Piensa mal

Me van las teorías de la conspiración; entre varios motivos, porque hasta ahora me han ido muy bien para mis predicciones. Desde que me puse a publicar mi opinión sobre la situación política de España, me he dejado llevar por un refrán que repetía mucho mi madre: “piensa mal y acertarás”. No me gustaba, aunque comprendía perfectamente sus motivos. Es muy difícil conservar la ingenuidad y el optimismo cuando te ha tocado pasar la infancia en una guerra y la adolescencia en una posguerra de oscuridad y hambre. Yo pude darme el lujo de cultivar a toda costa ambas cosas comparando los recuerdos de mi madre con las circunstancias privilegiadas en las yo iba creciendo. Hasta que, con muchos años encima, me ha tocado vivir en una España decorada de modernidad, pero tan oscura y famélica en el fondo como la que tuvieron que sufrir mis antepasados. Hace años que pienso mal sobre los poderes económicos y políticos de este país, y por eso, hace años que en mis análisis y en mis predicciones, acierto.

Como dije y escribí cuando Artur Mas se convirtió de súbito a la causa independentista, el asunto olía a pacto, explícito o sobrentendido, entre Mas y Rajoy. La crisis, y sus terribles consecuencias para millones de españoles, habían desgastado a los partidos que ambos lideraban; Convergencia y Partido Popular, idénticos en ideología y desprecio a la ética. Ambos se sentían fuertes y firmes sobre los fundamentos que les proporcionaba el apoyo de los poderes económicos españoles y extranjeros, pero les fallaban las piernas cuando analizaban encuestas. Habían recortado tantos derechos a los ciudadanos y habían robado tanto que empezaron a temer la venganza de los perjudicados. Porque España seguía siendo una democracia en el sentido moderno del término, es decir, un sistema en el que a los ciudadanos se les da voto cada cuatro años, más o menos, para elegir a sus gobernantes.  Y gracias a ese único derecho garantizado, los ciudadanos pueden obligar a los de arriba a tenerles en cuenta, aunque solo sea cuando les convierten en ingredientes de la gran masa que las encuestas cocinan para informar a los que mandan cómo lo tienen para seguir mandando.

Mariano Rajoy y Artur Mas lo tenían muy mal porque lo ciudadanos ya les veían como los causantes de su desgracia. Entonces se les ocurrió, por separado o en contubernio, eso nunca lo sabremos,  la brillante idea  de montarse una traca diaria para capturar la atención de la gente desviándola del análisis de su problemas, de los culpables de su problemas y de las posibles alternativas para sustituir a los culpables de sus problemas quitándoles el poder de amargarles la vida. Ninguno de los dos se puso a trabajar para atraer votantes y recuperar a los perdidos solucionando problemas sociales. En vez de ese esfuerzo, arriesgadísimo por muchos motivos, ambos decidieron ofrecer a la gente una fiesta perpetua, una especie de batalla de moros y cristianos  interminable. Y la estrategia se ha demostrado genial.

La traca la montó en Cataluña Artur Mas con el “España nos roba, vámonos de España” y en España la montó Rajoy con el “quieren romper a España y no lo voy a permitir”. Quien repita lo que ha pasado en estos cinco años pierde el tiempo escribiendo palabras que no le va a leer ni su abuela. Estamos hartos, todos estamos hartos de oír y leer las mismas crónicas de preámbulo que acaban con las mismas conclusiones. Lo esencial, lo importante es que la traca del desafío catalán convenció a los españoles de que los problemas como la corrupción y la calidad de su vida cotidiana eran asuntos insignificantes comparados con la tragedia de que a la España inmemorial, llamada a ser eterna por la gracia de Dios, le arrancaran el miembro más importante de su aparato locomotor; mientras la traca de la independencia conseguía lo mismo en Cataluña. Daba vergüenza ponerse a pensar en recortes al bienestar social de los catalanes y en la corrupción de sus gobernantes cuando Cataluña estaba a punto de convertirse en una República que manaría leche y miel, a la que correrían a invertir las empresas más importantes del mundo y que sería reconocida  por el mundo entero como modelo de libertad y prosperidad.

Dicen los que dicen siempre lo mismo que el error más gordo de Rajoy y el PP fue la recogida de firmas contra el estatuto catalán en 2006 y utilizar su influencia en el Tribunal Constitucional para que se cargara al susodicho. Falso. Fue su mayor acierto. Esa humillación brutal a los catalanes consiguió exacerbar el sentimiento independentista aún en aquellos que no se habían dado cuenta de que ese sentimiento suele venir de fábrica. Rajoy sí se había dado cuenta y por eso lo utilizó, con pleno conocimiento de causa, para conseguir su propósito. Dije y escribí en un artículo que se publicó el 28 de junio de 2015 que Mariano Rajoy es el hombre que mejor conoce a los habitantes de este país. Ese conocimiento le permite seguir convenciendo a la mayoría de que fuera de su amparo, España no tiene salvación. Ahora menos que nunca. (Ofrezco el enlace a ese artículo al final para no interrumpir la lectura de este).

Dicen que el gran error de Mas fue unir su voz y la de su gobierno al clamor de los catalanes humillados. Falso. El apoyo del gobierno catalán con su líder mesiánico a la cabeza  hizo del independentismo una causa nacional para librarse de un estado opresor, y de la independencia, una esperanza, con el triunfo garantizado a corto plazo. A partir de aquí, Rajoy, tranquilo, más tranquilo que nunca para seguir recortando derechos y libertades a placer, y Mas, convencido de que podía seguir con su política antisocial, tan tranquilo como Rajoy. ¿Y la corrupción? Nada. En este país casi todos piensan que el que no es corrupto es porque no puede. Se puede contar con el perdón general, por lo menos a la hora de votar, que es lo que importa.  Quien diga que esa estrategia era errónea o no sabe de lo que está hablando o no se atreve a decir lo que piensa.

Hoy, casi todos los analistas políticos de casi todos los medios acusan a Rajoy de haber judicializado la política pasando a la Justicia la solución de la crisis catalana, en vez de resolver el problema políticamente mediante el diálogo. Dicen, y con razón, que eso está haciendo un gran daño a las instituciones. A las instituciones sí, pero no a Rajoy y al PP. El 23 de noviembre de 2014 escribí y se publicó un artículo en el que afirmaba que el gobierno estaba llevando a cabo una demolición de las instituciones deliberada con el objetivo de perpetuarse en el poder. (Ofrezco el enlace a ese artículo al final).

Exactamente lo mismo hicieron, en Cataluña,  el sucesor de Artur Mas  y su gobierno con idéntico objetivo. El 6 y 7 de septiembre del año pasado, la mayoría independentista se cargó el prestigio del Parlament y de paso a la democracia aprobando la ley de transitoriedad y la ley del referéndum sin tener en cuenta a la mayoría de los catalanes. A partir de ese momento, Puigdemont se instala en una autocracia donde no vale  ley alguna que no sea la promulgada por su santa voluntad convertida, por su santa voluntad también, en la voluntad de todo el pueblo de Cataluña. Los analistas hablan de esperpento, de circo, y con razón. En lo que se equivocan es en suponer que se trata de un vodevil improvisado. Tanto Puigdemont como Rajoy saben perfectamente lo que están haciendo y no mueven pieza sin haber pensado muy bien la jugada.

Todos los analistas políticos confiesan que no saben lo que va a pasar. Los españoles, catalanes incluidos, se sumen en la incertidumbre. Hay miedo en Cataluña y en el resto de España porque ya han dicho que la crisis catalana va a afectar a la recuperación económica. ¿Qué mejor panorama que el de incertidumbre y miedo para que los ciudadanos vuelvan a votar al partido que garantiza la estabilidad, por precaria que sea, y que está dispuesto a lo que sea para evitar que España se rompa? ¿Y qué mejor panorama para que los independentistas catalanes sigan votando a los únicos partidos dispuestos a luchar contra el estado opresor, cueste lo que cueste y por lo medios que sea, para conseguir, por fin, la ansiada República de Catalunya?

Yo sí creo que sé lo que va a pasar y me arriesgo a decirlo porque no tengo nada que perder. Sí investirán a un president de Junts per Catalunya, que será una marioneta de Puigdemont como Puigdemont lo fue de Artur Mas.  Sí se comprometerán, el nuevo president y su govern, a continuar con el procés. Sí seguirán dando sorpresas. Sí seguiremos dando vueltas en el mismo bucle y oyendo y leyendo en la prensa lo que vaya ocurriendo en Cataluña, mientras todas las otras noticias, juicios por corrupción incluidos, pasan a segundo lugar. ¿Hasta cuándo durará esto?  Hasta las elecciones generales. ¿Y después? Ni los meteorólogos son capaces de predecir a tan largo plazo.

¿Es o no es una estrategia genial? Tan genial, que quien piensa mal, como yo, sospecha la intervención de inteligencias superiores. Porque el asunto tiene un doble fondo. Mientras la derecha, constitucionalista e independentista, mina la democracia y pervierte los valores de la sociedad, se asegura, al mismo tiempo, de que el socialismo vaya perdiendo fuelle en España, como lo ha ido perdiendo en todos los países del primer mundo; se asegura de que el socialismo  pronto deje  de ser un peligro para la derecha y  el gran capital que la sostiene.

América y Europa se rinden ante personajes populistas que predican la salvación por la insolidaridad; que denuestan los valores humanos. Esos personajes consiguen hipnotizar a millones con discursos populacheros convenciéndoles de que esos valores buenistas han sido  la causa de todos los problemas que les afligen. La Historia enseña que las grandes crisis producen las condiciones óptimas de las que se aprovechan los oportunistas para exacerbar las peores emociones de la masa. La crisis alemana que siguió a la primera guerra mundial, por ejemplo, brindó la gran oportunidad a Hitler y a su partido.

¿Y el socialismo español, dónde está? Ese será el tema de mi próximo artículo. La crisis de Cataluña ya no da para más, como no sea para seguir distrayendo al personal que no tiene bastante con el fútbol.

Así habló Mariano, el profeta

Objetivo demolición 

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En serio

Dice uno de sus abogados  que Puigdemont pedirá una autorización al Supremo para acudir al pleno de investidura.  ¿Por carta? Si alguien conoce un caso igual que me lo cuente.

Sigue diciendo el abogado que “cuando se dice Puigdemont o Puigdemont, se está diciendo democracia o democracia”. ¿Que democracia?

Los catalanes no votaron por Puigdemont en 2015; lo puso Mas. La mayoría de los catalanes no votó por Puigdemont en diciembre ni dice Puigdemont o Puigdemont. Pero tras largos años de experiencia, los políticos independentistas son expertos en la manipulación de conceptos. Cataluña es Puugdemont, como antes lo fue Pujol. Puigdemont es la democracia porque en la República de Cataluña no hay ley ni democracia extranjera que valgan. La nueva república tiene sus propias leyes, sus propios conceptos, y no reconoce ley ni concepto alguno que no sean los propios. ¿Los propios de quién? Dice Puigdemont que del “poble”. Puigdemont llama “poble” a la minoría que le vota y esa minoría es la que manda lo que dice Puigdemont porque lo dice Puigdemont.

La prensa internacional empieza a reconocer que Puigdemont está trastornado. ¿Lo están quienes le votan y quienes le siguen? El personaje fascina por su juego de estrategias para burlar las leyes de la democracia española y ridiculizar a su gobierno.

Muchísimos catalanes, resentidos por siglos de humillaciones, se ven reivindicados por el juego de Puigdemont. Pero quien conserva el uso pleno de su razón comprende que, por poca o mucha gracia que hagan sus locuras, las consecuencias de esos juegos para Cataluña, para los catalanes, son terribles. A ese se le han acabado las sonrisas que Puigdemont le provocaba al principio. Le ha vencido el hartazgo y la precupación por su futuro y el futuro de sus hijos.

Los incondicionales siguen riéndole las gracias, llenando las calles de esteladas y lacitos amarillos, manifestándose por cualquier cosa que les pidan Omnium Cultural y la Asamblea Nacional Catalana. La propaganda ha conseguido desatarles la histeria del adolescente que se niega a crecer, que se niega aceptar el paso del tiempo con su imposición de arrugas, canas y de responsabilidad de adultos. Es, en el fondo, la histeria que enloquecía a los adolescentes en los conciertos de Elvis Presley, por ejemplo; en los mítines de Adolf Hitler. Da miedo recordar  que esa histeria fanática persiste hasta que al personaje idolatrado le retiran las circunstancias.

¿Qué circunstancias retirarán a Puigdemont?

Dice que pedirá permiso al Supremo para asistir al pleno de su investidura. ¿Y si no lo pide? ¿Y si, arrastrado por su pasión al espectáculo, decide colarse entre las miles de caretas con su cara que se manifestarán ante el Parlament el día de autos? ¿Se imaginan el bombazo mediático que estallaría en el mundo entero si cientos de guardias civiles corrieran desesperados quitando caretas y, antes de que consiguieran revisar todas las caras, Puigdemont apareciera triunfal en el hemiciclo y se quitara la careta con un gesto dramático, bienvenido por el estruendoso aplauso de los suyos? La risa puede ser universal, acompañada por esa alegría empática que produce el triunfo del “underdog”.

¿Y después qué? Nadie puede predecirlo porque la siguiente jugada depende de una mente irracional. Lo que sí se puede predecir sin ningún temor a equivocarse es que a Cataluña, a los catalanes, no habrá quien vuelva a tomarnos en serio hasta que desaparezcan de este mundo los últimos que puedan recordar esta etapa esperpéntica de nuestra historia.

Ni tirar de la cadena

Hace algo más de un año, estaba yo comiendo en un restaurante cuando entró un grupo de unas doce personas. Les habían preparado una mesa al lado de la mía. Yo casi estaba terminando. Había ido a comer tarde.  Cuando el grupo llegó, el único cliente que quedaba en el restaurante era yo.

Estaba con mi postre cuando alguien del grupo levantó la voz y se presentó al resto de comensales diciendo su nombre y su cargo en un partido político. Siguió con un discurso corto. Luego se presentó una mujer que también dijo nombre y cargo y que también soltó un discurso.

Mis orejas se convirtieron en antenas y las manos se me fueron sin permiso a mi pluma y al cuaderno de notas que llevo a todas partes. Mi mente repetía: “Joder, joder, joder” mientras los discursantes iban soltando reflexiones interesantísimas. Tardé pocos minutos en enterarme de que se trataba de una reunión de  un partido político de nuevo cuño y de que quienes se habían presentado y soltaban discursos eran cargos llegados de Barcelona para instruir a políticos locales sobre el argumentario y las estrategias de la nueva formación.

Puse cara de vieja pánfila e inofensiva y empecé a transcribir todo lo que oía con la concentración y el rigor de un taquígrafo de tribunal. La acústica del local casi vacío y el hecho de que nadie bajara la voz por notar mi presencia, me permitieron oírlo todo y apuntarlo todo.

Tanta excitación y tanto interés por mi parte se debían al hecho de que el partido no tenía de nuevo más que el nombre. No conocía a los cargos de la metrópolis, pero a algunos comensales sí les conocía de vista. Eran todos políticos de Convergència i Unió; algunos de ellos, alcaldes de los pueblos de la comarca. Todos ellos estaban allí para demostrar su adhesión al nuevo nombre del partido de siempre: PdeCat, Partido Demócrata Europeo Catalán.

Los discursos y preguntas duraron mientras los comensales iban picando entremeses. Cuando llegó el primer plato de verdad, se hizo el casi silencio que consigue el hambre. Pensé quedarme a esperar que  los efectos del vino volvieran a mover las lenguas a la conversación. Pero empecé a sentir que me había hecho daño la comida y que la imaginación me estaba revolviendo las tripas como suele hacerlo en ciertas circunstancias: de la mesa de al lado me llegaba un insoportable olor a mierda.

Al salir de restaurante, la adrenalina me hizo volar a casa con la intención de escribir un artículo citando literalmente lo que más me había impresionado. El aire del camino me apagó el incendio. ¿Para qué divulgar todo aquello? ¿A quién podía beneficiar?  En cualquier caso, solo conseguiría buscarme problemas por pura estupidez. ¿Quién iba a creer a una vieja pánfila con ínfulas de periodista aguerrida?

Año y pico llevan mis notas de ese día encerradas en un cuaderno, encerrado éste en un armario con el resto de cuadernos llenos.  De esas notas saqué reflexiones que luego sí vertí en artículos. Tal como pensé aquel día, mis reflexiones no han servido para nada, como no hubiera servido que hubiese citado palabra por palabra lo que oí, incluyendo nombres. Hoy he vuelto a leer aquella transcripción. Ha perdido actualidad, pero la lectura volvió a revolcarme las tripas.

Durante aquella comida de trabajo de un partido nacionalista catalán al que la mayoría de catalanes consideró durante décadas defensor de la nación y de sus ciudadanos, no se mencionó ni una sola vez a Cataluña; no se mencionó ni una sola vez  a los catalanes. Los cargos llegados de Barcelona venían a instruir a sus representantes comarcales sobre el modo de pescar votos y sobre todo, de no perder los ya pescados.  Se les instó a hacer una lista con los nombres de quienes se dejarían pescar con facilidad porque bastaría con una llamada telefónica para que mordieran el anzuelo.  Se les instruyó sobre los argumentos que debían utilizar  para asegurarse la pesca. Para esa gente, los ciudadanos de este país valían lo mismo  que las truchas de nuestro río y ganar las elecciones no era el modo de llegar al poder para implantar medidas sociales; era como ganar un campeonato de pesca.

Hoy, la justicia nos ha demostrado, finalmente, que Convergència Democràtica de Catalunya, partido fundado por un hombre que durante décadas se consideró el padre de la patria catalana, era un garito donde ladrones sinvergüenzas se dedicaron durante décadas a robar impuestos pagados por todos los catalanes, mientras negaban a todos los catalanes los beneficios que pagaban con sus impuestos. ¿Y qué? Eso ya lo sabíamos todos hace mucho tiempo, pensarán muchos. ¿Que por qué la mayoría continuaba votando a ese partido? Porque ese partido pagaba muy bien con cargos, empleos, subvenciones a quienes se demostraban fieles votantes acallando todo escrúpulo moral a la hora de darle el voto. ¿Que todos esos votantes contribuyeron a perpetuar una sociedad injusta, mercantilista, inhumana? ¿Y qué? Ande yo caliente, dice el dicho, y el resto que espabile. Si Dios bajara del cielo a pedirles cuentas, la respuesta la podían encontrar en la Biblia, en las palabras de Caín: “¿Acaso soy el guardián de mi hermano?”.

Del nacionalismo pragmático, Convergència saltó al independentismo radical cuando su presidente, Artur Mas, decidió que el follón que armaría un secesionismo combatiente, podría ocultar toda la podredumbre de su partido. Pero por si no lo conseguía, Artur Mas hizo una leva de independentistas famosos y los metió, con Convergència y Esquerra Republicana de Catalunya en una lista cuyo nombre nadie asociaría a la corrupción: Junts pel Sí. Todos, Oriol Junqueras y los suyos incluidos, mordieron el cebo. ¿Que Convergència era un nido de ladrones? ¿Y qué? Todo catalán que se preciara y tuviera miedo de que no le apreciaran los demás, votaría Sí a la independencia aunque ese sí estuviera embarrado de mierda.

De mierda se embarraron Oriol Junqueras y todos los suyos. Esquerra presume de no haber tenido un solo caso de corrupción en sus ochenta y siete años de vida. Tan laxa e hipócrita se ha vuelto la sociedad que gobernar con corruptos no se considera corrupción. Pues bueno, Junqueras saltó a la vicepresidencia de la Generalitat dispuesto a embarrarse con quien fuera con tal de conseguir la independencia de Cataluña. ¿Independencia para qué? ¿Para seguir robando a la catalana con mucho más botín que robar por no tener que regalar impuestos que pudieran robar los políticos españoles? Da igual. Independencia. Aunque el president se llame Puigdemont y esté, a todas luces, como un cencerro; aunque el partido de Pujol y de Mas se llame ahora Junts per Catalunya. Esquerra se apunta por si la justicia absuelve a Junqueras y puede llegar a la Generalitat como héroe de la gloriosa gesta que proclamó la independencia de la República de Catalunya. ¿Que no hubo tal gesta, que no hubo tal república, que sólo hubo un contubernio de empecinados que no se detuvieron a sopesar el daño que le estaban haciendo al país y a los catalanes? ¿Y qué? Más de dos millones de catalanes volvieron a votar por la independencia porque a ellos tampoco les importa lo que pueda suceder al país y a todos sus habitantes.

Cambiemos los varios nombres de Convergència por Partido Popular; los de sus líderes, por Mariano Rajoy y los suyos; el nombre de Cataluña, por el nombre de España. ¿Alguna diferencia? La estupidez reina dentro de todas las coordenadas de nuestro país. Manda el dinero y la desesperación por conseguirlo a toda costa; aún a costa de todos los demás.

Una sociedad entrenada por el miedo no le hace ascos ni a nada ni a nadie. Nada frena a los individuos en su lucha por sobrevivir. La moral, la compasión se vuelven accesorios. Y hasta la hipocresía deja de considerarse necesaria para maquillar la fealdad. El día ha llegado ya en que nadie se molesta siquiera en tirar de la cadena para que su mierda no apeste a toda la casa. Total, nos hemos acostumbrado tanto al olor de la mierda que ya no nos molesta.

Pienso, luego Iceta

Las últimas encuestas sobre las elecciones autonómicas en Cataluña nos plantean un misterio aparentemente  insondable. Los partidos independentistas vuelven a aproximarse a la mayoría absoluta.

Tras unos cinco años  de yermo político en el que solo sonaban las arengas,  los cánticos y los clamores de independencia; en el que solo  iluminaban el panorama desolador las estrellas de las esteladas; con el rastro infamante de los perjudicados que fueron cayendo por el camino, y que  tirados se quedaron porque no podían seguir caminando sin ayuda y nadie les ayudó, uno se pregunta, perplejo, qué clase de personas quieren seguir vagando sine die en este purgatorio.

La respuesta nos la da el documento EnfoCATs, que ahora navega por Internet al alcance de cualquiera. En él, los diseñadores de la hoja de ruta hacia la independencia  analizan por grupos los tipos de persona a los que tienen que venderles el “procés” y la forma de convencerles, o mantenerles convencidos, con más efectividad.

El primer grupo corresponde a los que en el documento se les llama “Convencidos hiperventilados”. Curiosa asociación la que establecen entre el seguidor del ideal de independencia  y un paciente aquejado del trastorno por el que aumenta la frecuencia de la respiración causando, entre otros síntomas, obnubilación de las facultades mentales. ¿Qué quieren decir? ¿Que el convencido de que la independencia de Cataluña es posible, aunque se opongan el gobierno español y el mundo entero, padece una disminución de su facultad racional? El mismo documento dice que este tipo de personas necesita conocer de hitos y celebrar hechos. De lo cual se deduce que las manifestaciones de protesta, de resistencia o de exhibición de agravios  se nutren de convencidos hiperventilados; que para convencidos hiperventilados se emiten los programas de la radio y televisión públicas catalanas y de otras emisoras subvencionadas; que para convencidos hiperventilados se escriben artículos en la prensa afín y se cuentan historias de una Historia de Cataluña adaptada a la necesidad de hitos y celebraciones que apremia a los convencidos hiperventilados.

Todos los otros grupos que se enumeran en el documento tienen su ¡qué!, pero los del último, los que definen como “Convencidos del NO”, parecen correr verdadero peligro. Dice el documento que para sumarse esencialmente, los del NO necesitan “Motivos de impacto personal inmediato”. ¿Y eso que es? Cualquier cosa impactante, supongo, desde un golpe en toda la cabeza con una porra o con lo que sea, a pedir a la madre hiperventilada del negativo que se le ponga de rodillas hecha una mar de lágrimas suplicándole que diga que sí a la independencia. El peligro más serio aparece en la columna que titulan “Qué tenemos que hacer”. La primera medida reza: “Activar sus entornos independentistas más cercanos”. ¿Para qué? ¿Para que parientes y amigos del negativo le destierren o le linchen si no abraza el independentismo o, nuevamente,  activar a su madre para que vaya llorando por la casa o amenace echarle o prohibirle la entrada si se emperra en su NO? La segunda medida recomienda “Desincentivar la participación”. ¿Cómo? ¿Qué los ayuntamientos independentistas nieguen  a los negativos subvenciones o participación de cualquier tipo en los actos de su pueblo o ciudad? ¿Convencerles de que no voten?

Este documento y el ya célebre cuaderno Moleskin de Josep Maria Jové, secretario general de Vicepresidencia, Economía y Hacienda  del gobierno independentista, nos revelan la voluntad de los líderes del “procés” de conseguir una población hiperventilada, irracional. Y nos revelan, además, que esa estrategia no obedeció  a la irracionalidad de los líderes. Quienes diseñaron en serias reuniones el EnfoCATs y quien anotaba escrupulosamente cuanto ocurría en esas reuniones eran racionalmente conscientes de lo que hacían. Sabían, y así lo manifestaron en diversas ocasiones, que el único modo de imponer la independencia contra la oposición del gobierno español, era poner de escudo a la gente. ¿Qué el referendum era ilegal? En una democracia,  la voluntad del pueblo está por encima de las leyes. ¿Qué el gobierno de España no permitiría votar el 1 de octubre? No podría impedirlo si se convocaba a la gente a plantarse ante las puertas de los recintos donde se iba a votar impidiendo el paso a las fuerzas de seguridad. ¿Qué la guardia civil emplearía la fuerza para abrirse paso e impedir la entrada  a los que iban a votar? Las imágenes de la violencia policial darían la vuelta al mundo inclinando a la opinión pública internacional a favor de los catalanes oprimidos por un gobierno totalitario que no respetaba los derechos humanos. ¿Qué la posterior  declaración unilateral de independencia era ilegal y podría provocar que el gobierno español interviniera la autonomía de Cataluña? El gobierno no se atrevería a hacer tal cosa contra la voluntad del pueblo que votó a favor de la independencia; unos dos millones según el “govern” aunque nunca se sepa de dónde salió esa cifra. En el documento, los líderes afirman que el éxito del “procés” depende de la conflictividad que se genere en Cataluña.

En resumen, la estrategia para conseguir que Cataluña se constituyera en república independiente consistía en movilizar a los “convencidos hiperventilados” provocando, con discursos y eventos, la secreción hormonal que producen las emociones, secreción que a su vez produce la hiperventilación. Es decir, que la independencia de Cataluña dependería del número de hiperventilados que se movilizaran para hacer en la calle el trabajo a los políticos. Es decir, que la República de Cataluña solo sería posible si la exigía un pueblo hiperventilado, irracional, enloquecido. Para mantenerle enloquecido podía recurrirse a la mentira, sin límite ni reparo moral, (ver “El Príncipe” de Nicolás Maquiavelo).Y sin límite, sin reparo moral ni de cualquier otra índole, sin ningún miedo al desmentido o al ridículo, los líderes independentistas, desde Mas a Puigdemont pasando por Junqueras y Rovira, se pusieron a mentir para mantener la hiperventilación, y aún siguen en ello.

La estrategia de los líderes del “procés” produjo resultados inmediatos. Los no hiperventilados decidieron poner pies en polvorosa por lo que pudiera pasar. Los bancos perdieron unos 9.000 millones en depósitos y cuentas a la vista; cerca de 3.000 empresas sacaron de Cataluña sus sedes sociales. Una población de hiperventilados bajo el control de líderes dispuestos a que su pueblo se enfrente a lo que sea  con tal de lograr sus fines, espanta a cualquiera que esté en pleno uso de sus facultades mentales. Pues bien, ese es el panorama que se comprometen a repetir Puigdemont y Junqueras si ganan las elecciones. La CUP promete, además, cargarse el sistema completo para empezar a reconstruir de cero, Dios sabe cómo, la gloriosa República de Cataluña. ¿Quiénes pueden votar para que se repita un panorama así? Los convencidos hiperventilados y los nuevos prosélitos captados por las mentiras.

Ante esta perspectiva terrorífica, dicen las encuestas que un gran número de electores está dispuesto a votar por Ciudadanos.

Ciudadanos también cuenta con convencidos hiperventilados. Están en ese grupo los que se emocionan ante una bandera de España con la misma intensidad con la que se emociona un independentista ante su estelada; los que se emocionan oyendo un pasodoble de Manolo Escobar tanto como a un independentista emociona el canto de Els segadors.

Además de esos convencidos hiperventilados, se dice que votarán a Ciudadanos quienes creen que ese partido impondrá una paz a la fuerza que acabe con la conflictividad forzada por los independentistas. Entre estos últimos están quienes, por diversos motivos, no entienden lo que significa Josep Lluis si no se lo traducen al castellano, y saben que Ciudadanos acabará con la inmersión en el catalán porque para eso lo fundaron; y están quienes quieren que en Cataluña mande un gobierno en todo similar al PP español para que Cataluña pueda disfrutar de la estabilidad sin sobresaltos que a España ofrece Mariano Rajoy.

Por supuesto, los líderes de Ciudadanos mienten tanto como los independentistas para convencer al cliente. Prometen moderación, transversalidad, voluntad de diálogo, políticas sociales, copiando de sus competidores lo que haga falta con tal de quitarles clientela, mientras en el Congreso apoyan con sus votos las medidas ultraconservadoras del PP, sus compañeros de ideología.

El éxito de la candidata de Ciudadanos depende, pues, del voto de los convencidos hiperventilados, de personas con dificultades para aprender idiomas y de personas tan escamadas con la conflictividad independentista que quieren la paz a toda costa. En España, las mayorías que ha obtenido el PP a pesar de su corrupción y de la ineptitud del gobierno, se explican por el miedo. En Cataluña, el voto de los escamados se va a Ciudadanos por la misma razón.

Hace siglos, un pensador, horrorizado por el daño que la irracionalidad hacía a la mente humana, decidió rechazar todas las ideas creadas e impuestas por otras mentes y reemplazarlas por los productos de su propio esfuerzo racional. René Descartes popularizó un principio que la inmensa mayoría conoce y repite aunque nunca haya oído hablar del filósofo francés: “pienso, luego existo”. El ser humano ha sido creado, por Dios o por la Naturaleza, para pensar, para analizar la realidad y orientarse en ella con su pensamiento.  La evolución del ser humano depende de que su pensamiento sea informado por su razón. Hoy, es la razón lo único que puede sacarnos del atolladero.

La situación actual de Cataluña requiere que todo aquel que quiera vivir en paz, en concordia; que todo aquel que entienda que la paz y la concordia sólo son posibles donde impera la solidaridad y la igualdad; que  todo aquel que quiera progresar mirando al frente, negándose rotundamente a cualquier cosa que le empuje a retroceder; que todo aquel que tiene en su mano sacar a Cataluña del bache en el que la ha hundido la irracionalidad, piense, razone antes de ejercer el derecho al voto, siendo el voto lo único que le otorga el poder efectivo para transformar su país.

Pensando, razonando, me pregunto, ¿qué candidato me ha dado pruebas, durante toda su trayectoria política y particularmente durante la última legislatura, de ser capaz de devolver a Cataluña la sociedad solidaria, igualitaria, progresista que puede volver a distinguirla como nación de vanguardia en el conjunto de las naciones de España? ¿Qué candidato me garantiza que en Cataluña volverá a imperar la racionalidad?

Pienso, luego Miquel Iceta Llorens.

https://es.scribd.com/document/361162525/EnfoCATs-Full-de-ruta-del-Govern-per-a-la-independencia

 

 

La nave de los estúpidos

El president de Cataluña y los suyos han dado una demostración espectacular del daño que pueden infligir a la sociedad unos individuos estúpidos.

Define el diccionario al estúpido como una persona necia, falta de inteligencia. No me circunscribo aquí a esa definición. El historiador económico Carlo Cipolla describió el fenómeno de la estupidez con mayor amplitud destacando el daño que los estúpidos infligen a la sociedad.  Aquí me baso en sus deducciones.

Una persona es estúpida, dice Cipolla,  si causa daño a otras personas o grupo de personas sin obtener al mismo tiempo un provecho para sí, o  incluso peor, provocándose daño a sí misma.

El Govern y el Parlament de Cataluña decidieron el 7 de septiembre forzar dos leyes que iban a causar un daño, hasta hoy incalculable, a toda la sociedad catalana, sin que hasta hoy pueda comprenderse muy bien qué ganancia pretendían obtener.

Es inútil intentar comprenderlo. Dice Cipolla que a las personas razonables les resulta difícil imaginar y entender un comportamiento estúpido. Es así, porque tal comportamiento escapa a la razón; porque responde al universo sin límites del absurdo. Las personas razonables se encuentran completamente desarmadas y a merced del estúpido, explica,  precisamente por la imposibilidad de comprender la estupidez. Es esta indefensión del razonable lo que hace que los estúpidos sean tan peligrosos y funestos.

Puigdemont y los suyos rompen con las leyes de España y proclaman, por ley, que en Cataluña rige, desde ese momento, una legalidad distinta. Amparándose en esa nueva legalidad, convocan un referéndum para legitimar con votos la separación de España y se comprometen a proclamar la independencia en cuanto se compruebe que la mayoría de los votos dicen que sí a la secesión.

Por el camino de la razón se llega sin ninguna dificultad a entender  que esas leyes catalanas no tienen otro fundamento que el voluntarismo de quienes las concibieron.  Por el camino de la razón se llega al muro infranqueable de la realidad contra la que, inexorablemente, acabarán estrellándose quienes las concibieron y pretenden imponerlas o sí o sí. Ese muro es la Constitución del estado español  en la que se proclama la unidad indivisible de España.

Una gran parte de los catalanes creen que la Constitución ya no rige en Cataluña, que los catalanes ya son independientes porque lo ha decretado su Parlament y ellos lo  han votado en referéndum. Esa parte de los catalanes que cree por fe cuanto dicen el govern y sus propagandistas, la ANC, Omnium Cultural, pertenece el grupo de individuos que Cipolla denomina los incautos o desgraciados, aquellos que benefician a los demás y se perjudican a sí mismos.

Debería bastar recordarles que el estado español tiene todos los recursos para evitar la secesión; entre ellos, el ejército, garante de la unidad de España por mandato constitucional. Pero es inútil. A cada argumento racional, el incauto responde con el argumentario que le dictan los líderes independentistas. Hace meses, un amigo me dijo que el gobierno de España no podría evitar el referéndum. Le respondí que sí podía y lo haría aunque tuviera que enviar a la Policía y a la Guardia Civil. Se rio a carcajadas.

Los líderes independentistas aseguraron a los catalanes que podrían votar sin ningún problema y que si votaban que sí, Cataluña sería independiente en 48 horas. Cuando el Tribunal Superior de Justicia ordena confiscar el material para la votación y cerrar cualquier local donde se pretendiera poner urnas, los líderes instigan a la gente a salir a la calle y a ponerse frente a las puertas de los locales donde se fuera a votar, para barrar el paso a las fuerzas del orden. Las fuerzas del orden sacan a la gente a porrazos. Los líderes siguen instigando a la gente a manifestarse contra las fuerzas del orden. Protestas multitudinarias. Huelga general. ¿Resultado? Cuantitativamente proporcional a la magnitud de la estupidez de los líderes: centenares de lesionados y millones en pérdidas para la economía del país.

Mientras tanto, Mariano Rajoy y su gobierno observan las protestas y las huelgas con parsimonia inalterable. ¿A quién perjudica esa exhibición de multitudes en las calles  y tiendas y negocios cerrados? A los catalanes, por supuesto, a nadie más que a los catalanes.

Porque Mariano Rajoy no es estúpido. Mariano Rajoy razona perfectamente. Pertenece al grupo que Cipolla llama los malvados, aquellos que perjudican a los demás para beneficiarse a sí mismos. Mientras los incautos catalanes corren de aquí para allá repitiendo los disparates que les dictan, Rajoy contempla cómo la cesta que ha puesto para pescar se va llenando de votos sin costarle más esfuerzo que aparecer de vez en cuando en los medios para recordar a todos  su firmeza en la defensa de la unidad de España. Pero, ¿no teme que, como dicen los líderes independentistas, la comunidad internacional le obligue a reconocer el derecho a la autodeterminación de los catalanes y la independencia que los catalanes pidieron en el referéndum?

Por supuesto que no. No hay líder europeo al que se le ocurra poner en peligro la unidad de su país y la solidez de la Unión Europea abriendo la puerta a todos los independentismos que puedan surgir dentro de sus fronteras. ¿Y los Estados Unidos? Menos. La caótica mente de Trump puede hacer que se pregunte qué pasaría si a los tejanos, que siempre han sido muy suyos,  se les va la pinza y deciden seguir el ejemplo catalán. No hay gobierno dispuesto a tomarse en serio un llamado referéndum que no pasó de sainete tragicómico; muy triste para quienes asistieron a la distancia analizándolo racionalmente.

Cuando Puigdemont anuncia el resultado de la votación rocambolesca llamándola referéndum con la misma cara pétrea con que ha anunciado tantas mentiras, sabe que estas mentiras llegarán a las glándulas de los incautos, y que los incautos saldrán a la calle arrebatados por la emoción dando la cara y el cuerpo por los líderes que les agitan. ¿Qué beneficio obtienen de todo el perjuicio que están causando a su país, siendo el peor la división de la sociedad catalana? Tal vez la satisfacción de sentirse mártires de la independencia, aunque esto es algo tan subjetivo que no se puede afirmar. Objetivamente, de toda esta locura ningún catalán puede esperar beneficio alguno.

¿Y la corrupción? ¿Y el desempleo y los salarios indignos y el trabajo precario y la pobreza? ¿Y la falta de personal y medios en los hospitales y en las residencias de ancianos? ¿Y las carencias en los colegios y universidades? En Cataluña, una palabra ha cubierto una gran parte de las conciencias como una estelada colosal: independencia. ¿Qué pasará cuando esa cubierta se retire y nos veamos todos a la intemperie? Lo peor que nos podría pasar es que Rajoy pusiera en práctica toda su maldad y dejara a los líderes independentistas seguir con su acción devastadora dejando a Cataluña sola, con una deuda descomunal y un bono basura, teniendo que volver a una economía primitiva para no morirnos de hambre. Pero esto, afortunadamente, no puede ocurrir porque Rajoy no es estúpido.

Algunos estúpidos, dice Cipolla, causan sólo perjuicios limitados, pero hay otros que llegan a ocasionar daños terribles, no ya a uno o a dos individuos, sino a comunidades o sociedades enteras.

Contaba Platón que en una nave, los marineros se volvieron locos, depusieron al capitán y los más locos se hicieron con el control del timón después de echar por la borda a quienes tenían idea de cómo navegar. Los locos que quedaron, tal vez simplemente estúpidos, llevaron a la nave al naufragio.

Tal vez los catalanes aún estemos a tiempo de que algo, alguien nos salve. Tal vez encontremos, como siempre, las fuerzas dentro de nosotros mismos para salvarnos. Pero costará muchos años reconstruir las ruinas en las que habrá quedado nuestra sociedad cuando termine esta travesía por la locura.

Las leyes fundamentales de la estupidez humana. Carlo M. Cipolla

 

 

 

No hay derecho

No hay derecho a decidir, por intereses espurios, llevar a Cataluña al desastre y amenazar con el desastre a España entera.

No hay nadie medianamente informado y capaz de razonar que no sepa que las consecuencias, económicas y de otra índole, de una ruptura serían gravísimas para Cataluña y para España. ¿Por qué se empeñan, entonces, el gobierno de España y el govern de Cataluña en llevarnos al desastre? Error de perspectiva. En el desastre estamos hace años, sin gobierno al que recurrir para que declare esta miseria de país zona catastrófica y nos dé las ayudas que requiere volver a ponerlo en pie.

Ante la desastrosa realidad, ambos gobiernos reaccionaron con una brillante idea. Si este desastre no se puede arreglar -y no conviene que a alguno se le ocurra y se le permita arreglarlo-, lo que se puede hacer  para evitar el pago de responsabilidades es amenazar a la gente con un desastre mayor. Si alguien tiene que elegir entre que le corten las dos piernas o dejar que la gangrena le corte la vida, cualquiera en su sano juicio se conforma con el mal menor.

Éxito total. Pensando en el posible desastre por venir, la mayoría ha conseguido desviar la atención del presente, y una mayoría de la mayoría ha llegado a pensar que, al fin y al cabo, la realidad actual no es tan desastrosa.

No hay derecho  a que los políticos en el poder de España, Cataluña incluida, hayan pervertido el criterio moral de una sociedad que había descubierto los valores que permiten evolucionar al hombre, macho y hembra, hacia la plena condición humana.

Las medidas políticas aplicadas por la derecha triunfante en España, Cataluña incluida, consiguieron convertir a todo el territorio nacional en tierra del sálvese quien pueda. Quien tenía los medios para salvarse aceptó esas medidas sin objeción. Quien no los tenía aceptó todo lo que le cayera encima con tal de que le permitieran sobrevivir. Los que lo perdieron todo se quedaron sin voz para quejarse y engrosaron, y siguen engrosando, las filas de los que nunca han tenido nada y que, por lo tanto, para nada pueden contar. España, Cataluña incluida, logró ponerse a la altura de los Estados Unidos.

Una clase rica, cada vez más rica, contribuye al orgullo nacional con el glamour que distingue a los países desarrollados. Las clases inferiores trinan contra los dueños de lujos y privilegios, pero como siempre han trinado y de trinar no pasan, sus trinos no inquietan a nadie.  Las mujeres de las clases inferiores agradecen las fotos de mansiones, joyas, ropa de alta costura que les permiten pasar el tiempo en la peluquería mientras les coge el tinte. Los hombres agradecen las fotos de cochazos que pasan del millón, de los aviones privados de los futbolistas, de las hembras colosales que llevan a sus fiestas y con las que se casan.  A casi nadie se le ocurre reivindicar el valor del trabajo exigiendo salarios proporcionales al esfuerzo y a su contribución real a la economía del país. Cuando se convoca una huelga o una manifestación, sólo van los directamente implicados. Son manifestaciones sin banderas, sin himnos, sin gritos que emocionen. Aburren, ¿para qué se van a manifestar quienes ni ganan ni pierden con el asunto?

Una clase media, cada vez más baja, agradece poder ir a la peluquería, poder pagar a plazos un coche de gama media o baja, según, poder ir de vacaciones a donde va la gente de su clase. La mayoría no encuentra motivos para participar activamente en la exigencia de justicia social. El mundo siempre ha sido injusto. Lo que más injusto les parece es que les obliguen a contribuir para mejorar la vida de quienes no han tenido su suerte, y si se trata de refugiados o de extranjeros huyendo del hambre, para de contar.

De los de la clase más baja, de los que tienen que vivir de subvenciones, cada vez más escasas, o de la caridad, no hay nada que decir. Ni se ven ni se oyen.

Parece un dato curioso que la mayoría de los nacionalistas catalanes que apoyan la independencia son los de salarios más altos, entre 4.500€ y 5.000€ mensuales, mientras que la mayoría de los que quieren permanecer en España percibe salarios que rozan el umbral de la pobreza. Pero, bien mirado, el asunto se entiende. Cataluña ha sido gobernada durante tres décadas por una burguesía nacionalista que pudo mantener una tensión controlada con el gobierno de España para obtener beneficios, mientras  alimentaba la catalanidad con el nacionalismo cultural que alguien bautizó como catalanismo de “espardenya” (alpargata). La siembra dio el fruto de Omnium Cultural y Asamblea Nacional Catalana, y ambas instituciones, con la ayuda generosa del gobierno, se dedicaron a predicar el ansia y el derecho a la independencia por todos los confines de la nación. A quien la prédica no le ha arrebatado el entendimiento, le cuesta muy poco descubrir los sofismas, medias verdades y mentiras completas que conforman el argumentario de los predicadores. Es un conjunto de enunciados muy simples, al alcance de los entendimientos con menos luces, en todo observante de las reglas del que fuera ministro de propaganda  del Tercer Reich.

No hay derecho a haber intoxicado la mente de una gran cantidad de catalanes con discursos y arengas dirigidas a estimular las glándulas para que la adrenalina les obnubile la razón. Viendo a los padres llevar a sus hijos pequeños a los colegios para evitar los desalojos de la policía, uno se pregunta si la sugestión colectiva puede trastornar a medio país hasta ese punto. Otra vez responde el genio de la propaganda nazi que logró enloquecer a la mayoría de los alemanes; la propaganda, cuidadosamente diseñada para apelar a lo más primitivo del ser humano, sí puede; puede siempre que encuentre mentes desprotegidas por carecer de criterio propio. Esa falta generalizada de un criterio alimentado con valores humanos, falta causada por una educación deficiente, ha permitido a los gobernantes de Cataluña, como a los de España, romper la integridad moral del ciudadano y, por ende, de la sociedad. En Cataluña, específicamente, los gobernantes independentistas han podido hacer barbaridades en el Parlament y tomar decisiones que rozan la demencia, poniendo en ridículo a toda la nación, sin que una gran parte de los ciudadanos pudiera detectar sus desafueros.

No hay derecho a destruir el prestigio nacional e internacional de la nación catalana. Orgullosos desde siempre, por motivos indiscutibles, de nuestra sensatez, de nuestra capacidad de trabajo, de nuestra disposición al esfuerzo constante por mejorar, por avanzar, los catalanes aparecemos hoy como fanáticos irresponsables que se niegan a acatar la Constitución española y hasta el Estatut de Cataluña; como enajenados que aceptan la decisión de su propio Parlament de acabar con la democracia; como ignorantes que claman por salir de España y, por ende, de Europa, para quedarnos solos, aislados, sin los recursos de que ahora disponemos para seguir luchando por la recuperación económica.

No habrá referéndum mañana. El referéndum fue anulado y cualquier cosa que se haga para votar, será cualquier cosa menos un referéndum. No habrá independencia. No la habría aunque votara la mayoría del censo y votara sí el cien por cien.  Eso lo saben perfectamente los gobernantes que han sacado a la gente a la calle a realizar un simulacro patético ofreciendo a Cataluña al escarnio público. Hoy nadie sabe cómo acabará el sainete, pero Mariano Rajoy en España y Carles Puigdemont en Cataluña descansan seguros de que los medios seguirán discutiendo el asunto y de que el larguísimo balablablá seguirá distrayendo al personal para que nadie recuerde la corrupción y el mal gobierno.

No hay derecho.

Que España se suicide

 

Vuelven a arreciar voces pidiendo a Pedro Sánchez que proponga una moción de censura contra el gobierno. Otra vez le tienden una trampa. La aritmética dice que no hay modo de ganarla. ¿Pactando con Podemos e independentistas catalanes? Eso supondría hacer concesiones, como aceptar el referéndum, por ejemplo.

La matraca del referéndum no para. Se escuda en una proposición que a cualquier amante de la libertad le parece indiscutible; el derecho a decidir. Lo que solo demuestra el uso interesado del lenguaje para manipular conciencias y emociones.

El referéndum es ilegal. Y lo es, no porque lo digan el PP y Ciudadanos y quien lo quiera decir. Lo dice el entendimiento que no esté obnubilado por los sentimientos y las emociones; por el fanatismo. No hay que irse por ninguna rama para entenderlo.

Si se concede a los catalanes el derecho a separarse de España, ¿por qué no a los vascos? ¿Por qué no a los gallegos o a los andaluces? ¿Por qué no dividir a España en minúsculas repúblicas independientes? Esas repúblicas dependerían las unas de las otras para sobrevivir, por supuesto, como también dependerían de lo que haya quedado del reino. Es decir, España se desintegraría dando un salto de pértiga al pasado anterior a la gloriosa creación de Alemania, de Italia; al romántico siglo XIX.

Pero no hace falta perderse en futuribles para augurar el suicidio de España.  La Constitución española manifiesta la unidad indivisible del Estado. Claro que la Constitución puede y debe reformarse, pero no para que permita la posibilidad de que España se suicide.

¿Pueden las diversas  naciones que constituyen España convivir en paz y a gusto? Claro que pueden y podrán con una Constitución que reconozca las diferencias de identidad y los derechos de cada una de esas naciones. Pueden como han podido los Länders de Alemania, los estados de los Estados Unidos de América. ¿Qué no se pueden comparar? Sí se puede y su realidad se puede adaptar a las necesidades propias de la realidad de España.

Que no nos vengan con cuentos utilizando cifras para confundir al personal. Aquí no hay ninguna comunidad que le robe a la otra. Lo que hay son políticos que nos roban a todos y que para ocultar sus chanchullos o los chanchullos de sus partidos, juegan a confundir a los ciudadanos tomándonos por imbéciles.

No habrá referéndum legal. Eso lo sabe cualquiera que piense. La Constitución no se va a reformar para legalizarlo antes del 1 de octubre. ¿Qué el govern saca las urnas por sus atributos provocando sanciones? El resultado beneficiaría a dos personajes: Rajoy como defensor de la unidad de España podría soñar con una nueva mayoría absoluta; Puigdemont tendría que irse a su casa, pero como héroe de la independencia, mártir libertador.

A quienes no beneficiará el referéndum catalán será a los catalanes anónimos. Unos cuantos contenedores quemados por independentistas antisistema no supondrán grandes perjuicios. Lo que sí ya ha perjudicado a todos los catalanes y nos continuará perjudicando es  la fractura social causada por quienes nos han dividido, etiquetando como buenos catalanes a los independentistas y como malos catalanes a quienes entendemos que segregarse de España es de una frivolidad infantil.

Gracias a Franco, los catalanes teníamos fama de intratables, antipáticos, insolidarios y cosas peores. Los independentistas del govern y otros partidos nos han devuelto la mala fama agregando la cualidad de coñazos. Después del 2 de octubre, si pasa algo el 1, tendremos que empezar de nuevo a curar las heridas en casa y a ganarnos la fama que nuestro esfuerzo limpió, desmintiendo las infamias franquistas.

¿Qué pasará después del 1 de octubre si antes no pasa nada que acabe con esta pesadilla? Pasará que todos querremos olvidar la pesadilla cuanto antes y nos pondremos a trabajar para olvidarla como hicimos tras el horror de la guerra civil y los cuarenta años de dictadura.

No hay que ser independentista para ser catalán, muy catalán. Para ser un buen catalán hay que ser fiel a la idiosincrasia que nos transmitieron nuestros antepasados; al cultivo del esfuerzo, del trabajo, de la creatividad y del entendimiento; al cultivo del seny.

España no se va a suicidar ni ninguna de las naciones que la constituyen le va a pedir que se suicide.