La nave de los estúpidos

El president de Cataluña y los suyos han dado una demostración espectacular del daño que pueden infligir a la sociedad unos individuos estúpidos.

Define el diccionario al estúpido como una persona necia, falta de inteligencia. No me circunscribo aquí a esa definición. El historiador económico Carlo Cipolla describió el fenómeno de la estupidez con mayor amplitud destacando el daño que los estúpidos infligen a la sociedad.  Aquí me baso en sus deducciones.

Una persona es estúpida, dice Cipolla,  si causa daño a otras personas o grupo de personas sin obtener al mismo tiempo un provecho para sí, o  incluso peor, provocándose daño a sí misma.

El Govern y el Parlament de Cataluña decidieron el 7 de septiembre forzar dos leyes que iban a causar un daño, hasta hoy incalculable, a toda la sociedad catalana, sin que hasta hoy pueda comprenderse muy bien qué ganancia pretendían obtener.

Es inútil intentar comprenderlo. Dice Cipolla que a las personas razonables les resulta difícil imaginar y entender un comportamiento estúpido. Es así, porque tal comportamiento escapa a la razón; porque responde al universo sin límites del absurdo. Las personas razonables se encuentran completamente desarmadas y a merced del estúpido, explica,  precisamente por la imposibilidad de comprender la estupidez. Es esta indefensión del razonable lo que hace que los estúpidos sean tan peligrosos y funestos.

Puigdemont y los suyos rompen con las leyes de España y proclaman, por ley, que en Cataluña rige, desde ese momento, una legalidad distinta. Amparándose en esa nueva legalidad, convocan un referéndum para legitimar con votos la separación de España y se comprometen a proclamar la independencia en cuanto se compruebe que la mayoría de los votos dicen que sí a la secesión.

Por el camino de la razón se llega sin ninguna dificultad a entender  que esas leyes catalanas no tienen otro fundamento que el voluntarismo de quienes las concibieron.  Por el camino de la razón se llega al muro infranqueable de la realidad contra la que, inexorablemente, acabarán estrellándose quienes las concibieron y pretenden imponerlas o sí o sí. Ese muro es la Constitución del estado español  en la que se proclama la unidad indivisible de España.

Una gran parte de los catalanes creen que la Constitución ya no rige en Cataluña, que los catalanes ya son independientes porque lo ha decretado su Parlament y ellos lo  han votado en referéndum. Esa parte de los catalanes que cree por fe cuanto dicen el govern y sus propagandistas, la ANC, Omnium Cultural, pertenece el grupo de individuos que Cipolla denomina los incautos o desgraciados, aquellos que benefician a los demás y se perjudican a sí mismos.

Debería bastar recordarles que el estado español tiene todos los recursos para evitar la secesión; entre ellos, el ejército, garante de la unidad de España por mandato constitucional. Pero es inútil. A cada argumento racional, el incauto responde con el argumentario que le dictan los líderes independentistas. Hace meses, un amigo me dijo que el gobierno de España no podría evitar el referéndum. Le respondí que sí podía y lo haría aunque tuviera que enviar a la Policía y a la Guardia Civil. Se rio a carcajadas.

Los líderes independentistas aseguraron a los catalanes que podrían votar sin ningún problema y que si votaban que sí, Cataluña sería independiente en 48 horas. Cuando el Tribunal Superior de Justicia ordena confiscar el material para la votación y cerrar cualquier local donde se pretendiera poner urnas, los líderes instigan a la gente a salir a la calle y a ponerse frente a las puertas de los locales donde se fuera a votar, para barrar el paso a las fuerzas del orden. Las fuerzas del orden sacan a la gente a porrazos. Los líderes siguen instigando a la gente a manifestarse contra las fuerzas del orden. Protestas multitudinarias. Huelga general. ¿Resultado? Cuantitativamente proporcional a la magnitud de la estupidez de los líderes: centenares de lesionados y millones en pérdidas para la economía del país.

Mientras tanto, Mariano Rajoy y su gobierno observan las protestas y las huelgas con parsimonia inalterable. ¿A quién perjudica esa exhibición de multitudes en las calles  y tiendas y negocios cerrados? A los catalanes, por supuesto, a nadie más que a los catalanes.

Porque Mariano Rajoy no es estúpido. Mariano Rajoy razona perfectamente. Pertenece al grupo que Cipolla llama los malvados, aquellos que perjudican a los demás para beneficiarse a sí mismos. Mientras los incautos catalanes corren de aquí para allá repitiendo los disparates que les dictan, Rajoy contempla cómo la cesta que ha puesto para pescar se va llenando de votos sin costarle más esfuerzo que aparecer de vez en cuando en los medios para recordar a todos  su firmeza en la defensa de la unidad de España. Pero, ¿no teme que, como dicen los líderes independentistas, la comunidad internacional le obligue a reconocer el derecho a la autodeterminación de los catalanes y la independencia que los catalanes pidieron en el referéndum?

Por supuesto que no. No hay líder europeo al que se le ocurra poner en peligro la unidad de su país y la solidez de la Unión Europea abriendo la puerta a todos los independentismos que puedan surgir dentro de sus fronteras. ¿Y los Estados Unidos? Menos. La caótica mente de Trump puede hacer que se pregunte qué pasaría si a los tejanos, que siempre han sido muy suyos,  se les va la pinza y deciden seguir el ejemplo catalán. No hay gobierno dispuesto a tomarse en serio un llamado referéndum que no pasó de sainete tragicómico; muy triste para quienes asistieron a la distancia analizándolo racionalmente.

Cuando Puigdemont anuncia el resultado de la votación rocambolesca llamándola referéndum con la misma cara pétrea con que ha anunciado tantas mentiras, sabe que estas mentiras llegarán a las glándulas de los incautos, y que los incautos saldrán a la calle arrebatados por la emoción dando la cara y el cuerpo por los líderes que les agitan. ¿Qué beneficio obtienen de todo el perjuicio que están causando a su país, siendo el peor la división de la sociedad catalana? Tal vez la satisfacción de sentirse mártires de la independencia, aunque esto es algo tan subjetivo que no se puede afirmar. Objetivamente, de toda esta locura ningún catalán puede esperar beneficio alguno.

¿Y la corrupción? ¿Y el desempleo y los salarios indignos y el trabajo precario y la pobreza? ¿Y la falta de personal y medios en los hospitales y en las residencias de ancianos? ¿Y las carencias en los colegios y universidades? En Cataluña, una palabra ha cubierto una gran parte de las conciencias como una estelada colosal: independencia. ¿Qué pasará cuando esa cubierta se retire y nos veamos todos a la intemperie? Lo peor que nos podría pasar es que Rajoy pusiera en práctica toda su maldad y dejara a los líderes independentistas seguir con su acción devastadora dejando a Cataluña sola, con una deuda descomunal y un bono basura, teniendo que volver a una economía primitiva para no morirnos de hambre. Pero esto, afortunadamente, no puede ocurrir porque Rajoy no es estúpido.

Algunos estúpidos, dice Cipolla, causan sólo perjuicios limitados, pero hay otros que llegan a ocasionar daños terribles, no ya a uno o a dos individuos, sino a comunidades o sociedades enteras.

Contaba Platón que en una nave, los marineros se volvieron locos, depusieron al capitán y los más locos se hicieron con el control del timón después de echar por la borda a quienes tenían idea de cómo navegar. Los locos que quedaron, tal vez simplemente estúpidos, llevaron a la nave al naufragio.

Tal vez los catalanes aún estemos a tiempo de que algo, alguien nos salve. Tal vez encontremos, como siempre, las fuerzas dentro de nosotros mismos para salvarnos. Pero costará muchos años reconstruir las ruinas en las que habrá quedado nuestra sociedad cuando termine esta travesía por la locura.

Las leyes fundamentales de la estupidez humana. Carlo M. Cipolla

 

 

 

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No hay derecho

No hay derecho a decidir, por intereses espurios, llevar a Cataluña al desastre y amenazar con el desastre a España entera.

No hay nadie medianamente informado y capaz de razonar que no sepa que las consecuencias, económicas y de otra índole, de una ruptura serían gravísimas para Cataluña y para España. ¿Por qué se empeñan, entonces, el gobierno de España y el govern de Cataluña en llevarnos al desastre? Error de perspectiva. En el desastre estamos hace años, sin gobierno al que recurrir para que declare esta miseria de país zona catastrófica y nos dé las ayudas que requiere volver a ponerlo en pie.

Ante la desastrosa realidad, ambos gobiernos reaccionaron con una brillante idea. Si este desastre no se puede arreglar -y no conviene que a alguno se le ocurra y se le permita arreglarlo-, lo que se puede hacer  para evitar el pago de responsabilidades es amenazar a la gente con un desastre mayor. Si alguien tiene que elegir entre que le corten las dos piernas o dejar que la gangrena le corte la vida, cualquiera en su sano juicio se conforma con el mal menor.

Éxito total. Pensando en el posible desastre por venir, la mayoría ha conseguido desviar la atención del presente, y una mayoría de la mayoría ha llegado a pensar que, al fin y al cabo, la realidad actual no es tan desastrosa.

No hay derecho  a que los políticos en el poder de España, Cataluña incluida, hayan pervertido el criterio moral de una sociedad que había descubierto los valores que permiten evolucionar al hombre, macho y hembra, hacia la plena condición humana.

Las medidas políticas aplicadas por la derecha triunfante en España, Cataluña incluida, consiguieron convertir a todo el territorio nacional en tierra del sálvese quien pueda. Quien tenía los medios para salvarse aceptó esas medidas sin objeción. Quien no los tenía aceptó todo lo que le cayera encima con tal de que le permitieran sobrevivir. Los que lo perdieron todo se quedaron sin voz para quejarse y engrosaron, y siguen engrosando, las filas de los que nunca han tenido nada y que, por lo tanto, para nada pueden contar. España, Cataluña incluida, logró ponerse a la altura de los Estados Unidos.

Una clase rica, cada vez más rica, contribuye al orgullo nacional con el glamour que distingue a los países desarrollados. Las clases inferiores trinan contra los dueños de lujos y privilegios, pero como siempre han trinado y de trinar no pasan, sus trinos no inquietan a nadie.  Las mujeres de las clases inferiores agradecen las fotos de mansiones, joyas, ropa de alta costura que les permiten pasar el tiempo en la peluquería mientras les coge el tinte. Los hombres agradecen las fotos de cochazos que pasan del millón, de los aviones privados de los futbolistas, de las hembras colosales que llevan a sus fiestas y con las que se casan.  A casi nadie se le ocurre reivindicar el valor del trabajo exigiendo salarios proporcionales al esfuerzo y a su contribución real a la economía del país. Cuando se convoca una huelga o una manifestación, sólo van los directamente implicados. Son manifestaciones sin banderas, sin himnos, sin gritos que emocionen. Aburren, ¿para qué se van a manifestar quienes ni ganan ni pierden con el asunto?

Una clase media, cada vez más baja, agradece poder ir a la peluquería, poder pagar a plazos un coche de gama media o baja, según, poder ir de vacaciones a donde va la gente de su clase. La mayoría no encuentra motivos para participar activamente en la exigencia de justicia social. El mundo siempre ha sido injusto. Lo que más injusto les parece es que les obliguen a contribuir para mejorar la vida de quienes no han tenido su suerte, y si se trata de refugiados o de extranjeros huyendo del hambre, para de contar.

De los de la clase más baja, de los que tienen que vivir de subvenciones, cada vez más escasas, o de la caridad, no hay nada que decir. Ni se ven ni se oyen.

Parece un dato curioso que la mayoría de los nacionalistas catalanes que apoyan la independencia son los de salarios más altos, entre 4.500€ y 5.000€ mensuales, mientras que la mayoría de los que quieren permanecer en España percibe salarios que rozan el umbral de la pobreza. Pero, bien mirado, el asunto se entiende. Cataluña ha sido gobernada durante tres décadas por una burguesía nacionalista que pudo mantener una tensión controlada con el gobierno de España para obtener beneficios, mientras  alimentaba la catalanidad con el nacionalismo cultural que alguien bautizó como catalanismo de “espardenya” (alpargata). La siembra dio el fruto de Omnium Cultural y Asamblea Nacional Catalana, y ambas instituciones, con la ayuda generosa del gobierno, se dedicaron a predicar el ansia y el derecho a la independencia por todos los confines de la nación. A quien la prédica no le ha arrebatado el entendimiento, le cuesta muy poco descubrir los sofismas, medias verdades y mentiras completas que conforman el argumentario de los predicadores. Es un conjunto de enunciados muy simples, al alcance de los entendimientos con menos luces, en todo observante de las reglas del que fuera ministro de propaganda  del Tercer Reich.

No hay derecho a haber intoxicado la mente de una gran cantidad de catalanes con discursos y arengas dirigidas a estimular las glándulas para que la adrenalina les obnubile la razón. Viendo a los padres llevar a sus hijos pequeños a los colegios para evitar los desalojos de la policía, uno se pregunta si la sugestión colectiva puede trastornar a medio país hasta ese punto. Otra vez responde el genio de la propaganda nazi que logró enloquecer a la mayoría de los alemanes; la propaganda, cuidadosamente diseñada para apelar a lo más primitivo del ser humano, sí puede; puede siempre que encuentre mentes desprotegidas por carecer de criterio propio. Esa falta generalizada de un criterio alimentado con valores humanos, falta causada por una educación deficiente, ha permitido a los gobernantes de Cataluña, como a los de España, romper la integridad moral del ciudadano y, por ende, de la sociedad. En Cataluña, específicamente, los gobernantes independentistas han podido hacer barbaridades en el Parlament y tomar decisiones que rozan la demencia, poniendo en ridículo a toda la nación, sin que una gran parte de los ciudadanos pudiera detectar sus desafueros.

No hay derecho a destruir el prestigio nacional e internacional de la nación catalana. Orgullosos desde siempre, por motivos indiscutibles, de nuestra sensatez, de nuestra capacidad de trabajo, de nuestra disposición al esfuerzo constante por mejorar, por avanzar, los catalanes aparecemos hoy como fanáticos irresponsables que se niegan a acatar la Constitución española y hasta el Estatut de Cataluña; como enajenados que aceptan la decisión de su propio Parlament de acabar con la democracia; como ignorantes que claman por salir de España y, por ende, de Europa, para quedarnos solos, aislados, sin los recursos de que ahora disponemos para seguir luchando por la recuperación económica.

No habrá referéndum mañana. El referéndum fue anulado y cualquier cosa que se haga para votar, será cualquier cosa menos un referéndum. No habrá independencia. No la habría aunque votara la mayoría del censo y votara sí el cien por cien.  Eso lo saben perfectamente los gobernantes que han sacado a la gente a la calle a realizar un simulacro patético ofreciendo a Cataluña al escarnio público. Hoy nadie sabe cómo acabará el sainete, pero Mariano Rajoy en España y Carles Puigdemont en Cataluña descansan seguros de que los medios seguirán discutiendo el asunto y de que el larguísimo balablablá seguirá distrayendo al personal para que nadie recuerde la corrupción y el mal gobierno.

No hay derecho.

El timo de los tres siglos

(Este artículo lo escribí y se publicó en Publicoscopia el 2 de agosto de 2014. Podía haberlo escrito ayer. Lo dediqué a una de las víctimas mortales de la crisis como representante de los miles de compatriotas empobrecidos por la inmoralidad infrahumana de los políticos en el poder y de sus beneficiados).

 

In memoriam Don Gustavo Arguellas, activista de STOP DESAHUCIOS de Granada, padre de dos hijos, que se quitó la vida a los 37 años al habérsele notificado el proceso de desahucio de su casa por el Banco Mare Nostrum.

Sin preámbulos: el gobierno de Cataluña y el partido del gobierno, con la complicidad de todos los otros partidos que exigen la celebración de una consulta para que los catalanes decidan si quieren la independencia o no,  y  con la aquiescencia del gobierno de España y del partido que le sostiene, han engañado a la mayoría de España y de Cataluña con lo que ha sido un timo de tal enormidad que no existe comparación posible con caso alguno en toda la historia de Cataluña y España.

Sin rodeos: para disminuir el déficit, el gobierno de Convergència i Unió, fiel a su ideología de derechas, empezó a recortar  el presupuesto para política social antes de que la derecha española empezara a hacer lo mismo en el estado español. Como de costumbre, se vendió a la ciudadanía que la causa de las terribles consecuencias de la crisis era el expolio al que España sometía a Cataluña desde siempre. Como de costumbre, la mayoría aceptó esa transferencia de la culpa que los políticos catalanes han utilizado desde siempre para eludir su responsabilidad.  Sólo que esta vez, con más del 20% de desempleados y el 29% de pobres, por empezar la larga lista de horrores que sufre Cataluña y que todos conocemos,   a los catalanes no les basta con culpar  a España; exigen la separación.

El 11 de septiembre de 2012 casi dos millones de personas pidieron la independencia en las calles de Barcelona. Durante más de dos décadas, Jordi Pujol Soley, desde el trono de CiU,  se había investido con la dignidad de defensor de Cataluña, pero sin exigir el derecho a la autodeterminación. La tarde de aquella Diada fue el pueblo el que salió a la calle a defender a Cataluña sin intermediarios. A Artur Mas, el nuevo rey, empujado por la marea humana hasta las orillas del Mar Rojo, se le subió el Moisés a la cabeza y se proclamó líder del camino hacia la independencia con un discurso grandilocuente que emocionaba a propios y a extraños.  Faltaban dos meses para las elecciones al Parlament.  Aquella reacción del pueblo indignado era como un regalo del cielo. Mas se veía en la cumbre del Sinaí, tan alto e inaccesible como Pujol, su padre político; demasiado alto  como para que nadie se atreviera a culparle de los desastres causados por su gobierno. El malo culpable era otro y estaba en Madrid. Pero pasó que el pueblo de Cataluña resultó ser tan desagradecido como el pueblo judío que tuvo que sufrir Moisés, y en vez de adorarle como había adorado a su padre, le dio un repaso en las elecciones que le dejó turulato. Mientras, agazapado entre los juncos, un nuevo líder esperaba, aún espera, que Moisés baje del monte para subir él. Artur Mas reaccionó, eso sí, como un catalán de pura cepa: se puso a trabajar, pero no en la reconstrucción del país devastado por su salvaje política de austeridad. Como si Dios mismo desde la zarza ardiente le hubiese dado el báculo de libertador de Cataluña, Mas se ha dedicado a incordiar una y otra vez al Faraón y a quien quiera escucharle con la cantinela: se va a celebrar una consulta legal para que el pueblo decida si quiere la independencia o no.

Hasta aquí, la historia; ahora, sin preámbulos ni rodeos, la realidad de este momento. España es un país empobrecido, corrupto, cutre. Cataluña quiere independizarse de España para convertirse en un país empobrecido, corrupto, cutre, pero miles de veces más pequeño que España. ¿Qué posibilidades tiene Cataluña de lograr la independencia? Ninguna.  La Constitución otorga al gobierno del estado todas las prerrogativas y establece todas las medidas que han de tomarse  para garantizar la unidad de España, desde la suspensión de una Autonomía, hasta la intervención del Ejército in extremis. El gobierno de Cataluña le ha hecho creer a los catalanes que el gobierno del estado no podrá ignorar un voto masivo de los catalanes a favor de la independencia. Es falso; puede ignorarlo y lo haría en caso de que tal voto se produjera. El gobierno de Cataluña le ha hecho creer a los catalanes que se hará una consulta legal sí o sí. Media verdad. Si se llega a hacer una consulta, se hará cubierta por unas elecciones o se hará a pie de calle o en locales cedidos por ayuntamientos o por asociaciones, es decir, una consulta casera sin más trascendencia que la que quieran darle los medios de comunicación durante los días en que el asunto se considere noticiable. ¿Qué pasará después? Artur Mas, su gobierno y su partido seguirán repitiendo su lista de agravios y reivindicaciones, como los discos rallados de otra época, hasta que los ciudadanos les quiten los micrófonos.  Mariano Rajoy seguirá presentándose ante los españoles como garante de la constitución y de la unidad de la patria con la esperanza de que los ciudadanos admiren su firmeza y le perdonen todo lo demás.

El anunciadísimo  choque de trenes entre Cataluña y España, feliz metáfora más sobada que un abrigo de diez inviernos, no es otra cosa que los  amagos de Artur Mas contra la resistencia roqueña  de Mariano Rajoy. Puestos a soltar metáforas trilladas podemos decir que la sangre no llegará al río. Los españoles de todas las naciones de España  ya tragaron, durante la guerra y la posguerra, toda la sangre que podían tragar. La tierra de España con todas sus naciones está sembrada de fosas comunes donde yacen los huesos de los asesinados por un régimen que instauró el terror para defender los privilegios de unos cuantos. El superviviente más saludable y longevo de aquella salvajada fue el miedo. Es el miedo lo que aún impide que esas fosas se abran y se exhumen los restos de lo que fueron personas, ciudadanos españoles cuyas vidas importaron un bledo a los compatriotas que los asesinaron. Nadie quiere más sangre, más terror, más salvajismo. Ni los españoles han caído, a pesar de todo, en tal grado de imbecilidad como para recurrir a la violencia ni los catalanes s’han begut l’enteniment,  se han bebido el entendimiento, como reza la frase de la gente de seny.

Mariano Rajoy, Artur Mas y viceversa no han tenido reparo alguno en utilizar un sentimiento tan intenso y profundo como el nacionalismo de sus respectivos pueblos para tapar sus vergüenzas y las de los  partidos que les llevaron al poder. ¿Nacionalistas? ¿Nacionalistas de qué? De dos naciones empobrecidas, no por la irresponsabilidad de los ciudadanos ni por expolios mutuos; empobrecidas por los bancos que se dedicaron a robar a sus clientes y por los políticos que endeudaron a todos los ciudadanos para rescatar a los bancos; empobrecidas por leyes laborales que han dado a los empresarios todo tipo de facilidades para jugar a su favor con el temor al desempleo y esclavizar a sus empleados cuando deciden dar trabajo; empobrecidas porque sus ciudadanos se han visto privados de servicios fundamentales y asistencia social por los empresarios y políticos que han sacado su dinero del país para no contribuir con sus impuestos al bienestar de todos. ¿Nacionalistas de qué? ¿De entelequias de naciones deshabitadas?

En su conferencia de prensa del 1 de agosto, Mariano Rajoy anunciaba que España ha salido de la crisis y ya ha entrado en el feliz terreno de las cifras macroeconómicas positivas. Y decía que ese triunfo se había logrado gracias al esfuerzo de todos los españoles. ¿Esfuerzo de qué? Si unos ladrones asaltan a un infeliz en la calle, ¿vamos a decir que gracias al esfuerzo del infeliz por llevar dinero en los bolsillos, los ladrones lograron huir con su botín? ¿En qué mundo vivimos y en qué lenguas estamos hablando? Las cifras mejoran porque políticos, empresarios y banqueros nos han robado; porque han hecho correr  dinero negro bajo las mesas de notarios, registradores, alcaldes, regidores, diputados provinciales, autonómicos, estatales, directores y secretarios generales  y todo bicho viviente con acceso al poder, mientras que el dinero que arrancan a las nóminas de los asalariados se utiliza para tapar los agujeros que han causado la ambición desmedida y la ineptitud de un ejército de desaprensivos sin patriotismo, sin compasión, con las emociones blindadas bajo sus chaquetas y sus corbatas.

Saldremos adelante. Los ciudadanos de todas las naciones de España saldremos como salimos de una guerra y de cuarenta años de oscuridad. Saldremos adelante con nuestro esfuerzo, pero no gracias a la reestructuración que nos han impuesto a lo bestia; si no a pesar de ella. Saldremos adelante y sacaremos adelante a nuestras naciones y con ellas a España, sin manifestaciones, sin discursos,  sin alharacas  nacionalistas, porque el nacionalismo no se vocea; se siente y se trabaja.

Habrá quien ingenua o interesadamente nos diga que a pesar de todas las evidencias no se puede dudar del patriotismo español de Mariano Rajoy ni del patriotismo catalán de Artur Mas. A ellos,  a sus partidos y a todo lo que representan cabe decirles las palabras inmortales de Clark Gable a Vivian Leigh en Lo que el viento se llevó: Lo que ustedes sientan o dejen de sentir ya “no podría importarnos menos”.

 

 

El PSOE aparatosamente aparatoso

Susana Díaz es candidata a Secretaria General del PSOE. La sopa de ajo lleva ajo. Y es la candidata oficial de los medios. Quien detesta el ajo no come sopa de ajo. Hoy, Pepa Bueno, en su programa de La SER, predecía a la candidata un triunfo arrollador por contar con el apoyo de casi todo el aparato del PSOE.  Y diríase que la predicción no es arriesgada porque el aparato pesa, deslumbra, arrastra a los militantes a los que verse en foto con famoso ilusiona mucho más que una ideología política y su aplicación. No es lo mismo ver en carne y hueso o en pantalla del televisor a los dioses del panteón socialista puestos en primera fila para aplaudir a su predilecta, que ver en la foto de un periódico a una multitud de desconocidos arropando a un candidato denostado, aislado, defenestrado y repudiado por todos los famosos del partido.

Por poco que sepa, todo el que algo sabe, sabe que las emociones arrastran más que todas las carretas cargadas de contenido intelectual. Y como lo sabe, Susana Díaz se ha construido un discurso cargado de frases concebidas para estimular las glándulas. Con ese discurso empezó a responder a la entrevista, y con ese discurso siguió respondiendo, le preguntara Pepa lo que le preguntara.

Así, el escándalo del 1 de octubre que dividió al PSOE y lo relegó, según todas las encuestas, a la cola de casi todos los partidos fue, para Susana, un dolor, mucho dolor, un dolor muy grande para todos los asistentes a ese aciago Comité Federal. Buena respuesta. Cuando uno se encuentra con una vecina del barrio o del pueblo que acaba de salir del hospital y le pregunta qué le pasó, no espera que le responda detallando el historial médico y el tratamiento aplicado. Si la vecina es consciente de las exigencias del trato social, se limitará a decir cómo se sintió y cómo se siente. Susana Díaz parece conocer muy bien a sus vecindarios.

Insistió Pepa Bueno en el asunto, intentado extraer de la entrevistada un análisis, una opinión, un producto de su intelecto que explicara qué fue aquello, por qué pasó.  Susana Díaz recurrió entonces a lo que recurren casi todos los políticos en caso de aprieto; al argumentario.

Montarse una justificación para un asunto que huele que apesta a manejo inconfesable, no es cosa que se pueda improvisar durante una entrevista. Los cerebros de un partido encargados de articular los argumentos que el político ha de ofrecer a la plebe, medios mediante o directamente en mítines, dedican largas horas a preparar lo que podría entenderse como la papilla con que se alimenta a la opinión pública. Los del PSOE oficial tienen que haberse exprimido el cerebro hasta la extenuación dedicando horas y días a elaborar justificaciones con visos de racionalidad que actuasen como preparados para mitigar tanto dolor.

El problema del argumentario del PSOE oficial sobre el cataclismo del 1 de octubre es que esos cerebros no han conseguido producir argumento alguno que la realidad no refute.

El argumento de que Pedro Sánchez hacía perder elecciones evoca rápidamente las críticas, las chulerías, los manifiestos, los consejos venenosos que las personalidades de su partido vertieron en todos los medios para evitar que Pedro Sánchez ganara las elecciones. Y, evidentemente, no conviene que los militantes recuerden esa contracampaña porque obligaría a los cerebros a exprimirse otra vez para explicar por qué las personalidades del partido querían que el PSOE perdiera las elecciones; las dos generales y las de Galicia y el País Vasco. Es por eso que los políticos oficiales del PSOE de la Gestora cada vez repiten menos lo de que Pedro Sánchez es un perdedor.

Susana Díaz recurrió en la entrevista a otro argumento menos comprometido. El PSOE es demócrata, ella es demócrata, todos los socialistas son demócratas. Los demócratas no pueden permitir que se bloquee el gobierno de un país por no querer votar a la lista más votada. Entiéndase, por lo tanto, que había que deshacerse de Pedro Sánchez porque Pedro Sánchez tenía bloqueado el gobierno del país por negarse rotundamente a permitir el gobierno del Partido Popular. Pero mentar al PP evoca algo todavía peor. ¿Ser demócrata exige entregar el gobierno del país a un partido imputado por corrupción; algo nunca antes visto? ¿Ser demócrata exige entregar el gobierno de un país al partido responsable de la pérdida de derechos de los trabajadores; de la precariedad laboral; de hacer de España otra vez un país de inmigrantes por volver a hacer de España un país con millones de pobres? ¿Ser demócrata exige entregar el gobierno de un país a un partido que en la legislatura anterior eliminó libertades fundamentales con la ley que hasta los del mismo partido llaman Ley Mordaza?  La evocación, para quienes tienen cierta cultura o la edad suficiente para evocar ciertas cosas, conduce a los tenebrosos días en que un anciano Paul Von Hindenburg entregó la cancillería de Alemania a Adolf Hitler porque el partido nacionalsocialista había sido el más votado en las elecciones al Reichstag. Se ve que los cerebros del PSOE oficial todavía no se han dado cuenta de que ese argumento también puede resultar contraproducente.

O ya se lo están pensando porque, a las últimas, Susana Díaz soltó otro que últimamente se está imponiendo en el argumentario. Vamos a ver, si se dice que fue necesario defenestrar a Pedro Sánchez porque quería convocar un Congreso en veinte días, puede que el personal se quede a cuadros y deje de rumiar. Debe ser muy malo eso de convocar un Congreso con urgencia. Aunque la mayoría no sepa por qué, puede que trague, como aceptaría la gravedad de su estado un paciente al que su médico le dijera que tiene una contracción del esternocleidomastoideo. ¿Y si a alguien se le ocurre preguntar para qué quería Pedro Sánchez convocar un Congreso a toda prisa? A esa pregunta se puede contestar: que la conteste Pedro Sánchez, introduciendo la sospecha de que Pedro Sánchez podía tener algún motivo oculto inconfesable. ¿Pero qué pasa si el entrevistador resulta más incisivo e insiste en que se explique el para qué? Él político entrevistado debe tener siempre en cuenta lo que, parafraseando un dicho de los tiempos de mi madre, dice: “contra el vicio de preguntar, está la virtud de contestar lo que te dé la gana”.

Susana Díaz tuvo el dicho como máxima durante toda la entrevista de Pepa Bueno, igual que ha demostrado tenerlo en todas las entrevistas que le han hecho. Ella lleva su guion memorizado, y si algún aguerrido periodista sale con una pregunta que en el guion no consta, Susana Díaz responde sin empacho como si le hubieran preguntado otra cosa. Pero Pepa Bueno no le preguntó el para qué y Susana Díaz y los redactores de su argumentario están convencidos de que muy pocos, poquísimos se lo preguntarán. Y lo que cuenta para ganar elecciones no es el grupo de los que se preguntan cosas; es la mayoría que se emociona con palabras y argumentos emocionantes. No hay más que escuchar las razones que los seguidores de Susana Díaz esgrimen para seguirla: es mujer, es buena gente, tiene la mirada limpia, quiere un partido unido lleno de esperanza y de ilusión, quiere ganar elecciones. Pero, se pregunta uno, ¿no habrá quién se plantee por qué quería Sánchez un Congreso exprés? ¿Había alguna urgencia? Hombre, según cómo se mire. Con el gobierno bloqueado porque Sánchez había prometido que al gobierno del PP no se le podía dar otra cosa que un no y porque Sánchez se empeñaba en cumplir su promesa contra viento y marea y terremotos y ataques de histeria, hacía falta un Congreso para que los militantes dijeran si querían permitir el gobierno del PP o arriesgarse a terceras elecciones o a las que hicieran falta con tal de que su PSOE, su partido socialista de toda la vida no cargara con la ignominia de haber permitido el gobierno de una derecha corrupta e inhumana.

Otra vez la abstención, se pongan como se pongan. No hay manera de evitar que, hagan lo que hagan y digan lo que digan, a los políticos del PSOE oficial les saquen el cadáver del armario. A alguno se le ocurrió el otro día culpar a Pedro Sánchez de no haber consultado a los militantes si querían la abstención. Pero no cuela. El fantasma del cadáver les sigue acusando sin compasión. Desesperando ya de justificar lo injustificable, a otro se le ocurrió amenazar con que, si gana el villano de Sánchez, él se va. Tampoco funcionó. En las redes sociales le montaron una despedida con agradecimiento.

En fin, que, volviendo al principio, a Susana Díaz solo se le puede predecir la victoria si triunfa el aparato, y el aparato solo puede triunfar, si la mayoría sigue hipnotizada por la impresión de ver junto a ella a los personajes más famosos del país.  Y es que, como diría nuestro sabio Rajoy, el aparato es mucho aparato y muy aparatoso,.

 

 

Calma chicha

Esta mañana, he tenido la tentación de buscar en mis archivos artículos publicados durante los últimos tres años y sacar frases de aquí y de allá para componer uno nuevo comentando los acontecimientos políticos de ayer. Me resultaría muy fácil vestir el nuevo de rabiosa actualidad. Bastaría cambiar la fecha y las referencias temporales, o sea, corregir un poco el maquillaje para que pareciera recién puesto. Porque lo cierto es que tras el espectáculo montado por los medios con un libreto cargado de lo que excita el morbo: animadversiones, desencuentros, amenazas, zancadillas, caídas, rupturas y  agüeros de lo peor; entre bambalinas no ha cambiado nada.

Hace tres años, Mariano Rajoy sesteaba en su palacio sin que llegara hasta él la bulla de la plebe; sin que turbara su descanso el moscardón de la incertidumbre ante su futuro. La Fortuna le había regalado dos talismanes todopoderosos. Uno, la Crisis, que le proporcionaba una excusa universal para hacer lo que le diera la gana, además del pánico que se iba apoderando de la plebe. El otro talismán;  Pablo Iglesias con su Podemos.  Ni el optimismo más delirante  hubiera podido imaginar el surgimiento de un partido, en principio de izquierdas, dispuesto a disputar votantes al PSOE; un partido liderado por un narcisista que, en su afán desenfrenado por convertirse en famoso mediático, soltaba disparates incendiarios que permitían situarle en el extremo de la radicalidad. Era tal el tirón del personaje que la pesca de votos podía ser impresionante, pero no había peligro alguno de que pudieran llegar a mayoría. De evitarlo, ya se encargaría el pánico.

Hubo un momento, a mediados de 2014, en que Mariano Rajoy vio amenazado su feliz descanso por una molesta inquietud. El PSOE, único rival a tener en cuenta por sus posibilidades de disputarle con éxito el poder, eligió a un nuevo Secretario General y al mismo como candidato a la presidencia del gobierno. Rajoy tuvo que interrumpir su reposo perenne para enterarse de quién era el tal Pedro Sánchez y con qué posibilidades contaba para poner en peligro la hegemonía neoliberal que tan contentos y tranquilos tenía a sus amigos de las finanzas.  Pero no por mucho tiempo ni con gran esfuerzo. Otra vez la Fortuna  le asistió. Cerca de las elecciones y en plena campaña electoral, sonoros compañeros de Sánchez empezaron a ponerlo en solfa ante cámaras y alcachofas. Los medios cantaron aleluya. Tan inaudito espectáculo, bien adobado, podía volver a conseguir que la política compitiera por la audiencia de los programas del corazón. Susana no quería a Pedro, pero los dos estaban condenados a fingirse amor si no querían demoler del todo la casa común.

A Rajoy no le sobresaltó demasiado el resultado de las elecciones. Cómo había predicho por su profundo conocimiento del hombre medio español, grupo genérico en el que se encuentra, la mayoría se decantó por lo malo conocido sin arriesgarse a lo extravagante por conocer.  Iglesias obtuvo un considerable número de votos, pero no los suficientes como para permitirle cortar y pinchar. En cuanto a Sánchez, gracias a los suyos se había quedado por debajo del mayor perdedor del PSOE. Pero había ocurrido algo que, hasta cierto punto preocupaba a Rajoy. El PP, sin mayoría absoluta, tendría que negociar con Ciudadanos y PSOE para que él pudiera conservar la presidencia. Pero he aquí que el tal Sánchez, que se había atrevido a llamarle indecente ante millones de espectadores, decía que no, que no a Rajoy, que no al PP, que no es no y que ahora y siempre seguiría siendo que no. Rajoy le dijo al rey que él no se subía a la tribuna del Congreso para que le dijeran que no y hete aquí que el tal Sánchez se atreve a decirle al rey que él sí está dispuesto a subirse le digan lo que le digan. De pronto, la indolencia innata de Mariano Rajoy le abandonó y una corriente de inquietud electrizó sus nervios. ¿Sería posible que Sánchez y el loco de la coleta le arrebataran el puesto? Pero otra vez, la inquietud le duró lo que las chispas de una bengala. Antes de que Sánchez terminara de hablar con el rey, el de la coleta se puso ante las cámaras y, con pose de winner con Oscar en la mano, le dijo a Sánchez que estaba dispuesto a a dejarle gobernar si le nombraba vicepresidente  y le daba ministerios y secretarías que pusieran bajo el control de su partido los centros más sensibles del gobierno, incluyendo la radio y la televisión, como no. Esa noche, Mariano Rajoy tiene que haberle prendido cuatro velas a la diosa Fortuna en señal de agradecimiento, y seguramente lo hizo, porque la diosa no le ha abandonado hasta hoy.

Nuevas elecciones en el verano de 2016. Otra vez los compañeros más sonoros de Pedro Sánchez se lanzan a las alcachofas para leerle  la cartilla en público. Otra vez Rajoy les deja hacerle la campaña con profundo agradecimiento por quitarle trabajo. Algo se mueve el hombre, pero no mucho, y algo se mira los discursos antes de soltarlos, pero no tanto. ¿Para qué? Le dices a la gente que un plato es un plato, se parten de risa y encima te agradecen que les hayas hecho reír. Los resultados vuelven a incomodarle, pero ligeramente. Sánchez saca menos diputados que la primera vez y sus compañeros y amigos empiezan a pedirle que dimita. Pero el tozudo dice que no y sigue diciendo que no a su investidura. Otra vez, la solución depende de la Fortuna y en ella confía Rajoy más que en la Virgen santísima. La Fortuna decide premiar a su devoto con un prodigio que sorprenderá al mundo y hará historia en los siglos por venir. En un domingo glorioso para Mariano Rajoy y su partido, los amigos y compañeros de Pedro Sánchez le defenestran y nombran en su lugar a una Gestora dispuesta a abstenerse para que Rajoy no se tenga que mudar de la Moncloa.  Mayor fortuna no se había visto nunca ni se verá. O ha tenido Mariano Rajoy la suerte de que, en su tiempo y espacio, le haya tocado lidiar con un PSOE  liderado por tontos de remate o ha tenido la suerte de encontrar en el PSOE políticos que comprenden que en este mundo de ahora y aquí, no hay guapo que quiera enemistarse con los dueños del dinero enrocándose en un socialismo rancio.

Ayer fue un día muy duro para la prensa.  En el congreso del PP no había ni rastro de sal y pimienta que permitiera aliñar el asunto para hacerlo del gusto del personal. Se intentó dar un toque dramático creando un conflicto entre la secretaria general y el nuevo coordinador del partido,  pero ninguno de los dos se prestó a representar la escena. A la desesperada, periodistas y comentaristas se centraron en la parte del discurso de Rajoy dedicada a la independencia de Cataluña, volviendo a echar carbón a la caldera de los trenes destinados a chocar. Pero el tren de los independentistas catalanes va por una vía y el de los salvadores de la unidad de España va por otra. Como ambos corren en círculo, de vez en cuando uno le pasa al otro por el lado, los ocupantes se gritan cosas y siguen su camino repitiendo cada cual su letanía. Eso lo sabe Rajoy, pero con algo tenía que llenar el discurso de aceptación del poder absoluto que el partido le acababa de renovar.

El Congreso de Unidos Podemos que tanto prometía, resultó un fiasco. Otro paseo triunfal y monólogo de Pablo Iglesias, más vistos que el Tenorio. Ni todos  los esfuerzos de la prensa por anunciar el evento como un encuentro a los puños entre Iglesias y Errejón consiguió estimular el entusiasmo del respetable. El resultado de la votación prometió una legislatura de protestas y mítines multitudinarios que mantendrán las calles animadas. Nada, en fin, que pueda inquietar a Rajoy o a sus socios de gobierno. Un partido radical puede llenar, en España, plazas y explanadas, pero no puede conseguir que le voten todos los que le aplauden. La mayoría es tan conservadora como el PP y el nuevo PSOE descafeinado de la Gestora.

¿Y no preocupa a Rajoy  lo que pueda ocurrir en el congreso y en las primarias del PSOE? Miles de militantes, simpatizantes y votantes del partido socialista luchan en las redes sociales y en las agrupaciones para que Pedro Sánchez recupere la secretaría general del partido y vuelva a girar el timón a la izquierda. Si Pedro Sánchez consigue resucitar a la socialdemocracia en España, ¿qué explicación va a dar Rajoy a los amigos neoliberales que le consideran adalid de la doctrina económica del sálvese quien pueda? Rajoy ni siquiera se molesta en montarse una explicación porque está convencido de que su poder absoluto no corre peligro. Unos cuantos miles de inconformistas no bastan para inquietarle. ¿Quién sabe de su existencia? Como si todos los medios de comunicación leyeran el pensamiento al presidente todopoderoso –los periodistas son muy telepáticos- no hay ninguno que mencione a los rebeldes que se oponen a Susana Díaz y a la Gestora. Pedro Sánchez dejó de existir para la mayoría de la prensa el día que le borraron del mapa político para eliminar a la socialdemocracia del panorama español.

 

El voto que nos oprime

Son muchos en el mundo los que creen que el viernes 20 de enero se escenificó, ante el Capitolio de los Estados Unidos de América, el triunfo global del poder del Dinero. Mientras la socialdemocracia va en retirada en todas partes y la tropa derrotada se retira atacándose entre sí, como si quisieran  facilitar al vencedor su aniquilación total, el súbdito, indefenso, se encierra en su casa esperando lo peor; resignado a lo peor. Parece que se tratara del panorama de una batalla decimonónica de cualquiera de esas guerras que sacudían a determinadas poblaciones, hasta que la tecnología permitió los bombardeos masivos que no dejan casa donde guarecerse. Pero la similitud engaña. Hoy son los súbditos los que, afectados por un frenesí autodestructivo, ponen las armas en manos de quienes les atacan.  Hoy es la mayoría la que entrega el garrote a los esbirros para que a todos nos muelan a palos sin compasión.

Colocados en el poder por los votos de los infelices, lo primero que hacen los servidores del Dinero es cortar el flujo de dinero hacia todo lo que sea bienestar social. El bienestar de las personas no les reporta beneficios. Lo sabemos todos. Como sabemos todos que no hay nadie que, teniendo sano el entendimiento, no pueda entender las cifras que dibujan el panorama de pobreza y desigualdad en el que todos malvivimos desde que los servidores del Dinero nos gobiernan.  Entonces, ¿por qué siguen los votantes entregando el poder a  quienes instauran la miseria moral y económica como el ambiente adecuado para las masas?

Ayer se convirtió en viral, con más de un millón de visitas, un vídeo en el que un descerebrado regala a un mendigo unas galletas rellenas con pasta de dientes. Justificó la ocurrencia diciendo que con la pasta, el pobre se podría lavar los dientes, porque los pobres, supone, solo se los lavan cada dos días. Esto significa que convive con nosotros en esta sociedad un individuo que a los diecinueve años no ha logrado comprender el valor de un ser humano. Ha habido una oleada de condenas  a ese acto brutal, pero con toda la publicidad que ha recibido el asunto en todos los medios, es muy posible que el vídeo siga recibiendo visitas a millones. El individuo cobra según las visitas que reciba y de eso vive. Los beneficios que le reportará su última hazaña cinematográfica seguramente le harán olvidar las críticas. El dinero lo justifica todo. Pues bien, este individuo y los millones de personas que disfrutan viendo su vídeo y otros vídeos igualmente bestias, tienen derecho al voto; es decir, tienen derecho a imponer a la sociedad su visión del ser humano y del mundo.

Dicen las estadísticas que el Partido Popular obtiene el grueso de sus votos entre los mayores de sesenta años. Los comentaristas lo explican diciendo que los ancianos tienen como primera prioridad conservar sus pensiones. El PP les dice que conservar sus pensiones es la primera prioridad del gobierno, y los ancianos se lo creen porque saben que el PP no va a renunciar a la captura que obtiene en su mayor caladero. Hasta aquí, se comprende. La perplejidad surge cuando uno empieza a  preguntarse. ¿Es que esos ancianos no tienen hijos y nietos en paro? Si tienen hijos o nietos trabajando, ¿es que no ven la angustia diaria con la que sus hijos y sus nietos van a trabajar contando los días que faltan para que se les venza el contrato; anticipando el horror de volver a  enviar currículos y patear calles buscando otro trabajo que necesariamente será temporal porque no hay otra? ¿Es que no ven cómo la lucha por la supervivencia devora el tiempo de sus hijos y sus nietos negándoles el derecho a planear su futuro; el derecho a esperar que un día, en vez de centrar todos sus esfuerzos en sobrevivir, como los animales, puedan disfrutar de las facultades que Dios o la naturaleza otorgaron al ser humano para vivir como personas; el derecho a soñar en el momento en que el tiempo sea suyo para llenarlo como quieran cuando la pensión les garantice el derecho a vivir plenamente hasta el final? ¿Es posible que tantos ancianos vivan como tortugas, metidos en sus caparazones sin que les importe otra cosa que defender el caparazón que les protege? Por lo visto, sí, porque siguen votando por quienes les garantizan el caparazón aunque los mismos impidan el derecho a vivir como personas al resto del mundo, incluyendo a su familia. Porque esos ancianos con mentalidad de  quelonios tienen derecho al voto; tienen derecho a imponer a la sociedad su visión del ser humano y del mundo.

Resulta que la extrema derecha, en Estados Unidos y en Europa, está arrasando entre los obreros blancos pobres. Esos infelices, a los que hay que suponerles la madurez suficiente para darse cuenta de su fracaso, caen presa del resentimiento contra cualquier circunstancia o persona sobre la que puedan descargar la culpa por haber fracasado. La extrema derecha les ofrece a los culpables. El culpable es el emigrante, el refugiado, esos entes marrones y negros que se meten en sus casas a robarles lo poco que tienen.  El obrero blanco pobre se empina por encima de su fracaso y de su miseria cuando los populistas le arañan las glándulas hasta hacerlas sangrar y desvían su furia hacia otros que aún tienen menos porque no tienen nada, y la comparación les permite sentirse superiores. La culpa de su fracaso no es suya, es de los gobiernos de izquierdas que ayudan a quienes no tendrían que ayudar. Pues bien, estos pobres miserables que niegan el derecho a la vida a otros por ser más pobres que ellos, tienen derecho al voto; es decir, tienen derecho a imponer a la sociedad su visión del ser humano y del mundo.

La crisis ha hecho mucho daño a la clase media, pero no ha conseguido hacerla desaparecer del todo. La mayoría tiene aún trabajo con nómina y un sueldo que le permite cubrir las necesidades y, gracias a las tarjetas de crédito,  concederse algún lujo. Es a ellos a quienes van dedicados los anuncios y es a ellos a los que toman en cuenta los directores de programación de los medios para asegurarse la audiencia. El hombre, macho y hembra, de clase media, alta o baja, no suele interesarse por la política y sí suele manifestar, con cierto aire de superioridad, que la política no le interesa. El empleado y el empresario de clase media suele llegar a casa cansado sin ganas de hacer otra cosa que mirar la televisión. Cuando sale con sus amigos, habla de ropa, de deportes, de viajes, de series de moda. La política y la religión son temas tabú que nunca saca en las conversaciones quien aprecia su vida social. ¿Qué criterio determina el voto de esta clase de personas? Cabe deducir que les mueve cualquier cosa menos la ponderación sobre la figura del candidato que encabeza una lista y, menos aún, la reflexión profunda sobre el programa electoral de los partidos.   Eso sí, aunque por algún motivo caracterológico o familiar  se consideren de derechas o progresistas, suelen ser conservadores por la cuenta que les tiene. Conservar su nómina y su estilo de vida es su máxima prioridad, lo que les hace huir de los extremos. Razón por la cual todos los políticos que aspiran a conseguir mayoría de votos se proclaman de centro, de centro derecha o de centro izquierda, pero de centro. Pues bien, estas personas, con un negocito o un trabajo fijo bien o medianamente bien remunerado que les permite habitar en el dorado territorio medio de la sociedad, aislados de otros segmentos de menor fortuna, tienen derecho al voto; es decir, tienen derecho a imponer a toda la sociedad su visión del ser humano y del mundo.

Esto es lo que explica que en España se haya vuelto a elegir a Rajoy y que se haya elegido en los Estados Unidos a un bufón de dudosa cordura que tiene a medio mundo aterrorizado. Esto es lo que explica que medio mundo esté conteniendo la respiración ante la amenaza de la extrema de derecha de llegar al poder en países claves de la Unión Europea. Entonces, ¿la democracia es un peligro? Menor que la dictadura en todo caso. Al menos permite hablar y escribir de lo que se quiera sin parar en la cárcel; bueno, hasta cierto punto. La verdad es que ese nombre sacrosanto que a todos exige respeto es solo un nombre, un concepto respetable que no representa a la realidad. Todos los ciudadanos de los países llamados democráticos, estamos gobernados, en realidad por oligarquías. Mandan, en primer lugar, la oligarquía financiera, y en segundo, los políticos, en todo dependientes de la oligarquía financiera. Los políticos proceden de partidos gobernados también por oligarquías. El ciudadano que no pertenezca a ninguna de estas élites no tiene nada que hacer fuera de cumplir su responsabilidad votando. Y ya vemos cómo vota la mayoría de este país y de parte del extranjero.

¿Tiene esto remedio? Sí lo tiene, pero las oligarquías se han  propuesto hasta ahora y se seguirán proponiendo evitar que el remedio se aplique. El único remedio que puede evitar que los colectivos mencionados nos joroben a todos es la educación; educar a niños y adolescentes enseñando e inculcando los valores auténticamente democráticos; la necesidad de cumplir con la responsabilidad que todos tenemos como ciudadanos votando en conciencia por los candidatos y los programas de los que cabe esperar un auténtico compromiso de trabajar por el bien común.

¡Cuántos se llevarían las manos a la cabeza si se impusiera un test  para otorgar carnet de votante¡ Eso es elitismo antidemocrático, clamarían políticos, opinantes y plebe a la que no interesa la política.

Ante el panorama que nos amenaza, con la extrema derecha recortando derechos y libertades como sastres enloquecidos, es muy posible que muy pronto, los que nos joroban a todos con su voto irresponsable se vean tan jorobados como todos los demás.

 

 

Pedro Sánchez vs Donald Trump

El título es provocador, sin duda. Ya estoy viendo en Twitter y Facebook los jajás de las ínclitas inteligencias de quienes carecen de argumentos y hasta de argumentario. ¿Cómo comparar a un pobre candidato español con el hoy presidente de los gloriosos Estados Unidos de América, y nada menos que para enfrentarlos? Chirriará la comparación a la particular especie de catetos que considera todo lo americano superior a lo español. Suena más serio Trump que Sánchez, como suena mejor coach que asesor o entrenador; tan mejor (yerro voluntario, por si acaso), que hasta la Real Academia de la Lengua admite coach por imperativo del uso. ¡A cuántos no dominadores del idioma anglosajón se les ha caído el alma a los pies al leer en castellano la letra de una canción que les emocionaba haciéndoles imaginar los significados más profundos!  “Cuando la noche ha venido y la tierra está oscura y la luna será lo único que veamos” ¿Será lo único que veamos cuándo? No importa, en inglés suena de fábula.

Pero hay otros a quienes el título les chirriará todavía más por una razón más profunda. ¿Cómo se puede comparar a un pobre perdedor con quien ha ganado, entre otras cosas,  las elecciones a presidente de los Estados Unidos? Es que en voto popular, es decir, democrático, Trump perdió, y si hoy la mayoría de los americanos asisten con miedo y vergüenza a su toma de posesión, es porque a la Casa Blanca le llevó una ley electoral de hace más de doscientos años que ignora a la mayoría y pone la elección de un candidato en manos del voto representativo. Es igual, Trump ganó como sea, y Sánchez perdió, lo cual le convierte en perdedor; lo cual justifica que un partido con 137 años de historia y una historia reciente de gloriosos triunfos, se haya ido al garete por hacerle dimitir. En la encarnizada lucha por eliminar a Pedro Sánchez del panorama político nacional, los compañeros de partido que le pusieron la zancadilla para que se fuera de bruces, justifican su gesto acusándole de lo peor que se puede acusar a un ser humano en estos tiempos: Sánchez era un perdedor, y un partido serio no puede ir por el mundo liderado por un perdedor.

Trump perdió por más de tres millones de votos populares. La mayoría no le quería como presidente. Hoy los Estados Unidos asisten a su toma de posesión insólitamente divididos. La mayoría se resiste a que un personaje que repugna física, intelectual, política y moralmente a la mayoría del mundo entero, represente, en el mundo entero, al país que la mayoría considera una gran nación, la más grande de las grandes naciones del mundo.

Sánchez no perdió más votos en las elecciones generales de diciembre y junio porque Dios no quiso. Todos los españoles fueron testigos de un fenómeno inaudito. Mientras todos los militantes y simpatizantes de los otros partidos hacían piña para ensalzar a su candidato, los personajes más relevantes del Partido Socialista Obrero Español hacían todo lo posible por cuestionar al suyo en público intentando, con sus dudas más o menos manifiestas,  convencer al personal de que no le votaran. Que más de cinco millones de votantes no les hicieran caso o bien fue un milagro divino, o un casi milagroso acceso de lucidez discriminatoria. Sánchez perdió las elecciones, no más faltaría, pero esos más de cinco millones de votos hacen que uno se pregunte cuántos votos habría ganado  sin la interferencia de quienes intentaron a toda costa hacerle perder.

Hubo un instante de luminosa esperanza; el momento en que Sánchez, con todo en contra, tuvo el valor de asumir la responsabilidad que el ganador había rechazado e intentó recabar los apoyos necesarios para llevar a su partido al gobierno. No hace falta decir que ese momento exigía el apoyo incondicional de todos los suyos. Pero, ¡cáspita! ¡zambomba! ¡cojones!, resulta que los personajes más relevantes de su partido no quieren que gobierne y le ponen unas condiciones imposibles para conseguir los votos que su investidura necesita en el Congreso y, por si no las cumple, se abren en canal ante los medios de comunicación diciendo que un perdedor que solo tiene cinco millones de votos no puede gobernar. ¿Dónde, demonios, se había visto, en toda la Historia Universal, que en un país democrático, la élite de un partido se dejara la piel para no  llegar al gobierno? En la historia de España, desde luego, no se había visto jamás. ¿Para qué existe un partido si no es para llevar a su candidato al poder con el fin de aplicar su programa? La razón de la existencia de un partido se explica en primero de Ciencias Políticas por si a algún alumno no se lo ha revelado el sentido común. Entonces, ¿es que la élite del PSOE, de política no tiene ni idea y de sentido común tampoco? Dice el sentido común que eso no puede ser.

El programa con el que Sánchez se presentó a las elecciones era, a las claras, socialdemócrata, y había sido aprobado por los órganos competentes del partido. Pues entonces, otra vez, ¿por qué no quiso la élite ayudar a Sánchez para que pudiera aplicarse ese programa? ¿Por qué le exigió a Sánchez que, en vez de intentar conseguir los pactos necesarios para formar gobierno con el fin de aplicar un programa socialista, permitiera el gobierno del PP para que pudiera aplicar su política neoliberal? ¿Porque Rajoy había obtenido más votos? Pues otra vez entonces, ¿por qué no ayudaron a Sánchez para que obtuviera más votos que Rajoy? ¿Por qué hicieron todo lo contrario? Solo hay dos respuestas posibles. Una, porque Rajoy consiguió, por medios misteriosos, hipnotizarlos a todos; otra, porque alguien convenció a esa élite de que al margen de la derecha, el mundo no tiene salvación. ¿Por qué, entonces, no abandonaron el Partido Socialista? Esta tiene una respuesta fácil. Porque en un partido nuevo no conseguirían los privilegios conquistados en el suyo. Pactar con la derecha les permitía convertirse en líderes de la oposición conservando rangos y sueldos; conservando el poder de otorgar rangos y sueldos a sus fieles para garantizarse su lealtad.

Hoy el mundo se debate en un negro estanque de dudas. Estanque, porque la sociedad europea, como la americana, parece haberse estancado, renunciando a la esperanza de seguir fluyendo en la corriente de la evolución intelectual y moral. Negro, porque en su fondo se deposita lo más negro, lo peor de la condición humana. Fue lo peor de sí mismos lo que llevó a los blancos pobres a votar por Donald Trump porque les prometió librarles de la competencia de los emigrantes. Fue lo peor lo que llevó a blancos racistas a votar por un hombre que reivindicó el racismo quitándole a la palabra lo que tenía de inconfesable. Ser racista puede ahora ser un orgullo para cualquier americano puesto que su presidente lo es y con orgullo lo proclama. Hoy, las alimañas que se revuelven en el estanque están contentas porque, con todos podridos, nadie va a notar lo podridas que están.

Y todo esto, ¿qué tiene que ver con Sánchez y qué justifica que se le enfrente a Trump?

Trump se yergue hoy ante el mundo como defensor  de lo más bajo que pueden inspirar los instintos. En España, que es lo que nos importa, Sánchez se ha erigido en defensor de los valores que distinguen al ser humano de las bestias; valores que inspiraron la fundación de partidos que anteponían el bienestar social al bienestar individual de los privilegiados; los valores que inspiraron la fundación del Partido Socialista Obrero Español.

Trump asume la presidencia de su país detestado por la mayoría de la población, causando una división interna como no se había visto desde la Guerra Civil. En España, que es lo que nos importa, Pedro Sánchez fue defenestrado contra la mayoría de los militantes que le habían votado para que fuera su Secretario General, causando una división interna que ha lanzado al partido en caída libre hacia su destrucción. Quien lo niegue, o miente, o es que ha perdido el sentido de la realidad.

Todos los medios de comunicación del país hoy tienen la toma de posesión de Trump como noticia principal. Todos los comentaristas tendrán algo que decir y enfatizarán, sobre todo, la incertidumbre que a todos hace contener la respiración en espera de lo que hará esa especie de monstruo. En España, un Mariano Rajoy que parece bendecido por los dioses de la buena suerte, no precisamente buenos, escucha satisfecho cómo se suavizan las críticas que suscitaba su política inhumana. Comparado con Trump, el de España resulta canonizable. Antes, la mayoría del país, el mayoritario por ciento que no le votó, veían a su gobierno como una plaga, una especie de castigo divino que amenazaba con ahogarnos a todos. Ahora, con la ayuda de un PSOE al que, para tenerlo dócil y contento, solo hay que permitir que se jacte en los medios de ostentar un cierto poder, Mariano Rajoy se enfrenta a un futuro plácido que puede ser larguísimo, tan largo como los años que dure el gobierno de Donald Trump y todos los gobiernos de derecha extrema que vayan apareciendo en el mundo.

Hoy solo hay dos grupos capaces de concebir optimismo y esperanza.  Son las mayorías. La mayoría que en Estados Unidos rechaza hasta la sombra de Donald Trump y está dispuesta a luchar lo que haga falta  para controlarle y echarle si se resiste a cualquier tipo de control. En España, la mayoría de izquierdas que no está dispuesta a permitir que el único partido socialdemócrata del país se entregue a la derecha.

Pedro Sánchez, lo que Pedro Sánchez significa, se enfrenta en nuestro país a todo lo que significa Donald Trump en el mundo. Así que al final resulta que el título de este artículo no es tan disparatado como a algunos les pueda parecer.