Piensa mal

Me van las teorías de la conspiración; entre varios motivos, porque hasta ahora me han ido muy bien para mis predicciones. Desde que me puse a publicar mi opinión sobre la situación política de España, me he dejado llevar por un refrán que repetía mucho mi madre: “piensa mal y acertarás”. No me gustaba, aunque comprendía perfectamente sus motivos. Es muy difícil conservar la ingenuidad y el optimismo cuando te ha tocado pasar la infancia en una guerra y la adolescencia en una posguerra de oscuridad y hambre. Yo pude darme el lujo de cultivar a toda costa ambas cosas comparando los recuerdos de mi madre con las circunstancias privilegiadas en las yo iba creciendo. Hasta que, con muchos años encima, me ha tocado vivir en una España decorada de modernidad, pero tan oscura y famélica en el fondo como la que tuvieron que sufrir mis antepasados. Hace años que pienso mal sobre los poderes económicos y políticos de este país, y por eso, hace años que en mis análisis y en mis predicciones, acierto.

Como dije y escribí cuando Artur Mas se convirtió de súbito a la causa independentista, el asunto olía a pacto, explícito o sobrentendido, entre Mas y Rajoy. La crisis, y sus terribles consecuencias para millones de españoles, habían desgastado a los partidos que ambos lideraban; Convergencia y Partido Popular, idénticos en ideología y desprecio a la ética. Ambos se sentían fuertes y firmes sobre los fundamentos que les proporcionaba el apoyo de los poderes económicos españoles y extranjeros, pero les fallaban las piernas cuando analizaban encuestas. Habían recortado tantos derechos a los ciudadanos y habían robado tanto que empezaron a temer la venganza de los perjudicados. Porque España seguía siendo una democracia en el sentido moderno del término, es decir, un sistema en el que a los ciudadanos se les da voto cada cuatro años, más o menos, para elegir a sus gobernantes.  Y gracias a ese único derecho garantizado, los ciudadanos pueden obligar a los de arriba a tenerles en cuenta, aunque solo sea cuando les convierten en ingredientes de la gran masa que las encuestas cocinan para informar a los que mandan cómo lo tienen para seguir mandando.

Mariano Rajoy y Artur Mas lo tenían muy mal porque lo ciudadanos ya les veían como los causantes de su desgracia. Entonces se les ocurrió, por separado o en contubernio, eso nunca lo sabremos,  la brillante idea  de montarse una traca diaria para capturar la atención de la gente desviándola del análisis de su problemas, de los culpables de su problemas y de las posibles alternativas para sustituir a los culpables de sus problemas quitándoles el poder de amargarles la vida. Ninguno de los dos se puso a trabajar para atraer votantes y recuperar a los perdidos solucionando problemas sociales. En vez de ese esfuerzo, arriesgadísimo por muchos motivos, ambos decidieron ofrecer a la gente una fiesta perpetua, una especie de batalla de moros y cristianos  interminable. Y la estrategia se ha demostrado genial.

La traca la montó en Cataluña Artur Mas con el “España nos roba, vámonos de España” y en España la montó Rajoy con el “quieren romper a España y no lo voy a permitir”. Quien repita lo que ha pasado en estos cinco años pierde el tiempo escribiendo palabras que no le va a leer ni su abuela. Estamos hartos, todos estamos hartos de oír y leer las mismas crónicas de preámbulo que acaban con las mismas conclusiones. Lo esencial, lo importante es que la traca del desafío catalán convenció a los españoles de que los problemas como la corrupción y la calidad de su vida cotidiana eran asuntos insignificantes comparados con la tragedia de que a la España inmemorial, llamada a ser eterna por la gracia de Dios, le arrancaran el miembro más importante de su aparato locomotor; mientras la traca de la independencia conseguía lo mismo en Cataluña. Daba vergüenza ponerse a pensar en recortes al bienestar social de los catalanes y en la corrupción de sus gobernantes cuando Cataluña estaba a punto de convertirse en una República que manaría leche y miel, a la que correrían a invertir las empresas más importantes del mundo y que sería reconocida  por el mundo entero como modelo de libertad y prosperidad.

Dicen los que dicen siempre lo mismo que el error más gordo de Rajoy y el PP fue la recogida de firmas contra el estatuto catalán en 2006 y utilizar su influencia en el Tribunal Constitucional para que se cargara al susodicho. Falso. Fue su mayor acierto. Esa humillación brutal a los catalanes consiguió exacerbar el sentimiento independentista aún en aquellos que no se habían dado cuenta de que ese sentimiento suele venir de fábrica. Rajoy sí se había dado cuenta y por eso lo utilizó, con pleno conocimiento de causa, para conseguir su propósito. Dije y escribí en un artículo que se publicó el 28 de junio de 2015 que Mariano Rajoy es el hombre que mejor conoce a los habitantes de este país. Ese conocimiento le permite seguir convenciendo a la mayoría de que fuera de su amparo, España no tiene salvación. Ahora menos que nunca. (Ofrezco el enlace a ese artículo al final para no interrumpir la lectura de este).

Dicen que el gran error de Mas fue unir su voz y la de su gobierno al clamor de los catalanes humillados. Falso. El apoyo del gobierno catalán con su líder mesiánico a la cabeza  hizo del independentismo una causa nacional para librarse de un estado opresor, y de la independencia, una esperanza, con el triunfo garantizado a corto plazo. A partir de aquí, Rajoy, tranquilo, más tranquilo que nunca para seguir recortando derechos y libertades a placer, y Mas, convencido de que podía seguir con su política antisocial, tan tranquilo como Rajoy. ¿Y la corrupción? Nada. En este país casi todos piensan que el que no es corrupto es porque no puede. Se puede contar con el perdón general, por lo menos a la hora de votar, que es lo que importa.  Quien diga que esa estrategia era errónea o no sabe de lo que está hablando o no se atreve a decir lo que piensa.

Hoy, casi todos los analistas políticos de casi todos los medios acusan a Rajoy de haber judicializado la política pasando a la Justicia la solución de la crisis catalana, en vez de resolver el problema políticamente mediante el diálogo. Dicen, y con razón, que eso está haciendo un gran daño a las instituciones. A las instituciones sí, pero no a Rajoy y al PP. El 23 de noviembre de 2014 escribí y se publicó un artículo en el que afirmaba que el gobierno estaba llevando a cabo una demolición de las instituciones deliberada con el objetivo de perpetuarse en el poder. (Ofrezco el enlace a ese artículo al final).

Exactamente lo mismo hicieron, en Cataluña,  el sucesor de Artur Mas  y su gobierno con idéntico objetivo. El 6 y 7 de septiembre del año pasado, la mayoría independentista se cargó el prestigio del Parlament y de paso a la democracia aprobando la ley de transitoriedad y la ley del referéndum sin tener en cuenta a la mayoría de los catalanes. A partir de ese momento, Puigdemont se instala en una autocracia donde no vale  ley alguna que no sea la promulgada por su santa voluntad convertida, por su santa voluntad también, en la voluntad de todo el pueblo de Cataluña. Los analistas hablan de esperpento, de circo, y con razón. En lo que se equivocan es en suponer que se trata de un vodevil improvisado. Tanto Puigdemont como Rajoy saben perfectamente lo que están haciendo y no mueven pieza sin haber pensado muy bien la jugada.

Todos los analistas políticos confiesan que no saben lo que va a pasar. Los españoles, catalanes incluidos, se sumen en la incertidumbre. Hay miedo en Cataluña y en el resto de España porque ya han dicho que la crisis catalana va a afectar a la recuperación económica. ¿Qué mejor panorama que el de incertidumbre y miedo para que los ciudadanos vuelvan a votar al partido que garantiza la estabilidad, por precaria que sea, y que está dispuesto a lo que sea para evitar que España se rompa? ¿Y qué mejor panorama para que los independentistas catalanes sigan votando a los únicos partidos dispuestos a luchar contra el estado opresor, cueste lo que cueste y por lo medios que sea, para conseguir, por fin, la ansiada República de Catalunya?

Yo sí creo que sé lo que va a pasar y me arriesgo a decirlo porque no tengo nada que perder. Sí investirán a un president de Junts per Catalunya, que será una marioneta de Puigdemont como Puigdemont lo fue de Artur Mas.  Sí se comprometerán, el nuevo president y su govern, a continuar con el procés. Sí seguirán dando sorpresas. Sí seguiremos dando vueltas en el mismo bucle y oyendo y leyendo en la prensa lo que vaya ocurriendo en Cataluña, mientras todas las otras noticias, juicios por corrupción incluidos, pasan a segundo lugar. ¿Hasta cuándo durará esto?  Hasta las elecciones generales. ¿Y después? Ni los meteorólogos son capaces de predecir a tan largo plazo.

¿Es o no es una estrategia genial? Tan genial, que quien piensa mal, como yo, sospecha la intervención de inteligencias superiores. Porque el asunto tiene un doble fondo. Mientras la derecha, constitucionalista e independentista, mina la democracia y pervierte los valores de la sociedad, se asegura, al mismo tiempo, de que el socialismo vaya perdiendo fuelle en España, como lo ha ido perdiendo en todos los países del primer mundo; se asegura de que el socialismo  pronto deje  de ser un peligro para la derecha y  el gran capital que la sostiene.

América y Europa se rinden ante personajes populistas que predican la salvación por la insolidaridad; que denuestan los valores humanos. Esos personajes consiguen hipnotizar a millones con discursos populacheros convenciéndoles de que esos valores buenistas han sido  la causa de todos los problemas que les afligen. La Historia enseña que las grandes crisis producen las condiciones óptimas de las que se aprovechan los oportunistas para exacerbar las peores emociones de la masa. La crisis alemana que siguió a la primera guerra mundial, por ejemplo, brindó la gran oportunidad a Hitler y a su partido.

¿Y el socialismo español, dónde está? Ese será el tema de mi próximo artículo. La crisis de Cataluña ya no da para más, como no sea para seguir distrayendo al personal que no tiene bastante con el fútbol.

Así habló Mariano, el profeta

Objetivo demolición 

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¿Independizarse de la cordura o ponerse a trabajar?

Hace años vi un documental muy curioso en el que se analizaba la conciencia humana desde los parámetros de la física cuántica. Me impresionó vivamente. De aceptar cuanto decía al pie de la letra, uno acababa deduciendo que el ser humano, como observador, puede transformar la realidad con sus elecciones; es decir, a su antojo. Esas deducciones, envueltas en un lenguaje científico, llevaban más al ámbito de la mística que al de la ciencia, pero cuando el documental se popularizó, científicos y místicos pusieron el grito en el cielo, considerando, cada cual por sus propias razones, que el material era herético. Ambos tenían razón. El asunto no tiene nada que ver ni con la física ni con la mística. Tiene que ver con la psicología, y en casos extremos, con la psiquiatría.

No es la realidad efectiva lo que nuestras elecciones transforman. Lo que transforman es nuestra percepción de la realidad. Cuando un independentista catalán dice, por ejemplo, que hoy Cataluña ya es una república independiente y que su presidente  en el exilio  fue depuesto por una potencia extranjera que ha derrocado al gobierno legítimo por la fuerza, a uno que no perciba en su misma onda se le queda la cara a cuadros. Cuando un integrista, por poner otro ejemplo, dice que imponiendo la Constitución española Cataluña recuperará la paz, la convivencia y la prosperidad de inmediato, aunque unos dos millones de catalanes se emperren en vivir en su república, a uno que no perciba en su onda se le pone el cerebro en modo escepticismo radical.

La mente humana puede crear realidades en dimensiones paralelas al espacio que perciben  los seres humanos física y mentalmente sanos. Esa capacidad de crear otro tipo de realidades no depende de elementos cuánticos; depende de la voluntad. Por eso, esas dimensiones imaginarias sólo pueden existir en el ámbito de la mente.

Cataluña es hoy una prueba dramática de la existencia en la sociedad de dos dimensiones imaginarias creadas por la voluntad de dos grupos distintos.

En una habitan los independentistas convencidos de que la voluntad basta para crear y mantener un país independiente. Bastó la voluntad de sus líderes para convencerles de que la existencia de la República de Cataluña solo dependía  de su propia elección. Y la eligieron. Y la voluntad de quienes la eligieron se convirtió, por la voluntad de sus líderes, en un mandato que obligaba a todos a respetar esa elección. El cálculo riguroso de cuántos eligieron la república independiente no se toma en cuenta porque no coincide ni con las expectativas ni con la voluntad de los líderes. Los líderes eligieron crear su realidad y eligieron creer que todo el pueblo de Cataluña elegiría  vivir en esa realidad. Los números, rotundamente objetivos, pertenecen al universo del que su voluntad ha decidido exiliarse. En la dimensión creada por los líderes del independentismo y sus seguidores, todos los habitantes de Cataluña son el pueblo que ha elegido la independencia, y quien no haya elegido la independencia no existe porque habita en otra dimensión.

En otra dimensión viven los líderes que han elegido creer en una España homogénea, sin diferencias ni fisuras. En esa realidad que sólo existe en sus mentes por la gracia de su voluntad, las diferentes etnias y culturas que habitan el país son fenómenos propios de aquellos Coros y Danzas del franquismo que tan bien reflejaban la diversidad folclórica que colorea el  territorio español. Para estos, los catalanes pueden vivir felices bailando sardanas en sus plazas lo días de fiesta, subiéndose los unos sobre los otros en esas torres humanas tan coloristas y vistosas, promoviendo su literatura en juegos florales  y con premios locales.  Por encima de ese folclorismo inofensivo, se encuentra el respeto universal a la Constitución Española; lo más serio, lo más rotundo porque es el fundamento que sostiene la nación, la única nación que es España. En la realidad de estos líderes, la Constitución no se puede modificar en lo esencial porque no se pueden modificar las esencias, y  todo lo que tenga que ver con España es esencial.  Naturalmente, es el español la lengua que debe enseñarse en todos los colegios porque todos los padres quieren que sus hijos dominen un idioma que se habla en todo el mundo. Los catalanes serán felices hablando en su lengua en privado sin que nadie se lo prohíba y los padres serán felices si no se impone a sus hijos en los colegios el estudio de una lengua minoritaria y económicamente inútil. Que la importancia de una lengua depende exclusivamente de su eficacia como vehículo de comunicación entre quienes de ella se sirven para comunicarse, es un valor que no existe en la dimensión de los defensores de la homogeneidad de España.

Para ellos, sólo tiene valor aquello que contribuya a que España sea valorada por la comunidad internacional como país solvente, serio.  Porque España es un país serio y no hay español serio que no la conciba como la conciben los líderes políticos que defienden su unidad y su homogeneidad. Y porque España es un país serio, es necesario conservar el equilibrio que garantiza la estabilidad social y que sólo se alcanza donde todos los ricos  son igual de ricos y todos los pobres, igual de pobres.

En la dimensión creada por los líderes del españolismo liberal y sus seguidores, todos los habitantes de España, o sea, todos lo que tienen derecho a llamarse Ciudadanos, quieren una España única y liberal,  y quien no la quiera así no existe porque habita en una dimensión distinta.

Pero hay una realidad que existe y persiste al margen de la voluntad de transformarla según nuestros deseos. En esa realidad inconmovible, quien infringe la ley va a la cárcel y los políticos que ignoran las necesidades de los ciudadanos se arriesgan a la derrota electoral. Es en esa realidad, la realidad real, donde habita la mayoría de los catalanes.

El catalán que vive percibiendo la realidad efectiva sin crearse ni creerse universos paralelos, pasa de independencia, de Constitución, de abstracciones; pasa de ideologías; pasa de los circunloquios con que los políticos procuran enmarañar sus discursos para no tener que decir la verdad; pasa de mentiras manipuladoras. A los catalanes que viven respetando la realidad que perciben sus sentidos y analizándola con su razón les interesan, como al resto de los españoles, los problemas concretos que tienen que ir resolviendo para vivir de la mejor manera posible. El catalán preocupado por problemas concretos quiere gobernantes que ofrezcan soluciones concretas. 

¿Y quién gobierna y gestiona la realidad; la realidad ajena a consignas, ideologías, patriotismos  y monsergas; la realidad a la que todos tenemos que enfrentarnos cada día para sobrevivir? Es lo que tendrán que decidir cinco millones y medio de catalanes el 21 de diciembre. En ese día crucial para la supervivencia de Cataluña, es decir, de nuestra casa, solo contará la cantidad. De la cantidad de quienes voten por el voluntarismo independentista o por el voluntarismo españolista liberal, dependerá que los políticos elegidos por los unos o los otros sigan obligando a todos a vivir en la dimensión imaginaria del uno o del otro hasta que todos nos estrellemos, tarde o temprano, contra la realidad real.  ¿Hay otra alternativa?

En la realidad ajena a las dimensiones imaginarias, están las propuestas del candidato Miquel Iceta. Miquel Iceta sabe, como sabemos todos, hasta aquellos que habiendo claudicado del análisis racional de las circunstancias aún conservan un resto de cordura, que en la realidad real en la que nos toca luchar a diario, nuestra casa está dividida y empobrecida porque los voluntarismos la han abandonado para ocuparse exclusivamente de la dimensión en la que cada cual eligió habitar.

Iceta sabe, como sabemos todos, que para poner nuestra casa en orden y en pie, hay que aplicar soluciones concretas a los problemas concretos que han deshecho nuestra convivencia y nuestra economía.  Sabe que la convivencia se arregla dando participación a todos, sin exclusiones, en la reconstrucción de Cataluña. Sabe que la economía de Cataluña volverá a flotar cuando los catalanes vuelvan a trabajar unidos creando una atmósfera en la que impere la sensatez, el análisis racional de la realidad y el esfuerzo por sacarle a la realidad el mejor partido. Sólo así llegará el dinero que necesitamos para reconstruirnos y volverá el que huyó de la incertidumbre causada por la irracionalidad.

Iceta sabe, como sabemos todos, aunque algunos quieran ignorarlo, que nuestra casa vive privada de la aportación de miles de catalanes que han sido expulsados a los márgenes de la pobreza por el concepto del liberalismo que prioriza el dinero sobre cualquier otra cosa; sobre cualquier persona. Iceta sabe que el dinero no se hace solo; que la creación de riqueza requiere el esfuerzo de toda la sociedad; que Cataluña no puede darse el lujo de prescindir de una parte importante de su población pagando la costosísima factura de la desigualdad.

Miquel Iceta es el candidato del Partido de los Socialistas de Cataluña. Pero sabe que la realidad real no es un territorio cruzado por dos vías de dirección única; derecha e izquierda. Y sabe que en el momento crítico en que se encuentra Cataluña no hay tiempo para regodearse en definiciones ideológicas ni para velar por intereses de partido.

Cataluña necesita que todos los catalanes despierten de sus ensoñaciones, que se levanten  con los pies firmes en el suelo y se pongan a trabajar para reconstruir lo que se ha destruido. Porque nadie puede independizarse de la realidad sin grave peligro de perder todo lo que la realidad le ha ofrecido hasta ahora y todo lo que sigue ofreciendo a quien esté dispuesto a trabajar respetando sus normas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La derrota por la división

Media España disfruta en las playas, en las montañas, aquí o en el extranjero. La otra media soporta como puede calor y penurias en sus casas agradeciendo el techo que aún les cobija, con el miedo, más o menos consciente, al día en que ya no lo tendrán. Una media ignora a la otra media. La primera, porque no es cosa de amargarse las vacaciones con problemas ajenos. La otra, porque no es cosa de agravarse su amargura pensando en lo que tienen los demás.

El principal partido de la oposición, el que podría disputar el poder a la derecha que nos gobierna con leyes inhumanas, está dividido. Una mujer que no acepta la derrota de su ambición por gobernar el Partido Socialista, se atrinchera en su feudo montando una guerrilla que desgaste al partido durante los próximos dos años para que en las próximas elecciones su Secretario General no tenga posibilidad alguna de triunfo, y su fracaso le permita a ella volver a ofrecerse para coser los harapos de un partido deshecho. Esa mujer es hoy por hoy el mejor aliado con el que cuenta la derecha para que el socialismo no le amenace el poder.

Cataluña se rompe. Un gobierno formado por un batiburrillo de grupos y personalidades independentistas que no obtuvo ni votos ni escaños suficientes para gobernar, asistido por los votos de un partido radicalmente independentista y anti sistema, se erige en defensor a las bravas de la independencia, ignorando a más de la mitad de la población que rechaza, tanto la secesión, como los métodos que el gobierno impone  para conseguirla. El govern ya no es el govern de todos los catalanes. Es el govern de los catalanes que quieren separarse de España; a los otros, que les den.

Venezuela espera en capilla a que se abra el matadero para que empiece a correr la sangre. Mientras  en Venezuela los odios se enconan y las salvajadas se multiplican, en nuestro país se invoca el nombre de Venezuela para poner etiquetas en un ejercicio de frivolidad imbécil. Venezuela, clama la derecha a tiempo y a destiempo para atacar a Podemos. Los irresponsables de Podemos, fieles a quienes les ayudaron a meterse en la política profesional, se niegan a condenar al bárbaro que, en su ambición demente por convertirse en dictador bananero,  ha empujado a la ruina a uno de los países más ricos del mundo. Venezuela, claman unos imbéciles que van de socialistas, defendiendo cualquier locura del aspirante a dictador, proclamándole defensor del socialismo a lo Cuba soviética y tratando de fascista a cualquiera que se oponga a la entronización del bruto inmaduro que quiere destruir el país. El vulgo, sin detenerse en consideraciones,  se divide entre los que defienden a la oposición venezolana porque la derecha los defiende y quienes defienden al tirano en ciernes porque los defiende la supuesta izquierda de Unidos Podemos.

Los Estados Unidos de América se descomponen. Los más ignorantes de la gran nación, defensores fanáticos de los intereses de su raza y de su credo, enemigos acérrimos de cualquiera que les dispute el privilegio de considerarse los únicos hijos de Dios, eligieron a un fanático de su tribu para gobernar los destinos del país y garantizar la supremacía de su país en el mundo. Ese fanático ha convertido a la primera potencia mundial en hazmerreír de todo el orbe y ha obsequiado a los políticos y anónimos más responsables con un motivo constante de preocupación. A nadie le cabe duda ya de que el presidente de los Estados Unidos padece un grave desequilibrio mental que pone en peligro la supervivencia del mundo entero.

¿A qué se debe esta epidemia universal de división que amenaza con desintegrar los fundamentos de la sociedad humana? El dinero colocó en los gobiernos a los defensores de la libertad sin límites para  hacer dinero; los gobiernos demolieron todos los diques que contenían la ambición de los amos del gran capital; la ambición se desbordó y los amos enloquecieron venciendo todos los escrúpulos y cualquier obstáculo que les impidiese aumentar su riqueza. No tuvieron en cuenta que, en su locura, estaban invocando a la Discordia para ofrecerle el reino de la tierra. O sí lo tuvieron en cuenta, pero no les importó.

Y fue así como la Discordia, madre de las Mentiras, del Desorden, de la Insensatez, de la Pena, del Dolor, de las Disputas, de las Batallas, de las Matanzas, de la Ruina, del Hambre  respondió a la invocación y volvió, con toda su prole,  a instalarse entre los mortales. Nunca estuvo lejos. La Discordia se alimenta de la estupidez, y estúpidos ha habido siempre.  Pero cuando en un momento dado se produce  en la tierra una superabundancia de estúpidos, la Discordia y sus hijos se desmelenan  poniendo al mundo patas arriba.

Media España disfruta en las playas, en las montañas, aquí o en el extranjero. La otra media soporta como puede calor y penurias en sus casas. A la mayoría de los que componen alguna de las dos mitades no le importa lo que pase en Cataluña ni en Venezuela ni en cualquier parte del mundo, España incluida. La mayoría no sabe quiénes  eran  la Discordia y sus hijos, no sabe de esas fantasías con que los griegos precristianos intentaban explicarse cielos y tierra sin dejar a las generaciones futuras otra tarea que la de racionalizar los productos de su imaginación. La mayoría no se pone a racionalizar cosa alguna que no sea lo imprescindible para sobrevivir, para ir viviendo en su valva con el menor esfuerzo posible. A la hora de elegir a quienes entregarán el gobierno de sus vidas durante unos cuantos años, votarán a quien mayor estabilidad les ofrezca. Si esos que prometen estabilidad la consiguen destrozando las vidas  de la mitad del prójimo, la otra mitad repite la pregunta de Caín: “¿Soy, acaso, el guardián de mi hermano?”  El mandamiento del Cristo ha caído en desuso. Difícilmente puede amar al prójimo como a sí mismo quien ha sacrificado razón, voluntad, sentimientos y emociones al culto del dinero.

El gran capital no ha logrado imponerse como amo único del mundo por la pericia financiera de sus magnates. Se ha impuesto dividiendo al género humano, mediante sus operaciones, en ricos y pobres; y dividiendo a los pobres en medio pobres, pobres excluidos de la sociedad y pobres sentenciados a morir de hambre. Hecha la división, encarga a sus medios de comunicación de masas que divulguen  urbi et orbi, con absoluta crudeza, las consecuencias de pertenecer a un grupo o al otro. El pánico a caer de categoría se apodera de los medio pobres; el pánico lanza a los excluidos a una lucha bestial por la supervivencia. Los unos y los otros se encierran en un egoísmo maligno que les ciega a todo cuanto ocurre a todos los que sobreviven a su alrededor.

Divide y vencerás, dicen que dijo Julio César y no ha habido quien quiera vencer que no le haya hecho caso.  Divide a un partido político, y ganará el contrario. Divide a la sociedad y ninguna de las partes tendrá fuerza suficiente para vencer al enemigo común. Dividiendo a la sociedad, fragmentándola en una miríada de individuos aislados e indefensos, el gran capital se ha asegurado su supremacía invencible.

Toda la España rica y poderosa disfruta en el mar o en la montaña, aquí o en el extranjero,  ajena a los problemas de quienes no pertenecen al círculo exclusivo de los ricos y poderosos. Estos también creen que lo que ocurre fuera de su círculo no les concierne. Estos creen que mientras mande el gran capital, tendrán sus privilegios garantizados; como creen los medio pobres que mientras mande el gran capital no les puede ir peor; como creen los excluidos que mientras mande el gran capital pueden seguir albergando la esperanza de que haya sobras para repartir y de que algunas les caigan por caridad.

Entonces, ¿tendremos que vivir, nosotros y nuestros descendientes, bajo la férula de los amos del dinero sin esperanza alguna de liberarnos, de integrarnos en una sociedad de seres humanos solidarios que se ayudan, los unos a los otros, a evolucionar? Suenan voces chillonas que dicen que hay que destruir el sistema. ¿Para sustituirlo por qué? Algunas de esas voces dicen que por la anarquía, vía libre al salvajismo prehistórico. Otras dicen que se tiene que imponer la dictadura de los más desfavorecidos, lo que significa la tiranía del populista que convence a los más desfavorecidos de que sin él no hay salvación. Estos gritones gesticulantes solo consiguen agravar el miedo de la mayoría, un miedo que les fuerza a preferir que  las cosas se queden como están.

Entonces, ¿no hay esperanza? Si la derrota del bien, de los valores que movieron a una mayoría sana a  luchar por una sociedad más justa y solidaria la perpetró la división, la única solución posible no puede ser más evidente: la unión. Lo único que puede derrotar al capitalismo salvaje es la unión de quienes estén dispuestos a combatirlo defendiendo los  valores y los derechos humanos.

Lo único que puede evitar la pèrdida  definitiva de los derechos y las libertades de todos es la unión del socialismo contra las consecuencias sociales del capitalismo salvaje. Hay que hacer entender a quienes dividen por intereses personales, que sus intereses están en peligro, como los de todos; que quienes dividen  debilitando al conjunto, no tienen lugar entre los que luchan por unir para vencer.

Lo único que puede evitar la derrota de todos los españoles es la unión de todos los españoles para devolver a la sociedad la dignidad que solo es posible cuando se observa una moral dirigida por la ética. Una unión que solo se puede conseguir sin miedos, sin complejos, sin falsos patriotismos, cuando todos los que se sienten auténticamente españoles abracen sin recelos, con pleno sentido de la propiedad, las culturas de todas las naciones que forman el estado indivisible que se llama España.

Lo único que puede evitar la derrota de todos los españoles es la defensa de los derechos humanos, aquí y en todo el mundo, y la condena rotunda y sin ambigüedades de la violación de esos derechos, ocurra donde ocurra, con la autoridad moral que otorga la decencia.

O nos unimos los decentes, los humanos, para combatir a los amos del capital o se nos meriendan y nos convierten en desechos. No hay otra.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Quién hundió al PSOE?

El PSOE se ha hundido en las encuestas. Esto es un hecho.

En diciembre de 2015, durante la campaña electoral, líderes destacados del PSOE acudieron a los medios de comunicación para ventilar su particular visión del país y su opinión particular sobre políticas y pactos. Sus intervenciones sonaban a lecciones magistrales impartidas desde un nivel de superioridad; nivel en el que se situaban por encima de su Secretario General y candidato, situando a Pedro Sánchez, por lo tanto,  en un nivel inferior. Esta postura de sabios que ejercen un control sobre el que se postula para asumir la presidencia del gobierno, transmitió a los votantes una idea fuerza: los líderes destacados del PSOE no confiaban en la aptitud de su propio candidato para desempeñar las tareas de gobierno. Esta campaña de esos líderes fue una contracampaña a la de su propio candidato que desbarataba sus esfuerzos por explicar su proyecto, su programa. Los medios de comunicación prefirieron destacar los problemas internos del PSOE ignorando las propuestas del PSOE para acabar con las políticas de la derecha que habían destrozado la vida de millones de personas y, por ende, la cohesión social en nuestro país.

El resultado de esta estrategia suicida fue que el PSOE obtuvo los peores resultados de su historia. La gran sorpresa, dadas las circunstancias, fue que el PSOE obtuvo más de cinco millones de votos permaneciendo como principal partido de la oposición.

Esos mismos líderes repitieron su estrategia en la campaña de junio de 2016 y en las campañas de las autonómicas de Galicia y Euskadi.

Una vez cosechados los previsibles resultados negativos en las cuatro elecciones, esos mismos líderes empezaron a reclamar la dimisión de Pedro Sánchez como único responsable de la pérdida de votos del PSOE.

Esto es un hecho.

Pedro Sánchez no se cansó de prometer a los votantes que el PSOE no permitiría bajo ningún concepto que la derecha volviera a gobernar. El 1 de octubre de 2016, el Comité Federal se desdice de  su propia decisión anterior de no abstenerse para que gobierne el PP, y el Secretario General, fiel a su compromiso con los votantes, dimite.

Libres del escollo principal que impedía que el PSOE se hiciera cómplice del gobierno de un partido acusado de corrupción que durante cuatro años había aplicado una política de austeridad contra los más débiles, la Gestora obliga a sus diputados a abstenerse para que la derecha vuelva a gobernar.

Esto es un hecho.

Es un hecho que por pactar con la derecha haciéndose cómplice de su política neoliberal, la socialdemocracia ha caído en toda Europa y, según las previsiones, seguirá cayendo en intención de voto. Entre un partido neoliberal que garantiza estabilidad y un partido socialista que va en contra de sus propios principios para apoyar a gobiernos neoliberales, la ciudadanía prefiere votar al neoliberal auténtico que a un partido que utiliza el nombre de socialista para engañar.

El socialismo es de izquierdas o no es socialismo.  Siendo de izquierdas, no puede contemporizar de ninguna manera con un gobierno que está en las antípodas de su ideología y, muchos menos utilizar los votos de los ciudadanos de izquierdas para permitir que gobierne la derecha. Cuando un líder del PSOE afirma que los problemas internos del partido no son ideológicos, está negando la diferencia entre los principios inquebrantables del socialismo y la actitud acomodaticia de un socialismo puramente nominal que no respeta los principios y valores del socialismo, pero que utiliza sus siglas para atraer el voto de los ciudadanos progresistas. El Partido Socialista Obrero Español está dividido entre quienes defienden los principios que inspiraron su fundación y quienes consideran que el nombre es solo un nombre que no tiene por qué condicionar la conducta de un político actual.

El PSOE está dividido entre una militancia y unos líderes que defienden el socialismo y unos líderes y una militancia que entienden que el PSOE debe pactar con la derecha por responsabilidad. Esto es un hecho.

De nada sirven ahora los discursos emotivos llamando a una unión imposible. Las llamadas al compañerismo por el bien del partido suenan a discurso infantil que ignora la situación crítica de millones de ciudadanos e indigna a la militancia socialista; militantes que en esos discursos perciben una intención de tomarlos por niños. A los  militantes, simpatizantes y votantes del PSOE, hoy no les mueve la necesidad de sentirse compañeros, de sentir que forman parte de un grupo. Son adultos, adultos que exigen líderes que entiendan los gravísimos problemas de millones de ciudadanos; la deriva de la sociedad hacia un individualismo egoísta, insolidario; la pérdida paulatina de los valores humanos. Líderes que entiendan esto y que, para solucionarlo, apliquen las medidas que se esperan del socialismo, tal como lo concibieron los fundadores del partido.

La dictadura, como todas las dictaduras, convirtió a los españoles en niños dependientes que a cambio de la protección paterna debían renunciar a la libertad. El miedo a perder lo que se tiene y el terror cotidiano a no tener lo necesario nos ha madurado a palos.  Hoy los militantes del PSOE no aceptan que se les exija lealtad y obediencia al aparato del partido. Exigen que el aparato del partido se ponga al servicio de la sociedad. No quieren monsergas, quieren compromiso con los valores de la izquierda hasta sus últimas consecuencias, aunque esas consecuencias supongan la pérdida de votos. Al militante del PSOE no le importa quién llega o no llega a obtener un escaño de diputado o senador y los beneficios concomitantes. Le importa que quien obtuvo un escaño trabaje por el bien común y utilice el Congreso y el Senado para difundir e imponer, pactando con partidos ideológicamente afines, políticas dictadas por la ideología socialista.

Hoy los militantes, simpatizantes y votantes  del PSOE somos adultos y estamos cabreados; tan cabreados que pasamos de discursos convencionales y no estamos dispuestos a prestar oídos a nadie que disimule la verdad echando mano de falacias y recursos retóricos. Al carajo los conceptos rimbombantes como lo de la postideología y la postverdad. En las casas se sigue necesitando comida, agua, luz, médicos, medicinas y hospitales, escuelas, institutos y universidades y una oferta cultural que no niegue a los pobres el derecho a humanizarse. Si esto lo dijera un político, le acusarían de demagogia. Pero esto lo dicen los ciudadanos hartos de los juegos florales de los políticos y de los opinantes con voz pública.

No es cierto que en el PSOE caben todos. Los que no estén dispuestos a defender los principios y valores del socialismo por encima de todo no caben, porque hunden.  

En fin, que en román paladino, lo que quiere el militante, simpatizante y votante de izquierdas es que los líderes del PSOE que por responsabilidad o cualquier otra cosa ajena a los intereses de los ciudadanos estén dispuestos a contemporizar como sea con el partido neoliberal, se vayan a centrarse en otro partido o funden uno nuevo de centro que les permita ir de aquí para allá sin traicionar a nadie. Y si, por las razones que sean, no se quieren marchar; y si es cierto que tanto les importa volver a unir al partido que ellos mismos dividieron, los militantes, simpatizantes y votantes del PSOE que exigen del PSOE lealtad con los principios y valores del Partido Socialista Obrero Español les están exigiendo que respeten los principios y valores socialistas y dejen de incordiar.

 

El túnel

Publicado en Pulicoscopia el 24 de junio de 2014

 

Dice Rajoy que ya estamos saliendo del túnel. Por fin.Y al final, ¿qué hay? Hace dos años, lo  vi así.

 

El túnel

Estamos viendo la luz al final del túnel, dicen los que mandan, repiten los que repiten lo que mandan repetir los que mandan. Pasen la voz. Que vuelva a encenderse la esperanza entre la multitud que se apretuja en la oscuridad. Ya falta poco para llegar a la luz. ¿Qué luz? A la luz que ya se vislumbra al final del túnel.

Nos fueron metiendo en el túnel poco a poco. Los primeros en llegar tenían espacio para caminar hacia adelante con la esperanza de encontrar la salida. Empezaron a caminar. El túnel era un castigo para unos cuantos por haber vivido por encima de sus posibilidades. Los castigados reconocían su culpa y aceptaban su castigo con vergüenza, sin armar bulla para no hacerse notar: para salir de allí rehabilitados, curados para siempre de su insensatez; para que nadie les recordara nunca que habían tenido que pasar por el túnel.

Pero el túnel era largo, largo. No se le veía el fin.  Algunos empezaron a caer por el camino sin que nadie se detuviera para ayudarles a  levantarse. No se podían detener. Tenían que seguir adelante para no caer y ser arrollados por los que iban entrando; una multitud cada vez más numerosa, miles de seres grises que caminaban hacia adelante cegados por la oscuridad, empujando, pisando, sordos a los lamentos de los que iban cayendo. Ya no importaba encontrar el final, solo importaba seguir caminando para no caer y ser pisoteados y quedarse para siempre en el lodo negro. Ya no eran miles, eran millones que  avanzaban con lentitud hasta quedarse  atascados, estirando el cuello para respirar, con los ojos ciegos fijos en un final imaginario que tal vez no existía. De pronto alguien rompió el silencio y la voz fue pasando de un oído a otro. Algunos habían encontrado la luz, decía; algunos estaban saliendo. ¿Adónde? A un mundo distinto, a un mundo nuevo.

Las mayores eminencias de las finanzas se habían unido para concebir y diseñar un mundo feliz. ¿Cómo el de la novela de Aldous Huxley que lleva ese título en español? Sólo en el fondo. Puede que de ella sacaran el concepto de la felicidad, aunque también pudieron inspirarse en la conocida sentencia: “No es feliz quien más tiene sino quien menos necesita”. Los genios de las finanzas no tenían la intención de perderse en complejidades. Pareciéndoles evidente que la felicidad se basaba en la conformidad,  se propusieron crear un mundo en el que cada cual pudiese vivir libre de la angustia que causan el deseo y la necesidad de competir; en el que cada cual tuviese que vivir conforme con su destino sin deslomarse escalando para acceder a un destino superior. ¿Pero cómo lograrlo cuando a la mayoría se la había programado durante décadas para que necesitara cada vez más cosas, para que viviera en perpetua lucha contra el vecino por conseguir más y mejor, para que creyera en una justicia universal que a todos otorgaba la justa recompensa por sus esfuerzos?  Habría que desprogramar a la mayoría e introducir en sus mentes un programa nuevo; cambiar, cambiarlo todo, empezando por las costumbres para sustituirlas por nuevos hábitos que a su vez se encargaran de modificar las ideas acabando con cualquier tipo de contestación.

La consigna había recorrido el universo de las finanzas reducida a una sola palabra: cambio; crisis, para que se entendiera en griego y en latín. Crisis, para que, repetida a todas horas en los cuatro confines de la tierra, la palabra penetrara a través del oído como un gusano abriéndose paso hasta el cerebro. Crisis.  ¿Pero en qué consistía el cambio, la nueva programación que debía dar lugar al mundo nuevo?

Los genios financieros se habían reunido con los políticos para explicarles los detalles y comunicarles con rotundidad que solo se permitiría gobernar a  quienes se comprometieran a implantar el cambio. Quienes mostraron su disconformidad quedarían apartados del poder. No sería necesario silenciarlos con métodos violentos. Para arrinconarlos, bastaría aplicar una propaganda bien diseñada de acuerdo a los principios de aquel ministro genial que consiguió transformar la ética y la moral de  Alemania en los años gloriosos del Tercer Reich. Después de la programación, la mayoría, transformada por el pánico, ignoraría cualquier voz que la llamara a la aventura. La mayoría no querría otra cosa que estabilidad.

Y nos metieron en el túnel. Y empezamos a perder por el camino, primero, lo que sobraba, luego lo que creíamos esencial. Pero seguíamos caminando. Lo único esencial era la supervivencia y se podía sobrevivir sin libertad, sin derechos, sin dignidad, con casi nada. Y seguimos, seguimos, aún cuando casi habíamos perdido la esperanza.

Ahora parece que la esperanza vuelve. Ya se ve la luz al final del túnel, repiten cada vez más voces. Es la nueva consigna. Ya se ve la luz. Estamos saliendo, algunos ya han salido, saldremos. ¿Adónde?

Saldremos cambiados, renovados, a la luz de un mundo nuevo en el que ya no tendremos nada de lo que creíamos esencial, pero tampoco nos hará falta. Ahora ya hemos aprendido, sabemos que lo único esencial es la supervivencia. Si conseguimos salir, ¿qué importa lo que tengamos que hacer, a lo que tengamos que renunciar? Nada puede ser peor que volver al túnel, a caminar en la oscuridad con peligro de caer y quedarse para siempre en el lodo negro.

Shakespeare quiso que uno de los personajes de La tempestad, una joven criada en una isla desierta que sólo había visto en su vida a dos  hombres y algunos espíritus, exclamara al ver llegar a la isla a unos marineros borrachos: “¡Oh maravilla! ¡Cuántas criaturas grandiosas! ¡Qué hermosa es la humanidad! ¡Oh insólito nuevo mundo en el que vive gente así!” Aldous Huxley tomó el último verso como expresión de la máxima ironía para dar nombre a su  utopía inhumana. “Brave new world”, exclama un personaje marginado cuando contempla un mundo de seres de apariencia humana a los que se ha programado para no pensar ni desear; para trabajar para los seres de rango superior a cambio de la supervivencia. Desde la primera traducción al español, el título se convirtió en “Un mundo feliz”. ¿Feliz? ¿Por qué no? Los que entraron en el túnel siendo niños verán la luz con la alegría con que la joven de La Tempestad descubría a los borrachos.

Ya son millones los que se han librado del esfuerzo de comunicar sus pensamientos. Las palabras se acortan. El ruido hace el habla innecesaria.  ¿Para qué hablar si nadie escucha? Ya son millones los que trabajan por lo que les quieran pagar. ¿Qué más da si el vecino es igual de pobre y ya no puede haber envidia que obligue a presumir?  Ya son millones los que han dejado de quejarse de las mentiras y de la corrupción de los seres de rango superior. Son ellos los que garantizan la estabilidad, el fútbol, los toros, las procesiones, las fiestas. Ya no se quejan de los curas. Sin curas no hay bodas ni bautizos ni comuniones.

Los genios de las finanzas sonríen con satisfacción en sus mundos de lujo. La programación ha sido un éxito. Se ha librado a los inferiores de la tensión por superarse, de pagar impuestos para imponer una igualdad injusta. Los hombres no son iguales, no pueden serlo. Siempre ha habido una élite de hombres superiores por su inteligencia y por el entorno en el que han crecido. En realidad, el mundo que ha conseguido imponer la sensatez de las mentes privilegiadas no es tan nuevo. Es el mundo de siempre, el que había antes de que el socialismo introdujera el disparate de la igualdad.

 

Por encima de doctrinas y consginas

Buen sábado, amigos. Para mí ha empezado buenísimo gracias a un hombre excepcional, Marcos Ana. Me lo trajo la Cadena Ser en su matinal “A vivir que son dos días”. El preso que sufrió más larga condena en las cárceles de Franco, 23 años, tiene  ahora 93 y una lucidez extraordinaria a cualquier edad. Habló de su vida, guerra y cárcel, de su presente y su futuro como si la limitación del tiempo no fuera con él. Porque con él no van las cosas que amargan tantas vidas; el odio y el rencor, por ejemplo. Se llama comunista, pero su corazón y sus emociones trascienden los conceptos y argumentos doctrinales. Su comunismo es la fe en una sociedad utópica sin clases, sin guerra, con un  mismo sol alumbrando a todos por igual. En un momento dado, el entrevistador le preguntó qué sentía por el partido socialista actual, si estaba decepcionado. Su respuesta fue de una coherencia asombrosa por lo inusitada. Se negó a entrar en la crítica a la que intentaba llevarle el entrevistador. Tal vez le gustaría que el partido socialista fuera más radical, dijo, pero dijo también que comunistas y socialistas debían unirse para conseguir juntos una sociedad igualitaria.

La realidad de un mundo inhumano privó A Marcos Ana de su juventud, pero no pudo degradar su espíritu. Marcos Ana se convirtió en un poeta que siguió y sigue luchando por su utopía sin haber cedido ni un palmo a la desesperanza a pesar de la monstruosa mediocridad que hoy intenta aplastar todos los sueños. Su voz, en un día cualquiera de estos tiempos tan negros, sigue animándonos como animaba a sus compañeros de prisión a no rendirse.