, el cerebro de obra, produciendo la obra en la que todos podamos vivir a cobijo de los temporales, cada cual en el nivel en el que le ha tocado en suerte nacer. Ese orden, necesario para la supervivencia, se consigue permitiendo que los de arriba logren más beneficios, lo cual a su vez se consigue reduciendo los salarios y las expectativas de los de abajo.

Así se explica el estado actual de la nación, sencillamente, sin tener que arrastrar a la retórica por oscuros meandros. Si los ciudadanos fuésemos adultos equilibrados, lo comprenderíamos sin dificultad evitando a los políticos el farragoso trabajo de montar discursos recurriendo a mil falacias, de perder el tiempo soltando palabras  supercalifragilísticoespialidosas para hacernos tomar la medicina sin pataleo.  Pero es que vivimos estancados en un retraso emocional que parece incurable.

No hay más que oír a los que piden la guillotina de hace más de doscientos años para cargarse a los de arriba sin pensar que la sangre acabó ahogando a medio mundo y que cuando la muerte ya amenazaba hasta al apuntador, tuvieron que volver los de arriba a poner orden. No hay más que oír las consignas de los que dicen defender a los de abajo envueltos en una determinada bandera, contra todos los que dicen defender a los de abajo envueltos en otra. No hay más que oír a los que no piden nada ni sueltan consignas de ningún color ni se asoman fuera de los límites de su parcela cotidiana porque dicen que de nada sirve protestar. No hay más que oír a los que predican que castiguemos a los de arriba con voto blanco o voto nulo o no voto, ayudándoles a hacer y deshacer y perpetuarse gracias al terrible castigo de su silencio. No hay más que oír mientras los de arriba gastan dinero a espuertas montando debates y mítines para distraernos y evitar nuestros gritos cada vez que nos ponen una inyección por nuestro propio bien.

Es cierto que hay otros que aún alientan la esperanza de lograr un país, un mundo distinto en el que todos tengan los mismos derechos y oportunidades sólo por ser humanos, y a cada cual se le recompensen los esfuerzos por conseguir su propio bienestar consiguiendo con ello el bienestar de todos. La esperanza lleva a esta gente a protestar contra las arbitrariedades de los de arriba, a denunciarlas  y a intentar impedirlas plantando cara y cuerpo en los medios, en las redes sociales, en las calles, en cualquier hueco donde puedan clamar contra la resignación. Esta gente utiliza su razón para analizar lo que conviene o no conviene a nuestra naturaleza humana y su voluntad para exigir lo que les conviene, los que nos conviene a todos si los de abajo no queremos resignarnos a sobrevivir como animales más o menos conscientes. Esta gente sí que supone un verdadero peligro para los del nivel superior. Por eso les inquietan, aunque sólo un poquito porque la verdad es que son muy pocos.

Nadie ganó el debate del estado de la nación. Pocos lo vieron, casi nadie lo escuchó. Gracias a los revolucionarios añejos, a los fanáticos de una sola idea, a los cobardes, a los indiferentes, los de arriba pudieron llevar a buen puerto el montaje con el decorado y los diálogos de siempre.  Ahora tocan los actos de campaña electoral por donde se irá dinero que a los de abajo nos haría falta para otra cosa. Pero no deberíamos quejarnos, la culpa es nuestra. Mientras nos sigamos comportando como retrasados emocionales, los de arriba nos seguirán tratando como si lo fuéramos. No hay vuelta de hoja.