Y colorín colorado…

Este cuento se ha acabado. Como después del día de su boda, Felipe y Letizia empezarán a deslizarse por la pendiente de la costumbre. ¿Cómo se le queda a uno la mano después de apretar otras tres mil? ¿Encallecida? ¿O estaría encallecida ya tras años apretando manos de la mañana a la noche? La de Felipe también firmará papeles. Y la de Letizia, ¿firmará también?

Recuerdo una canción del Camelot de mi juventud. El rey Arturo y la reina Ginebra se preguntan qué hacen los simples. En la estrofa final, Arturo responde: “Se sientan por ahí preguntándose qué hace la realeza”. Los reyes de los musicales son como los de los cuentos y, tal vez, como los de verdad: no se enteran de nada.

Porque hoy, el día después -como dicen los periodistas a quienes parece que el poco sueldo que ganan no merece el esfuerzo de parir frases originales-, los simples no tendrán tiempo de pensar en los reyes. Hoy volverán a encontrarse con la realidad, esa mole inmutable contra la que tarde o temprano se pega el gran batacazo quien pretende ignorarla.

Las facturas, algunas tal vez sin abrir,   siguen estando donde las dejaron y otras nuevas aparecerán hoy en el buzón. El miedo a perder el trabajo ha vuelto a alterarle el sueño a alguno. Otros empezarán el día enviando currículos aunque la esperanza ya es sólo una sensación de angustia en el estómago; otros se lanzarán a la calle a entregar currículos personalmente porque dicen que así hay más esperanza de que te llamen; otros vagarán por su casa o por la calle llorando la muerte de su esperanza.

En España, más de 10 millones de personas viven bajo el umbral de la pobreza. Diez millones. Más de 3 millones son niños. Tres millones. Las cifras son del Instituto Nacional de Estadísticas. ¿Cuántos folios ocuparía escribir uno por uno el nombre de esas personas?  En España, el presidente del gobierno es sospechoso de haber cobrado sobresueldos en negro y un juez afirma que el partido del gobierno ha ocultado dinero al fisco mediante una contabilidad encubierta. En España no hay recursos ni para aliviar el hambre de los niños que desde hoy no tendrán comedor escolar que les garantice una alimentación decente al día.

Ayer, el nuevo rey dirigía un mensaje de solidaridad a la víctimas del terrorismo recibiendo por ello un cerrado aplauso. Más tarde se acordó de los que están sufriendo el rigor de la crisis; en palabras llanas, los pobres. Nadie aplaudió. Como en casa del guarro, la pobreza, como la porquería, se barre bajo los muebles para que no se vea. Es la excusa que han dado algunos dirigentes de comunidades  autónomas para no paliar el hambre de los niños manteniendo los comedores abiertos. Es preferible dejar a un niño con hambre antes que hacer visible su pobreza.  Uno se pregunta si estamos gobernados por imbéciles o por psicópatas incapaces de sentir compasión por un ser humano.

¿Y el resto? Los que ni rigen ni dirigen pero sí tienen para comprarse lo que anuncian en los anuncios puede que sí tengan hoy tiempo para comentar lo que llevaban puestas las señoras que, con toda seguridad, hoy tendrán tiempo para contar los pormenores de la recepción en el Palacio Real a la que tuvieron el honor de ser invitadas.  La imbecilidad y la psicopatía no se limitan a los gobernantes.

Se acabó el cuento, aunque los medios, afines y no tanto, estirarán el acontecimiento de la proclamación del rey y del Mundial hasta que se rompa el chicle. De la pobreza seguirán hablando tuiteros y feisbuqueros de izquierdas que sólo se hacen caso entre ellos porque los otros tienen cosas más elegantes o más modernas de qué hablar. Entre los más indignados, tal vez algunos  lamentarán que la realidad no admita soluciones como las que se dan en los cuentos. Con qué gusto nos convertiríamos muchos en la bruja mala que desea, con toda la fuerza de su indignación, que los imbéciles o psicópatas que nos gobiernan y los imbéciles o psicópatas que les votan para que nos gobiernen se vean un día en harapos suplicando a los servicios sociales de su comunidad  que abran los  comedores escolares para que coman sus hijos.

 

 

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El milagro del coche regio

El milagro del coche regio.

Leí La señora Dalloway por primera vez hace muchos años, cuando cierto tipo de tragedias aún no habían penetrado hasta el fondo de mi alma joven iluminando capas más profundas de mi entendimiento. Me quedé en la superficie. La superficie era una calle del centro de Londres llena de tiendas, de gente. De pronto aparece un automóvil majestuoso. Virginia Woolf le da tanta importancia a ese coche que llena páginas describiendo  el estremecimiento que causa su presencia imponente. “…Los transeúntes que se habían detenido a mirar tuvieron el tiempo justo de ver una cara de suma importancia contra el fondo de la tapicería gris…” No saben de quién es la cara, pero, por la prestancia del automóvil, tiene que ser la Reina o el Primer Ministro. La admiración les fascina, les absorbe los sentidos y las emociones. “…El ala del misterio había pasado por ellos; habían oído la voz de la autoridad; el espíritu de la religión había salido al exterior…”

   Mañana pasará por Madrid el coche regio. No hay misterio. Todos saben que en el interior del vehículo blindado irán el Rey y la Reina consorte. Pero la fascinación será la misma que capturó las almas y los cuerpos de aquellos londinenses de principios del siglo XX. Hoy, a esta hora, miles de madrileños y forasteros ya presienten la emoción que la vida les regalará mañana, el éxtasis de unos segundos por el que habrá valido la pena todo el cansancio, todos los sudores previos. El espíritu de la religión pasará como un soplo por sus vidas, y sus almas exclamarán, en un rapto becqueriano: “Hoy le he visto, le he visto y me ha mirado. Hoy creo en Dios.”

   Tras el clímax,  repuestos los pulmones del jadeo, volverán los cuerpos a caminar las calles con la ligereza y la cara boba que deja la satisfacción. Los ojos intercambiarán miradas cómplices con los más próximos: “Sí, yo también”. Y empezarán a hincharse de orgullo y vanidad a medida que se alejan del lugar sagrado y se encuentran con otros ojos que, evidentemente, no le han visto: “Sí, yo sí”. Y percibirán el respeto con que les miran porque están seguros de que sus caras reflejan el esplendor de la importancia de la cara de suma importancia que acaban de ver.

   Mañana, tras mesas bien servidas con lo mejor de mar, campo  y montaña para resarcirse de la tacañería de la recepción real, el Gobernante y el Obispo engullirán a gusto con sonrisas de orgullo y satisfacción. Han cumplido con su deber, y han cumplido bien. Saben, saben mucho sobre la psicología de la plebe.

Una vez más, el espectáculo del coche regio escoltado por vistosos guardias a caballo ha barrido penas  y reivindicaciones, como hace casi un siglo en el Londres de Virginia Wolf, y  un siglo pico en la boda de Alfonso XIII y en el Madrid hambriento del siglo XVI y en la Roma de los emperadores y quién sabe cuántos siglos atrás. Las almas sencillas han atisbado la soberbia indiferencia de la grandeza y han intuido, por contraste, la insignificancia de sus preocupaciones plebeyas. Han vuelto a reconocer el espíritu de la religión y la voz de la autoridad. Cierto que el efecto será fugaz. Esos pobres materialistas volverán a sus asuntos vulgares en cuanto salga el sol de un nuevo día con sus afanes. Pero cosas habrá para volverlos  a distraer. El fútbol, por ejemplo. Con un poco de suerte, dará para bastantes días.

Como en la Roma de Juvenal, el Gobernante y el Obispo concebirán espectáculos para distraer la mente de los miserables y les darán pan para que no se alteren sus cuerpos. Y los miserables lo agradecerán.

  

¡Alirón!

Buenos días, amigos.

Estoy atónita. Resulta que la independencia de Cataluña no puede esperar a que se resuelvan asuntos como el desempleo, la pobreza, el recorte en prestaciones sociales, etc., etc., etc. Pero llega la copa del Rey y los independentistas y republicanos culés se olvidan de la independencia y de la República.Si ayer hubiera ganado el Barça, hubieran ondeado miles de senyeres y esteladas para celebrarlo.

Los miles de pobres de Cataluña nadan con sus últimas fuerzas, estirando el cuello para no ahogarse, mientras otros miles van al fútbol pagando entradas y viaje y lo que haga falta con la esperanza de que el capitán del Barça reciba una copa de manos del rey de España. ¡Hay que jorobarse!

Las contradicciones son devastadoras, sobre todo para la autoestima. Menos mal que el Barça perdió ahorrándole al país una foto vergonzosa, expresión gráfica de la pérdida del “seny”.

Gracias al Real Madrid, ahora ya puede el culé independentista o republicano o las dos cosas volver a preocuparse por la independencia o la república o las dos cosas mientras el país sigue hundiéndose gracias a los paladines de la independencia o de la república o de las dos cosas. Gracias al Real Madrid  todos, convergentes y unidos, zquierdosos y republicanos podemos seguir esperando tranquilamente el milagro soberanista sin que nadie nos restregue la copa y el rey por las narices.

Mientras tanto, los pobres sin empleo o sin casa o sin ninguna de las dos cosas pasan de siglas, de informes, de paladines. Acaban de despertarse a un jueves que será como todos los días, una lucha de sol a sol para llevar algo a la mesa de su familia.

 

 A lo mejor porque las circunstancias de la vida me obligaron a pasar mucho tiempo sin otra cosa en la cabeza que la necesidad perentoria de llenar el estómago de mi familia con el terror como único acicate, siento que cada día me queda menos paciencia para soportar a tanto listo ladrón y a tanto tonto útil. A todos los culés independentistas que hoy se lamentan de la pérdida de la copa del Rey les digo con toda el alma: que os den…!!!

Y porque en este mundo todos barren para su casa, os dejo un poema que escribí en una de esas noches en que esperaba la salida del sol exprimiéndome el cerebro en busca de una idea para conseguir desayuno para mi hijo y mi pareja. Fue hace años y salimos de aquel hoyo, pero me juré a mi misma que no lo olvidaría nunca. He cumplido.

LA BESTIA 

   Despierta.

Gruñe el dolor, el hambre.

Hay algo que le tira en la entrepierna.

¿Y eso que pincha el párpado?

La luz. Ya sale el día.

Ojos, boca y olfato

se orientan a la presa.

Se levanta.

Cargado de fatiga

se dobla el espinazo.

Quiere rendirse el ánimo,

pero le brama el vientre

y el vientre de las crías.

Como le manda el hábito,

vuelve a arrastrar los pasos

por el mismo camino,

vuelve a pararlos en el mismo sitio,

vuelve a elevar los ojos, la cabeza

y, como cada día,

el mundo se detiene, sorprendido.

La cara del espejo es cara humana.

Le parece mentira.