Las lenguas malas

No es lo mismo las lenguas malas que las malas lenguas. Se llama malas lenguas a las personas que inventan o difunden chismes sobre los demás, siendo chismes las noticias verdaderas o falsas que se murmuran sobre terceros. ¿A qué viene la explicación? La semana pasada, nuestro presidente del gobierno llamó chismes a las gravísimas acusaciones que pesan sobre la conducta de su Ministro de Justicia, de su Fiscal General del Estado y de su Fiscal Anticorrupción. No eran simples murmuraciones. Eran hechos demostrables que ponían en duda la independencia del Poder Judicial y, por ende, la existencia misma de la democracia en nuestro país.  ¿Cómo se le ocurre a un presidente despachar el asunto calificando a tan graves acusaciones de chismes? Si el presidente se llama Mariano Rajoy, no hay que asombrarse demasiado. Otras cosas muy serias ha despachado con un “ya tal”. Mariano Rajoy se cuenta en el grupo de las lenguas malas; gente que, conociendo perfectamente su idioma, utilizan las palabras, pervirtiendo su significado, para manipular. ¿Cómo sacarse de encima el peso de las evidencias que descubren como incompetentes y partidistas a un ministro y dos fiscales? Fácil. Dígasele al vulgo que no son más que chismes y el vulgo culpará a las malas lenguas de todo lo que se imputa a esos tres servidores públicos de trayectoria intachable.

Hay palabras que llevan, por obra de las convenciones sociales, una carga positiva, y hay otras condenadas. por el mismo motivo, a cargar con la contraria. Ejemplos de las primeras son amor, cariño, integración, unión; de las segundas, deslealtad, división, traición. Pero las palabras no tienen en sí mismas la virtud de decir verdad o mentira. Esa virtud corresponde a quien las utiliza. Todos sabemos que las palabras son tan mentirosas, falsas, hipócritas como quien las concibe, o todo lo contrario, claro.  Por eso pueden confundir y confunden. Y por eso, la inmensa mayoría de la población vive confundida por una progresiva perversión del lenguaje utilizada por la publicidad, la propaganda y, sobre todo, los políticos, con la intención de atontarnos para neutralizar nuestra capacidad crítica.

Hasta hace poco, nos vimos bombardeados durante días por declaraciones de amor. Susana Díaz repitió, en los cuatro puntos cardinales de España, que amaba a su partido; que sentía pasión por su partido;  que su partido era su vida y que por su partido dejaba la piel. Aún estaba en la memoria de todos el escándalo que el 1 de octubre de 2016 informó a todo el país de que la división interna del PSOE había estallado como una bomba molotov partiendo en dos el partido, y que la catástrofe había sido provocada por Susana Díaz, sus promotores  y sus seguidores. Entonces, ¿cómo hacer creíble su juramento de amor eterno tras haber exhibido una deslealtad que hasta hace poco sólo se concebía en los tránsfugas? Fácil. No fue deslealtad. Dividió el partido por diferentes razones, pero enseguida, con la desaparición de Pedro Sánchez, ella misma lo iba a coser, dijo. Pero la metáfora de la costura sólo le sirvió para llenar las redes de viñetas y comentarios sarcásticos. Un día dejó de ofrecerse como remendona y recurrió a una argucia más sofisticada, aunque más manida: derivar sus culpas a otro. Cara a cara, en televisión, le dijo a Pedro Sánchez. “El problema eres tú”. La asociación entre Pedro Sánchez y la palabra problema podía haber inducido a la deducción simplista de que todos los conflictos del partido se explicaban por la conducta de una sola persona con nombre y apellidos. Pero no coló. Hacía muchos meses que Pedro Sánchez iba explicando por toda España cuales eran los problemas del partido, no con palabras cargadas, sino con un relato franco y preciso que no menospreciaba la inteligencia de sus oyentes. Un relato que contaba lo que había sucedido y lo que tendría que suceder para solucionar los problemas; problemas que no podrían solucionarse con el simplismo de la frase: “El problema eres tú”.

En la noche aciaga en que Susana Díaz supo que el PSOE no había hecho caso alguno a sus protestas de amor, relegó la palabra al trastero de los arcaísmos y soltó otra en la que de verdad le iba la vida: unión. Esta sí tuvo una resonancia, diríase que telepática. Casi al mismo tiempo, los promotores y seguidores  de Díaz empezaron a clamar de norte a sur, de Asturias a Extremadura, “Unión, Pedro Sánchez, unión; sobre todas las cosas unión; “lo único de vital importancia es la unión” Sólo les faltó agregar “que todo lo demás son chismes”.

Quedarse con una palabra y dejar que el significado que convencionalmente se le otorga se nos introduzca en el cerebro por el oído, como esos gusanos carnívoros de las selvas del sur, puede ser mortalmente peligroso para el entendimiento de la víctima y, por extensión, para el de la mayoría de la sociedad.  Unión, por ejemplo. Decir unión es decir concordia, armonía. Se une el alma del místico a su Creador fundiendo su voluntad con la voluntad divina. Unen sus vidas los enamorados para eliminar la amenaza de la ausencia. La familia que reza unida permanece unida, decía aquel apóstol del rosario. ¿Hay vocablo que tenga connotación más positiva? Sin embargo, la palabra, dentro de un contexto, puede revelar una realidad de lo más perniciosa. El supuesto místico puede ser un fanático que endose a Dios los caprichos de su propia voluntad trastornada; los que un día se unieron por amor pueden acabar detestando la presencia constante del otro; las familias que imponían el rezo del rosario a sus miembros y hasta a los empleados domésticos podían no conseguir otra cosa que hacer ese momento detestable para todos los obligados. Lo que nos lleva a deducir que en un momento en el que imperan los mensajes cortos, las palabras fuera de contexto, la ausencia de relatos que nos permitan reflexionar y sacar conclusiones inteligentes, hay que desconfiar de las palabras con que las lenguas malas nos quieren confundir, por mejor que nos suenen.

¿Qué significa el llamamiento de las élites del PSOE a la unión? ¿Qué pretenden situando a la unión como máxima prioridad a la que el nuevo Secretario General, antes depuesto por los mismos, debe entregar todos sus desvelos? Algunos dicen que el partido se dividió por asuntos personales. Algo en la personalidad, en el talante de Pedro Sánchez causaba rechazo a los líderes pasados y a los cargos presentes, parece. Y hasta aquí el relato de los rebeldes. Pero a ninguna inteligencia normal puede bastar una explicación tan infantil. Algo más debe haber, se dice el ciudadano. Los líderes del PSOE no iban a arriesgarse a dividir un partido con más de cien años de historia sólo porque no les gustaba el Secretario General que habían elegido los militantes. ¿Seguro que sólo fue por eso? ¿No habría algo más profundo, más serio, como discrepancias en la ideología, por ejemplo? Uno de los líderes afirmó rotundamente en varios medios que las discrepancias no tenían nada que ver con la ideología.

Pero sólo caben dos explicaciones: o  los rebeldes se rebelaron por un berrinche infantil o la gran división del partido se produce por diferencias ideológicas. El militante o votante del PSOE que piensa opta por la razón más adulta. Entre Pedro Sánchez y su equipo y los líderes del aparato tienen que haber profundas diferencias ideológicas. Y son esas diferencias ideológicas las que producen la desafección de las bases por los líderes impuestos tras la dimisión forzada de Pedro Sánchez, y lo que luego lanzará a la mayoría de los militantes a devolver a Pedro Sánchez la Secretaría General.

Ese sencillo razonamiento conduce sin dificultad a la conclusión de que la primera prioridad del nuevo Secretario General no puede ser unificar, coser, integrar, tranquilizando y contentando a los rebeldes. La primera prioridad tiene que ser, necesariamente, devolver al partido los principios y valores que le distinguen de otras organizaciones políticas; devolver al partido la ideología que distingue a un partido socialdemócrata de los que no lo son. De lo que también se deduce, pensando un poquito más, que si el PSOE quiere continuar siendo el referente socialista del  país, de nada servirá integrar a los rebeldes fingiendo una unión falsa y, por lo tanto, endeble. No es cierta la frase que se está repitiendo desde el 21 de mayo, “En el PSOE caben todos”. Suena muy bien, muy positiva. Pero si el PSOE quiere volver a los principios y valores que inspiran a un partido socialdemócrata, es evidente que en él sólo pueden caber los hombres y mujeres firmemente convencidos de que la ideología socialdemócrata, sin diluciones, sin claudicaciones, sin componendas para tocar poder a toda costa, es requisito indispensable para pertenecer y trabajar en el Partido Socialista Obrero Español.

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El pasado y el futuro del PSOE

Ahora resulta que las voces oficiales y oficialistas del PSOE no quieren un PSOE del pasado, quieren un PSOE del futuro. Hay que ver, hay que oír para creer. Porque resulta que el Partido Socialista Obrero Español fue fundado en el pasado por Pablo Iglesias Posse. Tan en el pasado que fue allá por el 1879, o sea, poco menos de siglo y medio atrás. ¿Nada que ver con el momento actual?

Pablo Iglesias Posse fundó el PSOE impelido por una infancia y una juventud de miseria que, en lugar de marcarle con las cicatrices del resentimiento, colmó su alma de empatía, de intensa compasión por los que sufrían como él. Era la época en que la mayoría de los hombres, machos y hembras, trabajaban hasta la extenuación, sin horarios laborales regulados, por unos salarios que les garantizaban la pobreza de por vida. ¿Algo que ver con el momento actual?

Inspirado en la filosofía marxista -no comunista como la que impusiera Lenin en la Unión Soviética- Pablo Iglesias luchó, con riesgo de su libertad y de su vida, por los derechos de los más pobres, de los trabajadores. Luchó primero en la asociación de tipógrafos y luego en el partido fundado por él mismo y otros compañeros. Luchó desde las páginas de El Socialista, periódico fundado por él mismo también que hasta hace poco fue el eco escrito de sus valores. Luchó desde la Unión General de Trabajadores de la cual también fue fundador. Esta vida de lucha fue su pasión, su única pasión, porque su auténtica pasión fue siempre el prójimo que sufría, que sufría entonces las consecuencias de una política entendida como gestión para proteger los privilegios de unos cuantos a costa del trabajo de los más. ¿Tiene algo que ver con el momento actual?

Dicen las voces públicas de un PSOE oficial que del original solo tiene el nombre, que no quieren un PSOE del pasado, es decir, que no quieren el PSOE que concibió Pablo Iglesias para dar voz a los trabajadores. Entonces, ¿qué quieren?

En diciembre de 2015 esas voces se lanzaron contra el candidato de su partido, elegido por la militancia, poniendo en duda, públicamente, su idoneidad. ¿Por qué? ¿Porque Pedro Sánchez representaba ese pasado que a los cargos con sueldos importantes ya no les convenía revivir?

La transición permitió gobernar al PSOE durante muchos años. Quienes ocuparon cargos públicos durante todo ese tiempo se retiraron de la política con pensiones a las que ningún asalariado podría aspirar; con cargos en la empresa privada dotados de sueldos y beneficios que en la situación actual de la mayoría resultan obscenos; con un prestigio que les permitió introducirse en el circuito de conferencias cotizándose con el caché de artistas y deportistas famosos.  Este ingreso de ex políticos del PSOE en la esfera de los privilegiados tuvo y tiene un precio evidente; su renuncia al PSOE del pasado, al partido fundado para acabar con la desigualdad instituyendo una sociedad justa y solidaria. Pero lo cierto es que en vez de renunciar al partido, esos a los que los votantes del PSOE elevaron a altos cargos proporcionándoles pingües beneficios, lo que pretenden es modificar los principios, los valores, los objetivos por los que Pablo Iglesias Posse fundó el Partido Socialista Obrero Español. ¿Por qué? ¿Porque la precariedad laboral, la falta de derechos de los trabajadores, la pobreza rampante, la indecente desigualdad son fenómenos que pertenecen a la época de la fundación del partido, fenómenos superados que nada tienen que ver con el momento actual?

No quieren un PSOE del pasado, dicen las voces oficiales y oficialistas. Quieren un PSOE del futuro. ¿Qué futuro? El pánico causado por la crisis e inoculado en la mayoría por la propaganda de la derecha ha conseguido que cada cual se refugie dentro de las valvas de su egoísmo y vote por los partidos que, en vez de justicia social, prometen la supervivencia individual; es decir, millones de empleos que, aunque causen incertidumbre y pobreza vitalicia, garantizan, al menos, un modo de sobrevivir. La socialdemocracia, o bien cayó en el descrédito de lo que ahora se llama buenismo, o presa del pánico también, se alió a los partidos de derechas para no perder todos sus réditos. Hoy, desde el gigante americano a los países más pequeños de Europa, exhiben gobiernos neoliberales o encuestas que pronostican el triunfo de los partidos de derecha y ultraderecha en próximas elecciones. La mayoría se rinde ante los que prometen creación de riqueza sin querer darse cuenta de que esa riqueza sólo llegará a los contados bolsillos de los privilegiados de siempre. Según esas encuestas, el mundo del futuro inmediato será neoliberal; es decir, conservador; o sea, conservador y garante de los privilegios de la minoría adinerada. ¿Es ese el futuro que dicen querer los que dicen que quieren que el PSOE no sea el PSOE del pasado sino el PSOE del futuro? ¿Un partido nominalmente socialdemócrata que sirva de comodín a la derecha para poder gobernar contando con que la derecha les devuelva el favor si, por hartazgo del personal, un día consiguen unos cuantos votos más que les permita reclamar el gobierno?

Ese es el panorama que nos ofrecen quienes se están desmelenando por convencer a los militantes del PSOE que ellos son el futuro de un partido a cuyo pasado hay que renunciar. ¿Pero qué pasa con el presente? ¿Es que la voces oficiales y oficialistas no se dan cuenta o no quieren que el personal se dé cuenta de que la vida se vive aquí y ahora?

Aquí y ahora, hay  un hombre que exige volver a los principios y valores del PSOE del pasado; un hombre que se niega a que la socialdemocracia se convierta en instrumento del neoliberalismo para que el neoliberalismo siga gobernando y se afiance como única alternativa posible en el futuro. Aquí y ahora hay unos militantes, simpatizantes y votantes socialistas que se niegan a renunciar al socialismo desnudo, sin maquillaje, sin disfraz; al socialismo que Pablo Iglesias Posse introdujo en el panorama político de la España del diecinueve para exigir igualdad, justicia, solidaridad.

Nunca como ahora estuvo la sociedad española tan necesitada de aquel Partido Socialista Obrero Español que nació para dar voz a los asalariados, a los desposeídos. Esa voz hoy quiere darla un candidato a la Secretaría General del PSOE que aquí y ahora pretende que el partido sea una auténtica alternativa a la derecha corrupta e inhumana que la mayoría estamos sufriendo. Por eso, porque la mayoría vivimos lo que cada día nos depara sin tiempo ni ganas de mirar más allá, cada vez son más lo militantes y simpatizantes que esperan de Pedro Sánchez la resurrección del PSOE del pasado que nos ofrezca un instrumento para luchar por nuestra libertad y nuestros derechos en este presente y garantizar a nuestros hijos y nuestros nietos un futuro en el que la dignidad propia y la de los demás esté por encima de toda ambición de dinero y de poder.

Pedro Sánchez vs Donald Trump

El título es provocador, sin duda. Ya estoy viendo en Twitter y Facebook los jajás de las ínclitas inteligencias de quienes carecen de argumentos y hasta de argumentario. ¿Cómo comparar a un pobre candidato español con el hoy presidente de los gloriosos Estados Unidos de América, y nada menos que para enfrentarlos? Chirriará la comparación a la particular especie de catetos que considera todo lo americano superior a lo español. Suena más serio Trump que Sánchez, como suena mejor coach que asesor o entrenador; tan mejor (yerro voluntario, por si acaso), que hasta la Real Academia de la Lengua admite coach por imperativo del uso. ¡A cuántos no dominadores del idioma anglosajón se les ha caído el alma a los pies al leer en castellano la letra de una canción que les emocionaba haciéndoles imaginar los significados más profundos!  “Cuando la noche ha venido y la tierra está oscura y la luna será lo único que veamos” ¿Será lo único que veamos cuándo? No importa, en inglés suena de fábula.

Pero hay otros a quienes el título les chirriará todavía más por una razón más profunda. ¿Cómo se puede comparar a un pobre perdedor con quien ha ganado, entre otras cosas,  las elecciones a presidente de los Estados Unidos? Es que en voto popular, es decir, democrático, Trump perdió, y si hoy la mayoría de los americanos asisten con miedo y vergüenza a su toma de posesión, es porque a la Casa Blanca le llevó una ley electoral de hace más de doscientos años que ignora a la mayoría y pone la elección de un candidato en manos del voto representativo. Es igual, Trump ganó como sea, y Sánchez perdió, lo cual le convierte en perdedor; lo cual justifica que un partido con 137 años de historia y una historia reciente de gloriosos triunfos, se haya ido al garete por hacerle dimitir. En la encarnizada lucha por eliminar a Pedro Sánchez del panorama político nacional, los compañeros de partido que le pusieron la zancadilla para que se fuera de bruces, justifican su gesto acusándole de lo peor que se puede acusar a un ser humano en estos tiempos: Sánchez era un perdedor, y un partido serio no puede ir por el mundo liderado por un perdedor.

Trump perdió por más de tres millones de votos populares. La mayoría no le quería como presidente. Hoy los Estados Unidos asisten a su toma de posesión insólitamente divididos. La mayoría se resiste a que un personaje que repugna física, intelectual, política y moralmente a la mayoría del mundo entero, represente, en el mundo entero, al país que la mayoría considera una gran nación, la más grande de las grandes naciones del mundo.

Sánchez no perdió más votos en las elecciones generales de diciembre y junio porque Dios no quiso. Todos los españoles fueron testigos de un fenómeno inaudito. Mientras todos los militantes y simpatizantes de los otros partidos hacían piña para ensalzar a su candidato, los personajes más relevantes del Partido Socialista Obrero Español hacían todo lo posible por cuestionar al suyo en público intentando, con sus dudas más o menos manifiestas,  convencer al personal de que no le votaran. Que más de cinco millones de votantes no les hicieran caso o bien fue un milagro divino, o un casi milagroso acceso de lucidez discriminatoria. Sánchez perdió las elecciones, no más faltaría, pero esos más de cinco millones de votos hacen que uno se pregunte cuántos votos habría ganado  sin la interferencia de quienes intentaron a toda costa hacerle perder.

Hubo un instante de luminosa esperanza; el momento en que Sánchez, con todo en contra, tuvo el valor de asumir la responsabilidad que el ganador había rechazado e intentó recabar los apoyos necesarios para llevar a su partido al gobierno. No hace falta decir que ese momento exigía el apoyo incondicional de todos los suyos. Pero, ¡cáspita! ¡zambomba! ¡cojones!, resulta que los personajes más relevantes de su partido no quieren que gobierne y le ponen unas condiciones imposibles para conseguir los votos que su investidura necesita en el Congreso y, por si no las cumple, se abren en canal ante los medios de comunicación diciendo que un perdedor que solo tiene cinco millones de votos no puede gobernar. ¿Dónde, demonios, se había visto, en toda la Historia Universal, que en un país democrático, la élite de un partido se dejara la piel para no  llegar al gobierno? En la historia de España, desde luego, no se había visto jamás. ¿Para qué existe un partido si no es para llevar a su candidato al poder con el fin de aplicar su programa? La razón de la existencia de un partido se explica en primero de Ciencias Políticas por si a algún alumno no se lo ha revelado el sentido común. Entonces, ¿es que la élite del PSOE, de política no tiene ni idea y de sentido común tampoco? Dice el sentido común que eso no puede ser.

El programa con el que Sánchez se presentó a las elecciones era, a las claras, socialdemócrata, y había sido aprobado por los órganos competentes del partido. Pues entonces, otra vez, ¿por qué no quiso la élite ayudar a Sánchez para que pudiera aplicarse ese programa? ¿Por qué le exigió a Sánchez que, en vez de intentar conseguir los pactos necesarios para formar gobierno con el fin de aplicar un programa socialista, permitiera el gobierno del PP para que pudiera aplicar su política neoliberal? ¿Porque Rajoy había obtenido más votos? Pues otra vez entonces, ¿por qué no ayudaron a Sánchez para que obtuviera más votos que Rajoy? ¿Por qué hicieron todo lo contrario? Solo hay dos respuestas posibles. Una, porque Rajoy consiguió, por medios misteriosos, hipnotizarlos a todos; otra, porque alguien convenció a esa élite de que al margen de la derecha, el mundo no tiene salvación. ¿Por qué, entonces, no abandonaron el Partido Socialista? Esta tiene una respuesta fácil. Porque en un partido nuevo no conseguirían los privilegios conquistados en el suyo. Pactar con la derecha les permitía convertirse en líderes de la oposición conservando rangos y sueldos; conservando el poder de otorgar rangos y sueldos a sus fieles para garantizarse su lealtad.

Hoy el mundo se debate en un negro estanque de dudas. Estanque, porque la sociedad europea, como la americana, parece haberse estancado, renunciando a la esperanza de seguir fluyendo en la corriente de la evolución intelectual y moral. Negro, porque en su fondo se deposita lo más negro, lo peor de la condición humana. Fue lo peor de sí mismos lo que llevó a los blancos pobres a votar por Donald Trump porque les prometió librarles de la competencia de los emigrantes. Fue lo peor lo que llevó a blancos racistas a votar por un hombre que reivindicó el racismo quitándole a la palabra lo que tenía de inconfesable. Ser racista puede ahora ser un orgullo para cualquier americano puesto que su presidente lo es y con orgullo lo proclama. Hoy, las alimañas que se revuelven en el estanque están contentas porque, con todos podridos, nadie va a notar lo podridas que están.

Y todo esto, ¿qué tiene que ver con Sánchez y qué justifica que se le enfrente a Trump?

Trump se yergue hoy ante el mundo como defensor  de lo más bajo que pueden inspirar los instintos. En España, que es lo que nos importa, Sánchez se ha erigido en defensor de los valores que distinguen al ser humano de las bestias; valores que inspiraron la fundación de partidos que anteponían el bienestar social al bienestar individual de los privilegiados; los valores que inspiraron la fundación del Partido Socialista Obrero Español.

Trump asume la presidencia de su país detestado por la mayoría de la población, causando una división interna como no se había visto desde la Guerra Civil. En España, que es lo que nos importa, Pedro Sánchez fue defenestrado contra la mayoría de los militantes que le habían votado para que fuera su Secretario General, causando una división interna que ha lanzado al partido en caída libre hacia su destrucción. Quien lo niegue, o miente, o es que ha perdido el sentido de la realidad.

Todos los medios de comunicación del país hoy tienen la toma de posesión de Trump como noticia principal. Todos los comentaristas tendrán algo que decir y enfatizarán, sobre todo, la incertidumbre que a todos hace contener la respiración en espera de lo que hará esa especie de monstruo. En España, un Mariano Rajoy que parece bendecido por los dioses de la buena suerte, no precisamente buenos, escucha satisfecho cómo se suavizan las críticas que suscitaba su política inhumana. Comparado con Trump, el de España resulta canonizable. Antes, la mayoría del país, el mayoritario por ciento que no le votó, veían a su gobierno como una plaga, una especie de castigo divino que amenazaba con ahogarnos a todos. Ahora, con la ayuda de un PSOE al que, para tenerlo dócil y contento, solo hay que permitir que se jacte en los medios de ostentar un cierto poder, Mariano Rajoy se enfrenta a un futuro plácido que puede ser larguísimo, tan largo como los años que dure el gobierno de Donald Trump y todos los gobiernos de derecha extrema que vayan apareciendo en el mundo.

Hoy solo hay dos grupos capaces de concebir optimismo y esperanza.  Son las mayorías. La mayoría que en Estados Unidos rechaza hasta la sombra de Donald Trump y está dispuesta a luchar lo que haga falta  para controlarle y echarle si se resiste a cualquier tipo de control. En España, la mayoría de izquierdas que no está dispuesta a permitir que el único partido socialdemócrata del país se entregue a la derecha.

Pedro Sánchez, lo que Pedro Sánchez significa, se enfrenta en nuestro país a todo lo que significa Donald Trump en el mundo. Así que al final resulta que el título de este artículo no es tan disparatado como a algunos les pueda parecer.

La olla podrida

Allá por la Edad Media, pobres y ricos ponían al fuego una olla y le  echaban todo lo habido. En la de los pobres había muy poco, casi todo vegetal, y casi todo lo vegetal, hierbas del campo. En la de los ricos hervían toda clase de carnes. Dicen los etimólogos que el calificativo proviene de poderida porque era la olla de los poderosos, de los que podían llenarla de chicha. Venga el nombre de donde venga y por delicioso que sea el plato castellano, podrida la llamó el vulgo y podrida la llamo aquí ignorando el maquillaje de la etimología para servirme de la metáfora.

El mundo desarrollado y el no desarrollado, pero con mucho dinero,  es, hoy por hoy, una olla en la que hierven degenerados, corruptos, psicópatas, toda una serie de entes que niegan, con su conducta, los valores humanos, por lo que la contradicción entre su conciencia y su apariencia les convierte en monstruos. Podría decirse que en cualquier parte de este mundo siempre han convivido monstruos así con seres humanos evolucionados. Lo grave en estos momentos es que en esa olla, poderida según  la etimología, hierven los poderosos que gobiernan la tierra; que en esa olla, que con el vulgo llamamos podrida,  hierven los degenerados morales que pueden intoxicar a millones de millones enfermando a sociedades enteras. La bacteria que hoy amenaza con intoxicarnos a todos es el neoliberalismo.

Dicen los neoliberales de hace décadas y los neoliberalizados de circunstancias que denostar a la ideología neoliberal es una gran injusticia. El neoliberalismo propugna que el Estado deje hacer al sector privado sin inmiscuirse con regulaciones y controles; propugna que el gasto público se reduzca; propugna  que el bien común se sustituya por el individualismo y la competitividad, es decir, por el sálvese quien pueda.  Y dicen los susodichos que esas medidas favorecen a toda la comunidad porque crean riqueza y empleo. Y es verdad.

Desde el triunfo del neoliberalismo, que ha ido ganando batallas con los tanques de la crisis, la riqueza de los ricos ha  aumentado considerablemente; al mismo ritmo que aumentaba la pobreza de los pobres.  Y también es verdad que se está creando empleo con gran profusión. Mediante reformas laborales que dan vía libre a los empresarios y eliminan el poder de los sindicatos, los gobiernos neoliberales  compiten por atraer a las grandes empresas a sus países reduciendo impuestos, ofreciendo leyes que permiten los salarios más exiguos y las peores condiciones de trabajo. Vengan a España, señores, que aquí van a ganar tanto dinero como en Bangladesh, pero con mejor clima y más comodidades. Ofrezcan los sueldos que quieran, que van a tener una cola de dos manzanas para quitarles el empleo de las manos.  Porque como dijo nuestro ministro de economía, más vale ganar 500€ mensuales que no ganar nada, y eso lo entienden todos los españoles porque saben que el que no quiera trabajar por 500 se joroba  porque detrás viene otro dispuesto a trabajar por 450. ¿Que cómo es posible que los españoles hayan aceptado sin chistar la vuelta a las condiciones de trabajo y a la fractura social del siglo XIX? Efectos de la intoxicación. La bacteria afecta a las estructuras cerebrales convenciendo a la mayoría de que es justo y necesario que se acepten las leyes darwinianas y todos compitan con todos por la supervivencia y sobreviva el más fuerte que, en el caso de los trabajadores, será el dispuesto a hacer los mayores esfuerzos por el peor de los sueldos. ¿Y en el caso de los poderosos? El que medre, explote, estafe, defraude y robe más y mejor.

En el 2008, aprovechando la ola de pánico que se extendió por el mundo, el neoliberalismo decidió lanzarse a una guerra económica y política total para globalizar su imperio. Siguiendo las directrices de la insuperable propaganda de Goebbles y la estrategia de Adolf Hitler, se dedicó,  en todos los países de Europa y en los Estados Unidos, a apoyar a los políticos afines con todos los medios a su alcance y a destruir a su enemigo; la socialdemocracia.  Su medio más eficaz fue, por supuesto, la propaganda a través de los medios de comunicación. Los medios de extrema derecha y conservadores siguieron con su tónica afín a los postulados neoliberales, naturalmente. Lo antinatural fue que los medios supuestamente afines a la izquierda, hicieron lo mismo, aireando lo que al neoliberalismo le interesaba airear y silenciando lo que podría perjudicarle. ¿Por qué esa anuencia con una ideología aparentemente contraria?  La respuesta salta con un simple vistazo a los nombres de los accionistas dueños de los medios: multinacionales, inversores internacionales, bancos. En cuanto a los periodistas, humanos son y, como cualquier animal, necesitan techo y comida;  los más privilegiados necesitan, además, que no decaiga su notoriedad. Uno de los efectos más serios de la bacteria es que los intoxicados, convencidos de que enemistarse con los de la olla podrida equivale a una sentencia de muerte laboral y social, caen presas del pánico. Por pánico a la muerte social hay en España autores, actores, actrices que trabajan sin cobrar para que su nombre no se olvide si alguna vez termina la pesadilla que quiere condenarles al anonimato o, peor aún, a la invisibilidad de los pobres. ¿Cómo no va a haber periodistas que se autocensuren?

El resultado de la estrategia fue espectacular. Dos ejemplos para economizar espacio. España exhibe un presidente que no se corta a la hora de recortar y privatizar lo que haga falta para garantizar la libertad a enriquecerse de todo el que pueda, ahorrándole impuestos e invitándole al pastel del dinero público; un presidente cuyo partido consta como sospechoso de corrupción sistémica; un presidente que se permite mentir hasta en sede parlamentaria y soltar disparates cuando no se le ocurre nada lógico qué decir; un presidente que ante cualquier incidencia, leve, grave o gravísima, tiene como consigna el dolce far niente. La propaganda y otras circunstancias esperpénticamente rocambolescas consiguieron que tal hombre volviera a ganar las elecciones. Pero no duró mucho  su fama de bufón amoral. Donald Trump ha eclipsado la fama de todos los bufones inmorales que en el mundo han sido. Su triunfo en las elecciones de los Estados Unidos ha demostrado el poder de la  bacteria.

El neoliberalismo ha conseguido extenderse por el mundo entero revelándose mucho más peligroso y mortífero que la bacteria causante de la peste negra que eliminó a millones en el  siglo XIV.  Aquella bacteria mataba los cuerpos; el neoliberalismo se aloja en el alma humana y destruye los constituyentes de su humanidad. ¿Exagerado?

La conducta de los poderosos y los valores que divulgan sirven de ejemplo a los individuos intelectualmente más vulnerables y ese ejemplo se va extendiendo por toda la sociedad como una epidemia. Por ese mecanismo, los que dictan la moda consiguen que hombres y mujeres se compren ropa nueva cada año en los colores que, quienes dictan, dicen que se van a llevar. Por ese mecanismo, se instilan en las mentes acríticas creencias como que una raza es inferior a otra; una religión es maléfica; los homosexuales son degenerados; las mujeres son inferiores; los refugiados y los inmigrantes vienen a quitar empleos, servicios y ayudas a los nacionales; los que no encuentran trabajo es porque no quieren y los que cobran subsidio de desempleo son defraudadores que no quieren trabajar o que trabajan en negro y cobran del estado robando sus impuestos a todos los españoles; no se puede ayudar a los refugiados que se están muriendo de hambre y de frío porque en España hay muchos pobres;  no se puede ayudar a los pobres porque si han fracasado en la vida, por su culpa será.

Y es así como una sociedad entera acaba presentando todos los síntomas de la bacteria, con sus individuos convertidos en seres egoístas, psicópatas por su falta de empatía; individuos que se corrompen sin escrúpulo alguno y que si no se corrompen, es porque no pueden; individuos degenerados por conceptos perversos que pervierten el lenguaje. Es así como acaban hirviendo en la olla podrida todos los que no quieren quedarse a la intemperie. Es así como la bacteria del neoliberalismo va haciendo del mundo un lugar inhabitable donde los valores humanos sean cosa de la Historia y aquí solo queden monstruos; humanos en apariencia, en conciencia no muy distintos de cualquier depredador.

Y a todo esto, ¿qué hay de la socialdemocracia? Ahogada en todas partes por la ultraderecha, por la derecha extrema, por socialistas  intoxicados que se lanzan y lanzan a sus partidos en la olla podrida, parece condenada a la extinción. Esos socialistas intoxicados han conseguido en todas partes que los votantes les nieguen el voto dejándoles en minoría. Sobreviven llamándose socialistas y pactando con las derechas, que les permiten llamarse como quieran porque ayudan a hacer más simpáticos y tragables los gobiernos neoliberales. Por miedo a extinguirse, se han convertido en comodines para que la derecha pueda gobernar.

¿Y qué pasa con los líderes socialistas que se niegan a pactar, que se empeñan en defender los valores socialdemócratas, que se presentan a las elecciones empecinados en proponer programas de izquierdas?  Se les condena a la intemperie en compañía de todos los seres humanos que no se han dejado intoxicar.

¿Tendremos salvación?

La socialdemocracia agoniza, dicen. Ha ido perdiendo peso en todas partes. En unas se ha quedado en los huesos, delgadez cadavérica que la ha dejado sin pretendientes ni esperanzas. En otras, ya ha pasado a mejor vida; la vida de los recuerdos, malos y buenos,  que de vez en cuando desempolvamos con cierta nostalgia para aliviar la tensión del presente. ¿Qué le pasó a la socialdemocracia para caer desde el reino luminoso de la ilusión a las tinieblas de la insignificancia?

Las mejores respuestas suelen encontrarse en lo más simple aunque la petulancia prefiera enredarse en las lianas de lo más complejo.

Los partidos que obtuvieron mayoría en las urnas prometiendo una distribución más justa de la riqueza sin secuestrar la libertad de los ciudadanos, sin deshumanizar al individuo en aras de la colectividad, como hacía el comunismo, se vieron de pronto arrastrados por los vientos de la economía mundial y las ambiciones personales de sus dirigentes.

Para descender de lo metafórico a lo concreto, tomemos el ejemplo de los gobiernos de Felipe González y Rodríguez Zapatero.

En 1979, González abdica del marxismo y abraza la socialdemocracia. Su objetivo al obtener la presidencia del gobierno es modernizar a España y situarla en  las instituciones internacionales que corresponden a un país desarrollado. Bajo su mandato entramos en la OTAN y en la Comunidad Económica Europea.

González entiende que los tiempos y el nuevo lugar de España en el mapa piden una economía liberal. Y se lanza sin escrúpulos a medidas propias de la derecha como la  reconversión industrial, el recorte de las pensiones o la flexibilización del mercado de trabajo; echándose encima a los sindicatos que responden con huelgas generales.  Aunque introducen reformas propias de la ideología socialdemócrata, los gobiernos de González se van derechizando paulatinamente hasta llegar al final calados hasta las cejas en los estanques inmundos donde nadan los vicios que secularmente se atribuyen a la derecha: nepotismo, clientelismo, abuso de poder, corrupción.

Hartos los ciudadanos de tanto despropósito, acaban dándole el gobierno a la derecha en dos legislaturas consecutivas.

Rodríguez Zapatero llega al gobierno como la gran esperanza de  revertir los efectos de la política reaccionaria del Partido Popular y devolver el país a la senda de progreso en la que le habían situado, a pesar de todos sus fallos, los gobiernos del PSOE. Las esperanzas de los ciudadanos se ven realizadas durante su primer mandato. Una ristra de leyes que reconocen derechos y amplían libertades hasta entonces desconocidos en España y hasta en el mundo, nos convierten en modelo de progreso social. Y entonces llega la crisis, y entonces se materializan las ideas de la Nueva Vía; el pragmatismo que lleva a asumir la imposiciones del libre mercado. Es decir, el gobierno de Zapatero, como antes el de Felipe González, se derechiza. Se recorta el gasto social en 15.000 millones de euros. Se reducen sueldos de funcionarios y se congelan pensiones; se recortan 6.000 millones en inversiones públicas y otra reforma laboral precariza aún más el empleo y los derechos de los trabajadores. Rodríguez Zapatero transita tranquilo por la ruta que se ha marcado la socialdemocracia europea; Tercera Vía en la nomenclatura de Tony Blair y Nuevo Centro en la del canciller socialdemócrata alemán Gerhard Schröder. El socialismo se desvanece.

Felipe González, ya entregado del todo al liberalismo, es recompensado por  su conversión con el nombramiento de Presidente del Grupo de Reflexión sobre el Futuro de Europa, formado por nueve personalidades del ámbito político y académico. Su misión consistía en presentar en 2010 un informe sobre el rumbo y objetivos de la Unión Europea en cuanto al modelo económico y social, el estado de derecho, el medio ambiente, la inmigración.

No hace falta analizar a fondo el rumbo que ha tomado Europa y por qué camino piensa seguir transitando hacia el futuro. Ya lo saben hasta los menos informados y los más indiferentes. Eliminados los escrúpulos, expulsados los valores morales del criterio que decide las medidas políticas, Europa sufre una paulatina degeneración que la aboca a convertirse en otra  guarida del capitalismo salvaje.

¿Y cómo reaccionan los ciudadanos ante esta debacle de los partidos que prometían ocuparse de sus asuntos para transformar el mundo en un lugar habitable donde imperase la justicia, la igualdad, la solidaridad? Aplastados por la resignación, el miedo y el desencanto, los ciudadanos abandonan a los partidos que les han engañado y se entregan a los partidos de derechas, de los cuales cabe esperar todos los desmanes, pero que, al menos, no hacen concebir falsas esperanzas, mientras que garantizan la estabilidad. Las promesas electorales que sueltan, siempre socializantes, resultan tan falsas como las de la llamada izquierda; pero esas promesas en boca de quienes ignoran por principios el bienestar de los ciudadanos, mueven a risa, mientras que las promesas incumplidas de la izquierda mueven a indignación. Ya nadie cree en la existencia del socialismo fuera de las mentes de algunos idealistas.

De pronto, en España aparece Pedro Sánchez ofreciendo girar el PSOE a babor. Otra vez la ilusión intenta reanimar a la socialdemocracia moribunda. Después de tanto desengaño, al votante le cuesta creer que esta vez sea verdad el giro que el PSOE renovado promete. Pero los que sí se lo creen a pie juntillas son Felipe González, otros líderes de su generación y los presidentes de comunidades autónomas que han ascendido gracias a la influencia de esos líderes. Su reacción es tranquilizar a empresarios y financieros de España y de Europa. Que no cunda el pánico. A ese político nuevo que no se ha enterado de que en el mundo impera el liberalismo habrá que demostrarle quien es el jefe, y si no entra por el aro, se le defenestra y se acabó.

Fue así como los ciudadanos asistimos atónitos al espectáculo de la guerra a muerte contra Sánchez declarada por los líderes de su propio partido; guerra a muerte contra un enemigo que, en realidad, es la socialdemocracia que Sánchez intenta reanimar. De la socialdemocracia de González,  de Zapatero,  de sus compañeros de quinta gubernamental y de los líderes actuales que les deben su triunfo político, solo queda ese sucedáneo de las nuevas y terceras vías y de los centrismos. Con ese remedo, que de socialismo solo tiene el nombre, los taimados líderes creen que podrán conservar sus partidos en lo más alto de la oposición y tocar poder entrando en coalición con la derecha, como los alemanes, o llegando a pactos que garanticen su gobierno, como han hecho en España.

Cuando vaya transcurriendo la legislatura, con los ciudadanos cada vez más agobiados por las medidas antisociales del PP, pero reconociendo, sugestionados por la propaganda, que habrían sido mucho peores sin la intervención moderadora del PSOE, los sueños de regeneración y socialización de la política se verán, cada vez más, como locuras de juventud. Las nuevas tecnologías contribuirán a formar una ciudadanía más madura que comprenda las exigencias de la modernidad aceptando la escasez de empleo, la precariedad laboral y la pérdida de los derechos de las trabajadores como males inevitables de la vida misma. Una ciudadanía que aprenda a sobrevivir resignada, aceptando que la igualdad solo es posible en el reino de los muertos.

¿No queda otra? ¿Quién le hubiera dicho a los zares que los iban a derrocar? Pero hoy por hoy, la mayoría no está tan loca como para dar la vida por una revolución que, como todas, costaría miles de  víctimas inocentes para traer, al final, la pérdida de la libertad y de más derechos. ¿Quién le iba a decir a ciertos dictadores que el empuje de los ciudadanos, sin armas y sin sangre, acabaría echándoles de sus palacios presidenciales?  Hoy por hoy, tan enorme ejercicio de racionalidad que produzca una movilización en masa parece imposible. La derecha gana en todas partes, gana en todas partes la resignación, como si la mayoría hubiera renunciado a la posibilidad de una vida moral y materialmente digna. Y sin embargo, no se apaga el rumor de los que aún siguen luchando por mantener a flote sus valores y sus esperanzas.

Dicen que por toda España se están haciendo escuchar las voces de los militantes que se niegan a entregar el PSOE a la gestora que derrocó a Sáchez y pactó con el PP. Dicen que militantes y votantes del PSOE están defendiendo, por todos los medios a su alcance, al hombre que fue depuesto de la secretaría general del partido por querer devolverle al partido su ideología socialdemócrata. Dicen que muchos españoles no se resignan a la deshumanización de la sociedad en la que viven y en la que tendrán que sobrevivir sus hijos. ¿Serán suficientes para derrocar en las urnas la dictadura del liberalismo? Esa pregunta solo puede responderla el tiempo.

¿Nos hemos ido todos al garete?

La situación de España, de Europa, del mundo se volvió tan previsible en los últimos años que cualquier lector de periódicos, oidor de radios y espectador de televisiones podía hacer de futurólogo con cierto éxito.  Curiosamente, los que no la acertaban casi nunca eran los politólogos, comentaristas y encuestadores.  Algunos opinantes, entre los que me incluyo sin ninguna modestia,  esbozamos  en artículos  lo que iba a pasar con  tanta exactitud, que cabría atribuirnos  dotes paranormales de precognición;  si no fuera porque  entonces el presente  anunciaba con tan clara evidencia  el futuro  que solo podía dejar de preverlo quien  fuese muy corto de miras.

¿Quiere esto decir que la mayoría de politólogos, comentaristas y encuestadores de este país son cortos? Líbreme la Moira de insultar a tan prestigiosos y bien pagados expertos.  Sus múltiples errores  en la apreciación de acontecimientos  y en las predicciones de sus consecuencias  solían ser tan  flagrantes que, descartada su ineptitud, había que suponerles cierta intencionalidad dirigida por los poderes que a su vez dirigen sus respectivas cabeceras y emisoras.  Quién dude de mi equidad al destacar la torpeza escrita o locutada de muchos creadores de opinión, puede leer, por ejemplo,  mis artículos de los últimos dos años en Publicoscopia, El Socialista Digital y mi bloc Veoveo; y contrastar mis opiniones con las de muy conocidas y reputadas firmas  en diarios y revistas de primer orden. Que tales firmantes se equivocaran por cortedad o a posta es algo que el lector tendrá que dirimir por sí mismo.

En fin, que como era de prever de todas todas, España se ha ido al garete y se ha asentado en las cavernas del pretérito infrahumano  donde gozará durante algunos años de la distinguida compañía de Europa, del Reino Unido independiente y -lo que sí ha sido una sorpresa- de los Estados Unidos de América.

¿Pero qué dice esta ceniza? exclamarán quienes se han creído que de la derecha y ultraderecha saldrá el crecimiento económico que  aumentará el empleo y multiplicará la cuantía de los sueldos convirtiendo a los países ultracapitalistas en paraísos de bonanza y bienestar para todo ciudadano que espabile demostrando al mundo que espabilar y triunfar es privilegio de los hijos predilectos de dios, de ese dios de Calvino que beneficia a quien le da la gana y abandona a quien le parece  porque para eso es dios; un dios creado a imagen y semejanza de financieros piadosos.

Esta ceniza dice que el dios de los suizos no nos quiere. No hay que ser teólogo reformado para darse cuenta; ni siquiera economista. España, de paraíso, nada, ni ahora ni en un futuro previsible. Nuestras calles son las vías de un purgatorio gris tirando a negro por donde discurren más ancianos que jóvenes, menos niños que adultos; donde caminan los otros, unos individuos cejijuntos  de mirada errática que no saben que han muerto y que, abandonados por dios y la sociedad de la gente de bien, deambulan por un mundo que es, para ellos, la antesala del infierno al que irán a parar tarde o temprano porque, según la recta doctrina, dios no salva a los pobres.

La mayoría de los ancianos, todavía tranquilos, todavía dispuestos a premiar con sus votos al político que les garantiza mayor tranquilidad, pronto deseará que se agote la cuenta de sus días porque se habrá agotado el dinero con que le pagan la pensión que le permite una existencia digna. ¿Que dice la derecha que es mentira y que las pensiones no se bajarán mientras haya un solo político ansioso de que le voten los ancianos, ya casi mayoría en este país? Ya puede la derecha cantar Misa Pontifical que donde no hay, no hay, y el año que viene dentro de un par de meses ya no habrá para pagar lo que se paga y será necesario recortar.  Y menos habrá dentro de algunos años  cuando los jóvenes que hoy trabajan a salto de mata y donde caiga por salarios de  miseria lleguen a la edad de jubilarse sin poderse jubilar porque no habrán cotizado el tiempo establecido para poder cobrar una pensión. Y, esperando un poco más, ya no se podrán pagar pensiones ni recortándolas porque habrá más ancianos pululando que jóvenes trabajando.  Pero mientras tanto, maduritos y ancianos seguirán votando a los políticos de la derecha porque, aunque sean corruptos  –todos somos malos en el fondo, dice el dios suizo-, visten tan bien y tienen tanta pasta que es evidente que su dios les protege y por algo será. En cuanto a los políticos de la derecha, harán lo que tienen que hacer, recortar gastos sociales, porque el estado no tiene con qué pagar la sanidad y la educación a quienes no tienen dinero para curarse y educarse, ni tendría por qué hacerlo, aunque las arcas públicas estuvieran a rebosar, porque  ayudar al pobre va contra la recta doctrina del único dios verdadero, el dios de los ricos. Como decía aquel probo financiero: “Nunca doy limosna a un mendigo porque mi conciencia me impide premiar el fracaso”.

España ha fracasado. Los españoles hemos fracasado. No puede discutirse el fracaso mental y moral de un país con casi catorce millones de pobres y una cifra tal vez similar que vive temiendo caer en la pobreza, en el que unos ocho millones, en los que están revueltos los de un grupo y el otro, votan por el partido que nos ha empobrecido a todos, menos a los ricos. ¿A qué se debe ese fracaso de las facultades intelectuales que nos permiten elegir, con ciertas probabilidades de acierto,  entre los políticos que pueden hacer progresar el país o los que pueden hundirlo en la miseria? La causa no entraña tanto misterio como parece si echamos un vistazo a las circunstancias.

Los llamados padres de la Constitución concibieron en 1978 un sistema dividido en dos pisos. En el de abajo, los ciudadanos a quienes se pediría el voto para elegir a los candidatos de los partidos. En el de arriba, los políticos, enfrascados, en primer lugar,  en el bienestar de sus partidos y, en segundo lugar y a mucha distancia del primero, en aplicar al gobierno del país la política acorde, más o menos, con su ideología, siempre que las circunstancias lo permitan. Este sistema, que las consultas electorales permiten llamar democracia, es, en realidad, una oligarquía, con el poder concentrado y ejercido por un grupo de personas insertas en los partidos políticos. Los del piso de arriba, los políticos, viven de sus partidos, y los partidos viven de los votos de los de abajo, los ciudadanos que les financian. Se dirá que esto ocurre en todos los países llamados democráticos. Pero aquí, en este artículo, estoy hablando de España y no me va a desviar ni Schopenhauer.

Lo anterior puede considerarse evidencia que conocen hasta los lerdos. Lo es. Pero la tragedia política que se ha vivido en España durante casi un año y que, estando al borde del precipicio, la ha empujado a dar un paso al frente, requiere reflexionar repasando aunque uno repita evidencias.

Aquí se ha vivido una experiencia insólita, inédita en país democrático alguno. El Secretario General y candidato del partido socialista en las elecciones generales propone un programa detallado fundado en un proyecto que pretende regenerar la política y restaurar la cohesión social del país, perdida durante el gobierno de la derecha, con medidas orientadas por los valores  socialdemócratas.  Y los líderes de más influencia y poder dentro de su propio partido empiezan a cuestionarle públicamente diciendo, entre otras cosas, que el partido necesita un proyecto que no tiene. Todos sabemos lo que pasó a partir de aquí. Se ha escrito tanto sobre el asunto que una recopilación en libro de los artículos le ganaría en páginas a la Biblia. Quien quiera repasar, aquí tiene por muestra mis artículos de los últimos dos años.

Saltémonos, pues, repeticiones innecesarias para llegar al final del drama. El candidato socialista se niega firmemente a que su abstención y la de los diputados de su partido permitan el gobierno del partido de la derecha y ultraderecha que, además de haberse lucrado con dinero público, ha desprestigiado las instituciones del país y ha empobrecido a millones de ciudadanos. Ni a un Chaplin en su vena más surrealista se le hubiera ocurrido que, en la escena siguiente, las personas más influyentes del PSOE se pusieran de acuerdo para echar al candidato de la Ejecutiva y montar una gestora que obligara a todos los diputados del partido socialista a votar al PP.

Todo esta tragicomedia racionalmente inexplicable  provoca que vuelva a gobernar en España el partido que  amenaza arrastrar al país a la época franquista y, lo que es mucho peor, provoca además  el desprestigio del PSOE de modo que, de haber nuevas elecciones, quedaría relegado al penúltimo lugar, con suerte, eliminando a la socialdemocracia como alternativa.

¿Es posible que políticos curtidos del PSOE y sus protegidos hayan causado tal desastre por ignorancia o por inconsciencia?  Imposible creerlo. Solo los opinantes interesados y los seguidores de esos personajes, tal vez también interesados, pueden negarse a ver una intencionalidad evidentísima. El político dispuesto a hacer cualquier cosa para cargarse a la socialdemocracia, incluyendo cargarse a su propio partido, está rindiendo un servicio al liberalismo imperante en todo el mundo desarrollado. ¿Por qué? ¿Para qué? ¿En qué puede beneficiarles? Puesto que el miedo inoculado en la mayoría de la sociedad de todas partes, está otorgando mayorías a las derechas en todas partes, concluyen los analistas de partido que la única posibilidad de entrar en gobiernos y tocar poder que le queda al socialismo, es convertirse en un socialismo light dispuesto a entrar en coalición o a pactar con las derechas mientras intenta convencer a los ciudadanos de que su alianza  amortiguará los efectos de la política antisocial de gobiernos conservadores.

Todos estos enredos incomprensibles para el ciudadano racional causan un cierto aumento de votos de la derecha porque la derecha habla menos y manda más y ofrece cierta sensación de estabilidad.  Pero a quien más benefician  los enredos haciéndola ganadora de cualquier contienda electoral es a la abstención. Y la abstención, ¿beneficia o perjudica a los partidos?  Se dirá que según. Veamos.

Decir que la mayoría de los ciudadanos esta desencantada de la política  es poner al asunto un calificativo casi poético. La mayoría está harta, tan harta que muchísimas personas dicen que la política no les importa en absoluto y lo dicen con aire de superioridad. El interés por la política solo se le concede al político que tiene influencia, poder y que cobra por ser político. Es decir, al político profesional. Pero al político profesional se le denuesta precisamente por serlo. ¿En qué quedamos?

Quedamos en que los políticos viven en el piso de arriba y que forman un grupo que, como esos vecinos maleducados, no dan a los de abajo ni lo buenos días salvo en campañas electorales. Por otra parte, a los de abajo no les interesa lo que hacen o lo que dicen los vecinos de arriba. No les queda más remedio que soportarlos porque alguien tiene que gestionar para que marche el país, pero con una mezcla letal de sensación de  impotencia y resignación, los de abajo dejan que los políticos hagan lo que les dé la gana sin darse cuenta de que lo que les permite hacer lo que les da la gana es la indiferencia de los ciudadanos.

Los de abajo no entienden de las luchas de poder ni de las componendas de los políticos. A excepción de algunos militantes comprometidos, los asuntos del aparato y de los órganos y comisiones y comités y agrupaciones y etcéteras de los partidos, a los ciudadanos se las traen al pairo. Cuando los analistas y opinantes empiezan a soltar el rollo de los entresijos de este u otro partido, los del piso de abajo desconectan cambiando de emisora, de canal o de pensamientos. Lo mismo ocurre cuando un político responde a una entrevista con el mismo rollo.

Antes de lanzarse a hablar de sus partidos como si fueran el centro neurálgico de la nación, ¿se preguntan los políticos si eso interesa a los ciudadanos y por qué? No. Si se lo preguntaran, nos evitarían las palizas. ¿Se creen que impresionan con sus explicaciones sobre el funcionamiento de sus partidos? Impresionan tal vez a los de partidos más jóvenes que corren a complicar aún más sus organizaciones  para no ser menos; pero a los ciudadanos, no.  Y si se hicieran preguntas por el estilo, si reflexionaran sobre lo que les aleja de los ciudadanos, ¿saldrían los políticos de su paraíso para bajar a la tierra en la que sobreviven los que les pagan sus sueldos? Probablemente, tampoco. De los ciudadanos, a los políticos solo les importa el funcionamiento de un órgano de su cuerpo el día de las elecciones; les importa la mano que se dirige a coger una papeleta que puede colmar o frustrar su ambición de poder.

Entonces, ¿es cierto que a los políticos les preocupa la abstención? No tanto como dicen. Depende de los cálculos de sus analistas por ver a qué partido beneficia. La abstención es el silencio absoluto del ciudadano; su absoluta resignación, su claudicación, su abdicación a la responsabilidad de participar en el gobierno del país, algo que la mayoría de los políticos  desean y aprecian. Porque si hay algo a lo que temen los políticos casi como a la muerte, es a los ciudadanos cuando deciden dar su opinión y hacerse escuchar.

El sainete del PSOE, por ejemplo, pasa todavía  por una batalla incruenta pero no inocua en  la que los militantes exigen a los de arriba que les devuelvan la voz y el voto que les había dado el Secretario General defenestrado. Porque el pecado imperdonable de Pedro Sánchez fue intentar demoler el suelo que divide a los de arriba de los de abajo; fue, como le dijo alguno, carecer de cultura de partido.

Entonces, aún se oyen gritos. Todavía no se ha estrellado la socialdemocracia en el negro fondo en el que cayó España con la investidura de la derecha, y en el que podría yacer moribunda durante años con los países que han cedido al miedo buscando amparo en los ogros del liberalismo. Si de España salió, tan a destiempo,  un político que quiso reanimar los valores de justicia, igualdad y solidaridad de una ideología que daban por muerta; si pronunciaron cadáver a ese político, y su  voz vuelve a escucharse por los pueblos más fuerte que nunca llamando a sus militantes; si sus militantes le responden dispuestos a rescatar a España, a sus vidas, de quienes quieren acabar con sus aspiraciones más preciadas, tal vez sea precipitado y equivocado decir que nos hemos ido todos al garete.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Tranquilo, socialista, también se han cargado a España

Dicen que mal de muchos, consuelo de tontos. Pero habiéndose puesto en evidencia objetivamente y sin discusión posible la generalizada idiotificación del país, ya no queda otra que recurrir al consuelo universal para no morirnos  de asco, de vergüenza.

La parte más  poderosa de la élite socialista trabajó sin descanso durante dos años para ir eliminando a un Secretario General elegido por la militancia.  Se había presentado al Congreso con un proyecto socialdemócrata, y en la Europa del siglo XXI, la socialdemocracia es la herejía a erradicar.

Los llamados barones se pusieron a ello ahogando las campañas electorales de Pedro Sánchez con comentarios escandalosos contra su propio candidato que conseguían los mejores tiempos y las mejores páginas en todos los medios. Estaba tan bien organizada la propaganda para convencer a los votantes de que el PSOE era un partido inestable, sin proyecto, que los emergentes consiguieron arrebatarle millones de votos. A lo que la élite del aparato del PSOE reaccionó con alborozo. Pedro Sánchez consiguió consecutivamente los peores resultados de la historia del PSOE, repetían los barones como discos rallados con el entusiasmo de forofos celebrando una copa. Y llegaron las elecciones gallegas y con ellas, más de lo mismo usando de altavoz a un alcalde del PSOE de toda la vida con largo palmarés de mayoría absolutas; y más de lo mismo en Euskadi, repitiendo a todo decibelio que de autodeterminación, nada, y de federalismo tampoco porque no se sabe lo que es, y tampoco de diálogo porque no hay nada de qué hablar.  En fin, que los pesos pesados del PSOE, orientados por las vacas sagradas, hicieron al PP y a Podemos  unas campañas tan eficaces que si Pedro Sánchez no se derrumbó con todo su equipo, fue gracias a una militancia que entendió su proyecto y se esforzó por difundirlo. Pedro Sánchez no obtuvo los peores resultados; los obtuvieron quienes hicieron campaña contra él, incluyendo, por supuesto a los   de la élite socialista. Los votos que logró Pedro Sánchez, y fueron millones, sí los logró él a pesar de todos.

El miércoles  28 de septiembre  diecisiete pesos pesados dieron un golpe en la Comisión Ejecutiva para cargarse a Sánchez por las malas, ya que por las buenas era imposible. El sábado 1 de octubre remataron su trabajo logrando la defenestración de Sánchez en el Comité Federal. ¿A qué tanta prisa? Tenía prisa Rajoy por  seguir con la política de recortes y la reestructuración del país que impone la Unión Europea. ¿Qué es eso? Hacer de España un bastión del neoliberalismo donde empresarios y financieros se sientan tan a gusto invirtiendo como en Tailandia o en Bangladesh, por ejemplo. La firmeza de Pedro Sánchez con su NO es NO le estaba haciendo ganar puntos entre el electorado a pesar de la propaganda en contra de propios y extraños. Había que detenerle antes de que consiguiera inocular la esperanza socialdemócrata entre los votantes. Entonces,   ¿los pesos pesados del PSOE dieron el golpe por complacer a Rajoy y beneficiar al PP? Calumnia infame e irresponsable, dicen. El PSOE no se ha derechizado, protestan.  No hay buenos ni malos, sentencian.

Nos quieren vender como sea que los barones del PSOE echaron a Sánchez por sentido de la responsabilidad, por el bien de España y de sus ciudadanos. Vale.  ¿Y por esos propósitos tan elevados se pasaron dos años tratando de hundir a su propio partido hasta que, hartos de esperar a que Sánchez se largara por extenuación, montaron  un espectáculo para que no le cupiera duda a nadie de que el PSOE está dividido, descabezado y ya no sirve para otra cosa que para colaborar con el PP y con los amos de las grandes finanzas que mandan al PP? Hasta el más idiotizado de los idiotas de este país se ha dado perfecta cuenta de la jugada. Ya nos pueden decir misa; la mayoría dirá amén porque ya no sabe qué decir, pero ya no se cree ni el Padrenuestro. Claro que  a las grandes fortunas y grandes políticos de este país les importa un bledo que les crean o no. Una vez se me ocurrió defender las bondades de la ética ante un multimillonario de dudosa reputación. Me contestó con loable sinceridad que quienes decían de él que era un hijo de puta tenían toda la razón, pero que el hecho indiscutible era que él estaba forrado, mientras que sus detractores no tenían dónde caerse muertos.

O sea, que el pragmatismo ha logrado imponerse como doctrina, ideología, norma única de comportamiento, barriendo abstracciones como la ética, la moral,  la justicia y todo el etcétera de principios, valores e ideales que no se comen.

¿Cómo consiguieron los políticos que la sociedad española llegara a tal grado de degeneración? Empezando hace cinco años por una paulatina demolición de todas las instituciones. El PP utilizó su mayoría absoluta para demostrar a los españoles que no podían confiar en ninguno de los poderes del país, ni oficiales ni fácticos. En noviembre de 2014 escribí un artículo advirtiéndolo. Dejo aquí el enlace por si a alguien le interesa recordar el origen de la descomposición moral de los españoles que, gracias a la colaboración de los golpistas del PSOE, ahora está a punto de consumarse. Objetivo demolición. El artículo, por cierto, no tuvo demasiado éxito. Los que más éxito tienen son los que en el título prometen satisfacer el morbo con la versión política de un programa del corazón. Los españoles siguen premiando el entretenimiento y castigando a todo lo que les suene a bodrio. Ya que todos tienen que morirse, más vale  morir contentos, se debe decir esa mayoría que ha permitido con su desinterés que en los últimos cinco años los políticos, con el mazo en la mano,  nos arrastraran por los pelos a las cavernas franquistas.

Pues bien, ya casi estamos llegando. El PP hizo un trabajo impecable de demolición y las vacas sagradas del PSOE, con sus vidas muy bien financiadas por el Gran Capital, acabaron por amputar el miembro del partido afectado por la socialdemocracia para evitar que la gangrena se pudiera extender. De democracia aún queda algo, aunque más estético que otra cosa. Nos harán creer que legislan en nuestro nombre porque les votamos. Nos dejarán volver a votar, pero no sin antes someternos a la pedagogía de la propaganda hasta asegurarse de que estamos lo suficientemente idiotizados como para votar lo que quieran los más poderosos. Siempre quedarán rebeldes, revolucionarios que no acepten que los disuelvan en la masa. A esos les queda votar por un partido al que ya no le da ni vergüenza reconocerse como populista, o manifestarse en las redes, o salir a la calle en grupos organizados para exigir los derechos de las personas sin interferencias de ningún partido.

En fin, socialistas, no lloréis por un secretario general defenestrado, ni siquiera por el partido de vuestros amores. Llorad por vuestro país, por vuestros hijos y por los nietos que ni siquiera sabrán cómo era la España de ilusión y de esperanza de progreso en la que habitaban seres humanos dispuestos a esforzarse para vivir mejor. Llorad por lo que hicisteis y por lo que dejasteis de hacer para que España volviera a la época en la que los derechos y las libertades solo importaban a quienes no los tenían; la época en que la injusticia sublevó a personas como Pablo Iglesias Posse empujándole a luchar por la justicia social.  Llorad por vosotros mismos, por todos nosotros.