¿Nos hemos ido todos al garete?

La situación de España, de Europa, del mundo se volvió tan previsible en los últimos años que cualquier lector de periódicos, oidor de radios y espectador de televisiones podía hacer de futurólogo con cierto éxito.  Curiosamente, los que no la acertaban casi nunca eran los politólogos, comentaristas y encuestadores.  Algunos opinantes, entre los que me incluyo sin ninguna modestia,  esbozamos  en artículos  lo que iba a pasar con  tanta exactitud, que cabría atribuirnos  dotes paranormales de precognición;  si no fuera porque  entonces el presente  anunciaba con tan clara evidencia  el futuro  que solo podía dejar de preverlo quien  fuese muy corto de miras.

¿Quiere esto decir que la mayoría de politólogos, comentaristas y encuestadores de este país son cortos? Líbreme la Moira de insultar a tan prestigiosos y bien pagados expertos.  Sus múltiples errores  en la apreciación de acontecimientos  y en las predicciones de sus consecuencias  solían ser tan  flagrantes que, descartada su ineptitud, había que suponerles cierta intencionalidad dirigida por los poderes que a su vez dirigen sus respectivas cabeceras y emisoras.  Quién dude de mi equidad al destacar la torpeza escrita o locutada de muchos creadores de opinión, puede leer, por ejemplo,  mis artículos de los últimos dos años en Publicoscopia, El Socialista Digital y mi bloc Veoveo; y contrastar mis opiniones con las de muy conocidas y reputadas firmas  en diarios y revistas de primer orden. Que tales firmantes se equivocaran por cortedad o a posta es algo que el lector tendrá que dirimir por sí mismo.

En fin, que como era de prever de todas todas, España se ha ido al garete y se ha asentado en las cavernas del pretérito infrahumano  donde gozará durante algunos años de la distinguida compañía de Europa, del Reino Unido independiente y -lo que sí ha sido una sorpresa- de los Estados Unidos de América.

¿Pero qué dice esta ceniza? exclamarán quienes se han creído que de la derecha y ultraderecha saldrá el crecimiento económico que  aumentará el empleo y multiplicará la cuantía de los sueldos convirtiendo a los países ultracapitalistas en paraísos de bonanza y bienestar para todo ciudadano que espabile demostrando al mundo que espabilar y triunfar es privilegio de los hijos predilectos de dios, de ese dios de Calvino que beneficia a quien le da la gana y abandona a quien le parece  porque para eso es dios; un dios creado a imagen y semejanza de financieros piadosos.

Esta ceniza dice que el dios de los suizos no nos quiere. No hay que ser teólogo reformado para darse cuenta; ni siquiera economista. España, de paraíso, nada, ni ahora ni en un futuro previsible. Nuestras calles son las vías de un purgatorio gris tirando a negro por donde discurren más ancianos que jóvenes, menos niños que adultos; donde caminan los otros, unos individuos cejijuntos  de mirada errática que no saben que han muerto y que, abandonados por dios y la sociedad de la gente de bien, deambulan por un mundo que es, para ellos, la antesala del infierno al que irán a parar tarde o temprano porque, según la recta doctrina, dios no salva a los pobres.

La mayoría de los ancianos, todavía tranquilos, todavía dispuestos a premiar con sus votos al político que les garantiza mayor tranquilidad, pronto deseará que se agote la cuenta de sus días porque se habrá agotado el dinero con que le pagan la pensión que le permite una existencia digna. ¿Que dice la derecha que es mentira y que las pensiones no se bajarán mientras haya un solo político ansioso de que le voten los ancianos, ya casi mayoría en este país? Ya puede la derecha cantar Misa Pontifical que donde no hay, no hay, y el año que viene dentro de un par de meses ya no habrá para pagar lo que se paga y será necesario recortar.  Y menos habrá dentro de algunos años  cuando los jóvenes que hoy trabajan a salto de mata y donde caiga por salarios de  miseria lleguen a la edad de jubilarse sin poderse jubilar porque no habrán cotizado el tiempo establecido para poder cobrar una pensión. Y, esperando un poco más, ya no se podrán pagar pensiones ni recortándolas porque habrá más ancianos pululando que jóvenes trabajando.  Pero mientras tanto, maduritos y ancianos seguirán votando a los políticos de la derecha porque, aunque sean corruptos  –todos somos malos en el fondo, dice el dios suizo-, visten tan bien y tienen tanta pasta que es evidente que su dios les protege y por algo será. En cuanto a los políticos de la derecha, harán lo que tienen que hacer, recortar gastos sociales, porque el estado no tiene con qué pagar la sanidad y la educación a quienes no tienen dinero para curarse y educarse, ni tendría por qué hacerlo, aunque las arcas públicas estuvieran a rebosar, porque  ayudar al pobre va contra la recta doctrina del único dios verdadero, el dios de los ricos. Como decía aquel probo financiero: “Nunca doy limosna a un mendigo porque mi conciencia me impide premiar el fracaso”.

España ha fracasado. Los españoles hemos fracasado. No puede discutirse el fracaso mental y moral de un país con casi catorce millones de pobres y una cifra tal vez similar que vive temiendo caer en la pobreza, en el que unos ocho millones, en los que están revueltos los de un grupo y el otro, votan por el partido que nos ha empobrecido a todos, menos a los ricos. ¿A qué se debe ese fracaso de las facultades intelectuales que nos permiten elegir, con ciertas probabilidades de acierto,  entre los políticos que pueden hacer progresar el país o los que pueden hundirlo en la miseria? La causa no entraña tanto misterio como parece si echamos un vistazo a las circunstancias.

Los llamados padres de la Constitución concibieron en 1978 un sistema dividido en dos pisos. En el de abajo, los ciudadanos a quienes se pediría el voto para elegir a los candidatos de los partidos. En el de arriba, los políticos, enfrascados, en primer lugar,  en el bienestar de sus partidos y, en segundo lugar y a mucha distancia del primero, en aplicar al gobierno del país la política acorde, más o menos, con su ideología, siempre que las circunstancias lo permitan. Este sistema, que las consultas electorales permiten llamar democracia, es, en realidad, una oligarquía, con el poder concentrado y ejercido por un grupo de personas insertas en los partidos políticos. Los del piso de arriba, los políticos, viven de sus partidos, y los partidos viven de los votos de los de abajo, los ciudadanos que les financian. Se dirá que esto ocurre en todos los países llamados democráticos. Pero aquí, en este artículo, estoy hablando de España y no me va a desviar ni Schopenhauer.

Lo anterior puede considerarse evidencia que conocen hasta los lerdos. Lo es. Pero la tragedia política que se ha vivido en España durante casi un año y que, estando al borde del precipicio, la ha empujado a dar un paso al frente, requiere reflexionar repasando aunque uno repita evidencias.

Aquí se ha vivido una experiencia insólita, inédita en país democrático alguno. El Secretario General y candidato del partido socialista en las elecciones generales propone un programa detallado fundado en un proyecto que pretende regenerar la política y restaurar la cohesión social del país, perdida durante el gobierno de la derecha, con medidas orientadas por los valores  socialdemócratas.  Y los líderes de más influencia y poder dentro de su propio partido empiezan a cuestionarle públicamente diciendo, entre otras cosas, que el partido necesita un proyecto que no tiene. Todos sabemos lo que pasó a partir de aquí. Se ha escrito tanto sobre el asunto que una recopilación en libro de los artículos le ganaría en páginas a la Biblia. Quien quiera repasar, aquí tiene por muestra mis artículos de los últimos dos años.

Saltémonos, pues, repeticiones innecesarias para llegar al final del drama. El candidato socialista se niega firmemente a que su abstención y la de los diputados de su partido permitan el gobierno del partido de la derecha y ultraderecha que, además de haberse lucrado con dinero público, ha desprestigiado las instituciones del país y ha empobrecido a millones de ciudadanos. Ni a un Chaplin en su vena más surrealista se le hubiera ocurrido que, en la escena siguiente, las personas más influyentes del PSOE se pusieran de acuerdo para echar al candidato de la Ejecutiva y montar una gestora que obligara a todos los diputados del partido socialista a votar al PP.

Todo esta tragicomedia racionalmente inexplicable  provoca que vuelva a gobernar en España el partido que  amenaza arrastrar al país a la época franquista y, lo que es mucho peor, provoca además  el desprestigio del PSOE de modo que, de haber nuevas elecciones, quedaría relegado al penúltimo lugar, con suerte, eliminando a la socialdemocracia como alternativa.

¿Es posible que políticos curtidos del PSOE y sus protegidos hayan causado tal desastre por ignorancia o por inconsciencia?  Imposible creerlo. Solo los opinantes interesados y los seguidores de esos personajes, tal vez también interesados, pueden negarse a ver una intencionalidad evidentísima. El político dispuesto a hacer cualquier cosa para cargarse a la socialdemocracia, incluyendo cargarse a su propio partido, está rindiendo un servicio al liberalismo imperante en todo el mundo desarrollado. ¿Por qué? ¿Para qué? ¿En qué puede beneficiarles? Puesto que el miedo inoculado en la mayoría de la sociedad de todas partes, está otorgando mayorías a las derechas en todas partes, concluyen los analistas de partido que la única posibilidad de entrar en gobiernos y tocar poder que le queda al socialismo, es convertirse en un socialismo light dispuesto a entrar en coalición o a pactar con las derechas mientras intenta convencer a los ciudadanos de que su alianza  amortiguará los efectos de la política antisocial de gobiernos conservadores.

Todos estos enredos incomprensibles para el ciudadano racional causan un cierto aumento de votos de la derecha porque la derecha habla menos y manda más y ofrece cierta sensación de estabilidad.  Pero a quien más benefician  los enredos haciéndola ganadora de cualquier contienda electoral es a la abstención. Y la abstención, ¿beneficia o perjudica a los partidos?  Se dirá que según. Veamos.

Decir que la mayoría de los ciudadanos esta desencantada de la política  es poner al asunto un calificativo casi poético. La mayoría está harta, tan harta que muchísimas personas dicen que la política no les importa en absoluto y lo dicen con aire de superioridad. El interés por la política solo se le concede al político que tiene influencia, poder y que cobra por ser político. Es decir, al político profesional. Pero al político profesional se le denuesta precisamente por serlo. ¿En qué quedamos?

Quedamos en que los políticos viven en el piso de arriba y que forman un grupo que, como esos vecinos maleducados, no dan a los de abajo ni lo buenos días salvo en campañas electorales. Por otra parte, a los de abajo no les interesa lo que hacen o lo que dicen los vecinos de arriba. No les queda más remedio que soportarlos porque alguien tiene que gestionar para que marche el país, pero con una mezcla letal de sensación de  impotencia y resignación, los de abajo dejan que los políticos hagan lo que les dé la gana sin darse cuenta de que lo que les permite hacer lo que les da la gana es la indiferencia de los ciudadanos.

Los de abajo no entienden de las luchas de poder ni de las componendas de los políticos. A excepción de algunos militantes comprometidos, los asuntos del aparato y de los órganos y comisiones y comités y agrupaciones y etcéteras de los partidos, a los ciudadanos se las traen al pairo. Cuando los analistas y opinantes empiezan a soltar el rollo de los entresijos de este u otro partido, los del piso de abajo desconectan cambiando de emisora, de canal o de pensamientos. Lo mismo ocurre cuando un político responde a una entrevista con el mismo rollo.

Antes de lanzarse a hablar de sus partidos como si fueran el centro neurálgico de la nación, ¿se preguntan los políticos si eso interesa a los ciudadanos y por qué? No. Si se lo preguntaran, nos evitarían las palizas. ¿Se creen que impresionan con sus explicaciones sobre el funcionamiento de sus partidos? Impresionan tal vez a los de partidos más jóvenes que corren a complicar aún más sus organizaciones  para no ser menos; pero a los ciudadanos, no.  Y si se hicieran preguntas por el estilo, si reflexionaran sobre lo que les aleja de los ciudadanos, ¿saldrían los políticos de su paraíso para bajar a la tierra en la que sobreviven los que les pagan sus sueldos? Probablemente, tampoco. De los ciudadanos, a los políticos solo les importa el funcionamiento de un órgano de su cuerpo el día de las elecciones; les importa la mano que se dirige a coger una papeleta que puede colmar o frustrar su ambición de poder.

Entonces, ¿es cierto que a los políticos les preocupa la abstención? No tanto como dicen. Depende de los cálculos de sus analistas por ver a qué partido beneficia. La abstención es el silencio absoluto del ciudadano; su absoluta resignación, su claudicación, su abdicación a la responsabilidad de participar en el gobierno del país, algo que la mayoría de los políticos  desean y aprecian. Porque si hay algo a lo que temen los políticos casi como a la muerte, es a los ciudadanos cuando deciden dar su opinión y hacerse escuchar.

El sainete del PSOE, por ejemplo, pasa todavía  por una batalla incruenta pero no inocua en  la que los militantes exigen a los de arriba que les devuelvan la voz y el voto que les había dado el Secretario General defenestrado. Porque el pecado imperdonable de Pedro Sánchez fue intentar demoler el suelo que divide a los de arriba de los de abajo; fue, como le dijo alguno, carecer de cultura de partido.

Entonces, aún se oyen gritos. Todavía no se ha estrellado la socialdemocracia en el negro fondo en el que cayó España con la investidura de la derecha, y en el que podría yacer moribunda durante años con los países que han cedido al miedo buscando amparo en los ogros del liberalismo. Si de España salió, tan a destiempo,  un político que quiso reanimar los valores de justicia, igualdad y solidaridad de una ideología que daban por muerta; si pronunciaron cadáver a ese político, y su  voz vuelve a escucharse por los pueblos más fuerte que nunca llamando a sus militantes; si sus militantes le responden dispuestos a rescatar a España, a sus vidas, de quienes quieren acabar con sus aspiraciones más preciadas, tal vez sea precipitado y equivocado decir que nos hemos ido todos al garete.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Anuncios

Palo de madrugada

Entrada escrita a toda prisa en mi muro de Facebook

Buenos días, amigos y compañeros.

Las cinco de la mañana. Llego a mi despacho porque el día va a ser movidito y me va a exigir todas las horas que pueda dedicar a poner en palabras lo que pienso. Abro mi instrumento de trabajo y me encuentro con un mensaje de mi amigo Odón Elorza.        -Qué rollo-, dice, y me envía a un enlace. Voy, leo, y me quedo a cuadros. En primer lugar porque el autor me lleva al territorio de las matemáticas en el que inevitablemente me pierdo. No sé hacer un ocho con dos canutos. Que le vamos a hacer, nadie es perfecto. Mi estupor surge de las profundas consideraciones filosóficas que han configurado mi código moral.

Me explico. Para mi, España, como cualquier territorio entre fronteras, es una cáscara vacía, como dije en un artículo escrito hace tiempo. Lo que da vida al país, a cualquier país, es la vida de la gente que lo habita. España es hoy un territorio donde una mayoría vive en la incertidumbre, y por lo tanto con miedo, intentando defender lo que tiene como puede. Junto a estos, otros que tienen muy poco y otros que no tienen casi nada y otros que dejaron de tener. Son una minoría de millones. Los unos esperan de los futuros gobernantes que alivien su zozobra con medidas que les garanticen que la cosa no va a ir a peor. Los otros esperan que los futuros gobernantes alivien las penurias causadas por un gobierno que se pasó cuatro pueblos porque, aún sabiendo que en España hay muchos españoles, se puso a gobernar pasándose a los españoles por el forro.

¿Y qué tiene que ver con esto el artículo que Odón  me ha enviado hoy de madrugada? Tiene que resulta que estamos en campaña para elegir a los políticos que nos van a gobernar. Tiene que los españoles estamos pendientes de unos candidatos de los que depende que el país empiece a rehabilitarse o que se vaya definitivamente y por muchas décadas al garete. Pendientes estamos, con el alma en un ay, de que nos digan qué piensan hacer para rescatar a los que cayeron al abismo, a los que están a punto de caer y a los que viven con miedo de caerse.

Y he aquí que los políticos están hablando de pactos para sumar votos que les den escaños con sus subvenciones y prebendas y que votos y escaños les den poder. O sea, un rollo.

Aquí os dejo el enlace al artículo que me envió Odón Elorza. Decidme si las profundas reflexiones del articulista son las que se esperan de un político que vive en un país lleno de gente agobiada que necesita desesperadamente soluciones que nos devuelvan una vida normal, normalmente humana. Decidme donde percibís humanidad en este rollo. Yo no la encuentro.

http://pabloechenique.info/los-puestos-de-salida-asi-a-palo-seco-no-existen/

El túnel

(Publicado en www.publicoscopia.com el 29 junio, 2014)

Estamos viendo la luz al final del túnel, dicen los que mandan, repiten los que repiten lo que mandan repetir los que mandan. Pasen la voz. Que vuelva a encenderse la esperanza entre la multitud que se apretuja en la oscuridad. Ya falta poco para llegar a la luz. ¿Qué luz? A la luz que ya se vislumbra al final del túnel.
Nos fueron metiendo en el túnel poco a poco. Los primeros en llegar tenían espacio para caminar hacia adelante con la esperanza de encontrar la salida. Empezaron a caminar. El túnel era un castigo para unos cuantos por haber vivido por encima de sus posibilidades. Los castigados reconocían su culpa y aceptaban su castigo con vergüenza, sin armar bulla para no hacerse notar: para salir de allí rehabilitados, curados para siempre de su insensatez; para que nadie les recordara nunca que habían tenido que pasar por el túnel.
Pero el túnel era largo, largo. No se le veía el fin. Algunos empezaron a caer por el camino sin que nadie se detuviera para ayudarles a levantarse. No se podían detener. Tenían que seguir adelante para no caer y ser arrollados por los que iban entrando; una multitud cada vez más numerosa, miles de seres grises que caminaban hacia adelante cegados por la oscuridad, empujando, pisando, sordos a los lamentos de los que iban cayendo. Ya no importaba encontrar el final, solo importaba seguir caminando para no caer y ser pisoteados y quedarse para siempre en el lodo negro. Ya no eran miles, eran millones que avanzaban con lentitud hasta quedarse atascados, estirando el cuello para respirar, con los ojos ciegos fijos en un final imaginario que tal vez no existía. De pronto alguien rompió el silencio y la voz fue pasando de un oído a otro. Algunos habían encontrado la luz, decía; algunos estaban saliendo. ¿Adónde? A un mundo distinto, a un mundo nuevo.
Las mayores eminencias de las finanzas se habían unido para concebir y diseñar un mundo feliz. ¿Cómo el de la novela de Aldous Huxley que lleva ese título en español? Sólo en el fondo. Puede que de ella sacaran el concepto de la felicidad, aunque también pudieron inspirarse en la conocida sentencia: “No es feliz quien más tiene sino quien menos necesita”. Los genios de las finanzas no tenían la intención de perderse en complejidades. Pareciéndoles evidente que la felicidad se basaba en la conformidad, se propusieron crear un mundo en el que cada cual pudiese vivir libre de la angustia que causan el deseo y la necesidad de competir; en el que cada cual tuviese que vivir conforme con su destino sin deslomarse escalando para acceder a un destino superior. ¿Pero cómo lograrlo cuando a la mayoría se la había programado durante décadas para que necesitara cada vez más cosas, para que viviera en perpetua lucha contra el vecino por conseguir más y mejor, para que creyera en una justicia universal que a todos otorgaba la justa recompensa por sus esfuerzos? Habría que desprogramar a la mayoría e introducir en sus mentes un programa nuevo; cambiar, cambiarlo todo, empezando por las costumbres para sustituirlas por nuevos hábitos que a su vez se encargaran de modificar las ideas acabando con cualquier tipo de contestación.
La consigna había recorrido el universo de las finanzas reducida a una sola palabra: cambio; crisis, para que se entendiera en griego y en latín. Crisis, para que, repetida a todas horas en los cuatro confines de la tierra, la palabra penetrara a través del oído como un gusano abriéndose paso hasta el cerebro. Crisis. ¿Pero en qué consistía el cambio, la nueva programación que debía dar lugar al mundo nuevo?
Los genios financieros se habían reunido con los políticos para explicarles los detalles y comunicarles con rotundidad que solo se permitiría gobernar a quienes se comprometieran a implantar el cambio. Quienes mostraron su disconformidad quedarían apartados del poder. No sería necesario silenciarlos con métodos violentos. Para arrinconarlos, bastaría aplicar una propaganda bien diseñada de acuerdo a los principios de aquel ministro genial que consiguió transformar la ética y la moral de Alemania en los años gloriosos del Tercer Reich. Después de la programación, la mayoría, transformada por el pánico, ignoraría cualquier voz que la llamara a la aventura. La mayoría no querría otra cosa que estabilidad.
Y nos metieron en el túnel. Y empezamos a perder por el camino, primero, lo que sobraba, luego lo que creíamos esencial. Pero seguíamos caminando. Lo único esencial era la supervivencia y se podía sobrevivir sin libertad, sin derechos, sin dignidad, con casi nada. Y seguimos, seguimos, aún cuando casi habíamos perdido la esperanza.
Ahora parece que la esperanza vuelve. Ya se ve la luz al final del túnel, repiten cada vez más voces. Es la nueva consigna. Ya se ve la luz. Estamos saliendo, algunos ya han salido, saldremos. ¿Adónde?
Saldremos cambiados, renovados, a la luz de un mundo nuevo en el que ya no tendremos nada de lo que creíamos esencial, pero tampoco nos hará falta. Ahora ya hemos aprendido, sabemos que lo único esencial es la supervivencia. Si conseguimos salir, ¿qué importa lo que tengamos que hacer, a lo que tengamos que renunciar? Nada puede ser peor que volver al túnel, a caminar en la oscuridad con peligro de caer y quedarse para siempre en el lodo negro.
Shakespeare quiso que uno de los personajes de La tempestad, una joven criada en una isla desierta que sólo había visto en su vida a dos hombres y algunos espíritus, exclamara al ver llegar a la isla a unos marineros borrachos: “¡Oh maravilla! ¡Cuántas criaturas grandiosas! ¡Qué hermosa es la humanidad! ¡Oh insólito nuevo mundo en el que vive gente así!” Aldous Huxley tomó el último verso como expresión de la máxima ironía para dar nombre a su utopía inhumana. “Brave new world”, exclama un personaje marginado cuando contempla un mundo de seres de apariencia humana a los que se ha programado para no pensar ni desear; para trabajar para los seres de rango superior a cambio de la supervivencia. Desde la primera traducción al español, el título se convirtió en “Un mundo feliz”. ¿Feliz? ¿Por qué no? Los que entraron en el túnel siendo niños verán la luz con la alegría con que la joven de La Tempestad descubría a los borrachos.
Ya son millones los que se han librado del esfuerzo de comunicar sus pensamientos. Las palabras se acortan. El ruido hace el habla innecesaria. ¿Para qué hablar si nadie escucha? Ya son millones los que trabajan por lo que les quieran pagar. ¿Qué más da si el vecino es igual de pobre y ya no puede haber envidia que obligue a presumir? Ya son millones los que han dejado de quejarse de las mentiras y de la corrupción de los seres de rango superior. Son ellos los que garantizan la estabilidad, el fútbol, los toros, las procesiones, las fiestas. Ya no se quejan de los curas. Sin curas no hay bodas ni bautizos ni comuniones.
Los genios de las finanzas sonríen con satisfacción en sus mundos de lujo. La programación ha sido un éxito. Se ha librado a los inferiores de la tensión por superarse, de pagar impuestos para imponer una igualdad injusta. Los hombres no son iguales, no pueden serlo. Siempre ha habido una élite de hombres superiores por su inteligencia y por el entorno en el que han crecido. En realidad, el mundo que ha conseguido imponer la sensatez de las mentes privilegiadas no es tan nuevo. Es el mundo de siempre, el que había antes de que el socialismo introdujera el disparate de la igualdad.

¿Quién se atreve a pedirle el voto a la clase media?

Buenos días, amigos
Acabo de oír el artículo diario de Iñaki Gabilondo. Termina con una frase para reflexionar: “¿Quién se atreve a pedirle el voto a la clase media?” La clase de las grandes ilusiones que vio cómo su esfuerzo conseguía situarles en una posición superior a la de sus padres y garantizar, creían, una posición aún mejor para sus hijos. La clase que con sus pequeños triunfos despertó la codicia de los parásitos financieros y políticos que se lanzaron, como se lanzaban los invasores trashumantes sobre los pueblos prósperos, a despojarla con iniquidad de sus bienes, de sus derechos, de su manera de vivir.
¿Quién se atreve a pedirle el voto a la clase media? Se atreven los expoliadores. El parásito confía en la pasividad del organismo que le hospeda. Se atreven los enemigos de los expoliadores; unos, como salvadores que se ofrecen a devolver lo expoliado; otros que, resucitando reivindicaciones añejas, ofrecen disolver a todos en una clase única de obreros satisfechos bajo la autoridad de políticos y burócratas garantes de sus estómagos. ¿Quién se atreve a pedirle el voto a la clase media? Los que ahora se acuerdan de que existe y de que la existencia de los que piden su voto depende de los millones de votos que la clase media puede aportar.
¿A quién votará la clase media?

No hay vuelta de hoja

 

Todavía colea el Debate del Estado de los políticos. ¿Quién ganó? ¿Quién perdió? En eso están. Nosotros, habitantes del nivel inferior del país, nos preguntamos, ¿a quién le importa? A nosotros, no, desde luego. Los del nivel superior tienen el ego tan inflado de poder que no entienden que a los demás nos importan infinitamente menos que nuestras familias y nuestros amigos; que tal como van las cosas, los políticos ya no nos importan en absoluto.

O sí lo entienden, y les parece bien.  Nada mejor para ellos que nuestra indiferencia. El mejor regalo que les podemos hacer es dejarles jugar en paz, sin distraerles, sin incordiarles, sin exigirles que nos expliquen de qué va, sin cuestionarles las reglas.

El gobierno ha decidido que el país circule con la marcha atrás. Los del nivel inferior estamos aprendiendo a vivir como nuestros abuelos para que los del nivel superior puedan volver a vivir como los suyos. Se ha demostrado que una sociedad donde todos viven revueltos, exigiendo los mismos derechos, ambicionando las mismas cosas, no funciona.

La igualdad de derechos y de oportunidades exige que los ricos ganen menos. Eso supone una depauperación de los habitantes del nivel superior, algo profundamente injusto ya que son ellos los que tienen los recursos, las conexiones, los conocimientos  necesarios para sostener la economía; injusto y peligroso. Sin ellos, los de abajo no tendríamos ni con qué comer. Claro que los de abajo hacemos falta, pero hacemos falta abajo, poniendo la mano de obra, el cerebro de obra, produciendo la obra en la que todos podamos vivir a cobijo de los temporales, cada cual en el nivel en el que le ha tocado en suerte nacer. Ese orden, necesario para la supervivencia, se consigue permitiendo que los de arriba logren más beneficios, lo cual a su vez se consigue reduciendo los salarios y las expectativas de los de abajo.

Así se explica el estado actual de la nación, sencillamente, sin tener que arrastrar a la retórica por oscuros meandros. Si los ciudadanos fuésemos adultos equilibrados, lo comprenderíamos sin dificultad evitando a los políticos el farragoso trabajo de montar discursos recurriendo a mil falacias, de perder el tiempo soltando palabras  supercalifragilísticoespialidosas para hacernos tomar la medicina sin pataleo.  Pero es que vivimos estancados en un retraso emocional que parece incurable.

No hay más que oír a los que piden la guillotina de hace más de doscientos años para cargarse a los de arriba sin pensar que la sangre acabó ahogando a medio mundo y que cuando la muerte ya amenazaba hasta al apuntador, tuvieron que volver los de arriba a poner orden. No hay más que oír las consignas de los que dicen defender a los de abajo envueltos en una determinada bandera, contra todos los que dicen defender a los de abajo envueltos en otra. No hay más que oír a los que no piden nada ni sueltan consignas de ningún color ni se asoman fuera de los límites de su parcela cotidiana porque dicen que de nada sirve protestar. No hay más que oír a los que predican que castiguemos a los de arriba con voto blanco o voto nulo o no voto, ayudándoles a hacer y deshacer y perpetuarse gracias al terrible castigo de su silencio. No hay más que oír mientras los de arriba gastan dinero a espuertas montando debates y mítines para distraernos y evitar nuestros gritos cada vez que nos ponen una inyección por nuestro propio bien.

Es cierto que hay otros que aún alientan la esperanza de lograr un país, un mundo distinto en el que todos tengan los mismos derechos y oportunidades sólo por ser humanos, y a cada cual se le recompensen los esfuerzos por conseguir su propio bienestar consiguiendo con ello el bienestar de todos. La esperanza lleva a esta gente a protestar contra las arbitrariedades de los de arriba, a denunciarlas  y a intentar impedirlas plantando cara y cuerpo en los medios, en las redes sociales, en las calles, en cualquier hueco donde puedan clamar contra la resignación. Esta gente utiliza su razón para analizar lo que conviene o no conviene a nuestra naturaleza humana y su voluntad para exigir lo que les conviene, los que nos conviene a todos si los de abajo no queremos resignarnos a sobrevivir como animales más o menos conscientes. Esta gente sí que supone un verdadero peligro para los del nivel superior. Por eso les inquietan, aunque sólo un poquito porque la verdad es que son muy pocos.

Nadie ganó el debate del estado de la nación. Pocos lo vieron, casi nadie lo escuchó. Gracias a los revolucionarios añejos, a los fanáticos de una sola idea, a los cobardes, a los indiferentes, los de arriba pudieron llevar a buen puerto el montaje con el decorado y los diálogos de siempre.  Ahora tocan los actos de campaña electoral por donde se irá dinero que a los de abajo nos haría falta para otra cosa. Pero no deberíamos quejarnos, la culpa es nuestra. Mientras nos sigamos comportando como retrasados emocionales, los de arriba nos seguirán tratando como si lo fuéramos. No hay vuelta de hoja.