La derrota por la división

Media España disfruta en las playas, en las montañas, aquí o en el extranjero. La otra media soporta como puede calor y penurias en sus casas agradeciendo el techo que aún les cobija, con el miedo, más o menos consciente, al día en que ya no lo tendrán. Una media ignora a la otra media. La primera, porque no es cosa de amargarse las vacaciones con problemas ajenos. La otra, porque no es cosa de agravarse su amargura pensando en lo que tienen los demás.

El principal partido de la oposición, el que podría disputar el poder a la derecha que nos gobierna con leyes inhumanas, está dividido. Una mujer que no acepta la derrota de su ambición por gobernar el Partido Socialista, se atrinchera en su feudo montando una guerrilla que desgaste al partido durante los próximos dos años para que en las próximas elecciones su Secretario General no tenga posibilidad alguna de triunfo, y su fracaso le permita a ella volver a ofrecerse para coser los harapos de un partido deshecho. Esa mujer es hoy por hoy el mejor aliado con el que cuenta la derecha para que el socialismo no le amenace el poder.

Cataluña se rompe. Un gobierno formado por un batiburrillo de grupos y personalidades independentistas que no obtuvo ni votos ni escaños suficientes para gobernar, asistido por los votos de un partido radicalmente independentista y anti sistema, se erige en defensor a las bravas de la independencia, ignorando a más de la mitad de la población que rechaza, tanto la secesión, como los métodos que el gobierno impone  para conseguirla. El govern ya no es el govern de todos los catalanes. Es el govern de los catalanes que quieren separarse de España; a los otros, que les den.

Venezuela espera en capilla a que se abra el matadero para que empiece a correr la sangre. Mientras  en Venezuela los odios se enconan y las salvajadas se multiplican, en nuestro país se invoca el nombre de Venezuela para poner etiquetas en un ejercicio de frivolidad imbécil. Venezuela, clama la derecha a tiempo y a destiempo para atacar a Podemos. Los irresponsables de Podemos, fieles a quienes les ayudaron a meterse en la política profesional, se niegan a condenar al bárbaro que, en su ambición demente por convertirse en dictador bananero,  ha empujado a la ruina a uno de los países más ricos del mundo. Venezuela, claman unos imbéciles que van de socialistas, defendiendo cualquier locura del aspirante a dictador, proclamándole defensor del socialismo a lo Cuba soviética y tratando de fascista a cualquiera que se oponga a la entronización del bruto inmaduro que quiere destruir el país. El vulgo, sin detenerse en consideraciones,  se divide entre los que defienden a la oposición venezolana porque la derecha los defiende y quienes defienden al tirano en ciernes porque los defiende la supuesta izquierda de Unidos Podemos.

Los Estados Unidos de América se descomponen. Los más ignorantes de la gran nación, defensores fanáticos de los intereses de su raza y de su credo, enemigos acérrimos de cualquiera que les dispute el privilegio de considerarse los únicos hijos de Dios, eligieron a un fanático de su tribu para gobernar los destinos del país y garantizar la supremacía de su país en el mundo. Ese fanático ha convertido a la primera potencia mundial en hazmerreír de todo el orbe y ha obsequiado a los políticos y anónimos más responsables con un motivo constante de preocupación. A nadie le cabe duda ya de que el presidente de los Estados Unidos padece un grave desequilibrio mental que pone en peligro la supervivencia del mundo entero.

¿A qué se debe esta epidemia universal de división que amenaza con desintegrar los fundamentos de la sociedad humana? El dinero colocó en los gobiernos a los defensores de la libertad sin límites para  hacer dinero; los gobiernos demolieron todos los diques que contenían la ambición de los amos del gran capital; la ambición se desbordó y los amos enloquecieron venciendo todos los escrúpulos y cualquier obstáculo que les impidiese aumentar su riqueza. No tuvieron en cuenta que, en su locura, estaban invocando a la Discordia para ofrecerle el reino de la tierra. O sí lo tuvieron en cuenta, pero no les importó.

Y fue así como la Discordia, madre de las Mentiras, del Desorden, de la Insensatez, de la Pena, del Dolor, de las Disputas, de las Batallas, de las Matanzas, de la Ruina, del Hambre  respondió a la invocación y volvió, con toda su prole,  a instalarse entre los mortales. Nunca estuvo lejos. La Discordia se alimenta de la estupidez, y estúpidos ha habido siempre.  Pero cuando en un momento dado se produce  en la tierra una superabundancia de estúpidos, la Discordia y sus hijos se desmelenan  poniendo al mundo patas arriba.

Media España disfruta en las playas, en las montañas, aquí o en el extranjero. La otra media soporta como puede calor y penurias en sus casas. A la mayoría de los que componen alguna de las dos mitades no le importa lo que pase en Cataluña ni en Venezuela ni en cualquier parte del mundo, España incluida. La mayoría no sabe quiénes  eran  la Discordia y sus hijos, no sabe de esas fantasías con que los griegos precristianos intentaban explicarse cielos y tierra sin dejar a las generaciones futuras otra tarea que la de racionalizar los productos de su imaginación. La mayoría no se pone a racionalizar cosa alguna que no sea lo imprescindible para sobrevivir, para ir viviendo en su valva con el menor esfuerzo posible. A la hora de elegir a quienes entregarán el gobierno de sus vidas durante unos cuantos años, votarán a quien mayor estabilidad les ofrezca. Si esos que prometen estabilidad la consiguen destrozando las vidas  de la mitad del prójimo, la otra mitad repite la pregunta de Caín: “¿Soy, acaso, el guardián de mi hermano?”  El mandamiento del Cristo ha caído en desuso. Difícilmente puede amar al prójimo como a sí mismo quien ha sacrificado razón, voluntad, sentimientos y emociones al culto del dinero.

El gran capital no ha logrado imponerse como amo único del mundo por la pericia financiera de sus magnates. Se ha impuesto dividiendo al género humano, mediante sus operaciones, en ricos y pobres; y dividiendo a los pobres en medio pobres, pobres excluidos de la sociedad y pobres sentenciados a morir de hambre. Hecha la división, encarga a sus medios de comunicación de masas que divulguen  urbi et orbi, con absoluta crudeza, las consecuencias de pertenecer a un grupo o al otro. El pánico a caer de categoría se apodera de los medio pobres; el pánico lanza a los excluidos a una lucha bestial por la supervivencia. Los unos y los otros se encierran en un egoísmo maligno que les ciega a todo cuanto ocurre a todos los que sobreviven a su alrededor.

Divide y vencerás, dicen que dijo Julio César y no ha habido quien quiera vencer que no le haya hecho caso.  Divide a un partido político, y ganará el contrario. Divide a la sociedad y ninguna de las partes tendrá fuerza suficiente para vencer al enemigo común. Dividiendo a la sociedad, fragmentándola en una miríada de individuos aislados e indefensos, el gran capital se ha asegurado su supremacía invencible.

Toda la España rica y poderosa disfruta en el mar o en la montaña, aquí o en el extranjero,  ajena a los problemas de quienes no pertenecen al círculo exclusivo de los ricos y poderosos. Estos también creen que lo que ocurre fuera de su círculo no les concierne. Estos creen que mientras mande el gran capital, tendrán sus privilegios garantizados; como creen los medio pobres que mientras mande el gran capital no les puede ir peor; como creen los excluidos que mientras mande el gran capital pueden seguir albergando la esperanza de que haya sobras para repartir y de que algunas les caigan por caridad.

Entonces, ¿tendremos que vivir, nosotros y nuestros descendientes, bajo la férula de los amos del dinero sin esperanza alguna de liberarnos, de integrarnos en una sociedad de seres humanos solidarios que se ayudan, los unos a los otros, a evolucionar? Suenan voces chillonas que dicen que hay que destruir el sistema. ¿Para sustituirlo por qué? Algunas de esas voces dicen que por la anarquía, vía libre al salvajismo prehistórico. Otras dicen que se tiene que imponer la dictadura de los más desfavorecidos, lo que significa la tiranía del populista que convence a los más desfavorecidos de que sin él no hay salvación. Estos gritones gesticulantes solo consiguen agravar el miedo de la mayoría, un miedo que les fuerza a preferir que  las cosas se queden como están.

Entonces, ¿no hay esperanza? Si la derrota del bien, de los valores que movieron a una mayoría sana a  luchar por una sociedad más justa y solidaria la perpetró la división, la única solución posible no puede ser más evidente: la unión. Lo único que puede derrotar al capitalismo salvaje es la unión de quienes estén dispuestos a combatirlo defendiendo los  valores y los derechos humanos.

Lo único que puede evitar la pèrdida  definitiva de los derechos y las libertades de todos es la unión del socialismo contra las consecuencias sociales del capitalismo salvaje. Hay que hacer entender a quienes dividen por intereses personales, que sus intereses están en peligro, como los de todos; que quienes dividen  debilitando al conjunto, no tienen lugar entre los que luchan por unir para vencer.

Lo único que puede evitar la derrota de todos los españoles es la unión de todos los españoles para devolver a la sociedad la dignidad que solo es posible cuando se observa una moral dirigida por la ética. Una unión que solo se puede conseguir sin miedos, sin complejos, sin falsos patriotismos, cuando todos los que se sienten auténticamente españoles abracen sin recelos, con pleno sentido de la propiedad, las culturas de todas las naciones que forman el estado indivisible que se llama España.

Lo único que puede evitar la derrota de todos los españoles es la defensa de los derechos humanos, aquí y en todo el mundo, y la condena rotunda y sin ambigüedades de la violación de esos derechos, ocurra donde ocurra, con la autoridad moral que otorga la decencia.

O nos unimos los decentes, los humanos, para combatir a los amos del capital o se nos meriendan y nos convierten en desechos. No hay otra.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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La hora de los pringados

Y bien, no hay bruto tan bruto que no haya descubierto a estas alturas que en España, los pringados hemos estado trabajando, unos como profesionales y otros como peones, para mantener a políticos que han vivido a costa nuestra permitiéndose lujos que los sin-poder jamás nos podremos permitir.

Todos aceptábamos con más o menos resignación pagar los sueldos de los cargos altos, medianos y menores elegidos por nosotros para gestionar el país; todos aceptábamos subvencionar a los partidos para que pudieran mantener su cotarro y ofrecernos, cada cuatro años, modos de mejorar nuestra vida. Si queremos democracia, hay que mantener a políticos y partidos; no hay otra.

Pero he aquí que la acción de la Justicia nos revela de pronto que ni los políticos ni los partidos se han conformado con las subvenciones, sueldos y privilegios que les pagábamos por ley. Sin vergüenza, sin reparo, sin decencia, políticos y partidos nos han estado robando durante años el dinero que con gran esfuerzo entregábamos al fisco, confiando ingenuamente en que se nos devolvería en servicios  públicos.

Se ha tenido que montar en una universidad todo un equipo de investigación para hacer una auditoría que permita dar una suma fidedigna de todo el dinero que nos han robado en los despachos y despachitos de los politicastros de toda España.  Son miles de millones. Los miles de millones que recortaron a la educación, a la sanidad, a los sueldos de los funcionarios, a los pensionistas, a las mujeres cuya vida depende de la protección de los policías y los jueces, a los policías, a los jueces. Mientras los políticos se desplazan en coches oficiales y acuden tranquilamente a eventos públicos sabiéndose protegidos por sus guardaespaldas, las mujeres amenazadas de muerte por tipos infrahumanos salen a la calle con miedo a encontrarse en cualquier esquina con el puñal asesino. No hay dinero para protegerlas. Las mujeres a quienes tipos infrahumanos han amenazado con matar a sus hijos, tienen que entregar los hijos al asesino en potencia porque así lo ha decidido un juez; porque no ha habido dinero para dotar a la justicia con los medios necesarios para salir de su estancamiento decimonónico; porque los políticos no han querido regenerar a la Justicia para no poner en peligro su impunidad. En peligro están mujeres, niños, enfermos crónicos, familias sin empleo y sin subsidios, ancianos sin asistencia. Sus vidas no valen lo mismo que el bienestar de los psicópatas que utilizan la política para robar.

Nos han robado miles de millones mientras un cuarto de la población caía y sigue cayendo en las cunetas de la pobreza; mientras millones de niños se enfrentan a un futuro de pobreza a perpetuidad heredada de sus padres. Nos han robado miles de millones para comprarse casas, coches; para pagarse viajes, hoteles, comidas, putas.

Y hay brutos tan brutos en este país que, siendo de la clase de los pringados, han seguido votando al partido que más les ha robado. ¿Por qué? Porque es tal el desbarajuste que exhiben los otros partidos, que los pobres no saben a quién votar. ¿Qué el Partido Popular es malo? Pocos se atreven a negarlo. Pero es malo conocido, y ya lo dice el dicho. Más vale un presidente que no se inmuta aunque le rodeen volcanes a punto de erupción, que otro que pueda poner el país patas arriba tras haberlo lanzado de cabeza a un precipicio.

¿Quién vota por Unidos Podemos? Los que están tan hartos que ven un ventanuco a la liberación si se lían la manta a la cabeza. Este triste país ha estado siempre lleno de  gente tan apaleada por la vida que ya no le importa lanzarse a la aventura como último recurso. Alguno consigue derrotar a la adversidad, pero la mayoría se estrella  en el intento. El muro de la realidad no se aparta  para que no se la pegue el que camina sordo y ciego. De todos modos, a nadie se le puede negar bajo ningún concepto el derecho a pegársela. Lo malo es cuando millones deciden arriesgarse poniendo en peligro la estabilidad de todos los demás. No todos tienen espíritu aventurero y nadie tiene derecho a imponer a otro que renuncie a la reflexión. El histrionismo de Pablo Iglesias y los espectáculos que monta Unidos Podemos para hacerse notar, se agradecen. Dotan de cierto morbo a una vida política que resulta insoportablemente tediosa. Pero lo mejor es que pueden disfrutarse  sin miedo a que Pablo Iglesias y los suyos puedan llegar al gobierno, dejándonos a todos medio vivos como los que luchan a lo bestia por sobrevivir en otros países destrozados por el mismo tipo de aventuras. Afortunadamente, los que se lían la manta a la cabeza siguen siendo minoría  en este país.

¿Quién vota por Ciudadanos? Aquellos a quienes les da apuro votar al Partido Popular. Total, parece que son del mismo credo, pero Ciudadanos no huele tan mal como el PP.

¿Y quién vota al PSOE? Cada vez menos. Los gobiernos de Felipe González terminaron tan sucios o más que los del PP que hoy nos escandalizan. Hubo en ellos políticos que robaron para aumentar su propio peculio y otros que robaron para el partido porque ya se sabe que el poder de un partido es directamente proporcional al dinero que se pueda gastar.  Perdió González ante Aznar y dijo al partido y a los ciudadanos, “Ahí os quedáis”. Tenía toda una vida profesional por delante. Zapatero ganó las elecciones a Aznar porque  un golpe brutal de la mala suerte reveló a los ciudadanos hasta qué punto el gobierno era capaz de mentir. Todo empezó tan bien que parecía demasiado bueno para ser verdad. Y el dicho se cumplió en todo su apabullante pesimismo. Zapatero terminó su última legislatura haciendo méritos para que le nombraran candidato a las siguientes elecciones por el Partido Popular. Leyes como la de dependencia, memoria histórica, igualdad, violencia de género y otras se quedaron en engañifas por falta de fondos. Los fondos ya se los estaban llevando a casa muchos del PP y algunos del PSOE. ¿Zapatero no sabía nada? En este país nadie sabe nada que no le convenga saber.

Entonces, ¿no habrá quién nos libre de la pesadilla del PP? ¿Seguiremos tras quienes nos esquilman económica y moralmente como ovejas a las que llevan al matadero? ¿Es que a los pringados de este país ya no les queda ni la esperanza de convertirse en ciudadanos de una democracia, con derecho a exigir respeto a los políticos  cuyo salario pagan con su trabajo?

El 21 de mayo los militantes del PSOE elegirán a su Secretario General. El partido está hoy dividido en dos bandos: quienes se negaron a permitir el gobierno del PP y quienes violentaron todo lo imaginable para conseguir que los diputados del PSOE se abstuvieran para permitir el gobierno del PP. En el fondo no hay más. En la forma, lo que hay es esperpéntico.

Los compromisos de Felipe González con grandes empresarios, financieros y empresas multinacionales le obligaron a utilizar toda su influencia en el partido para librarse de Pedro Sánchez. Sánchez no solo se negaba a una gran coalición con el PP que las altas instancias económicas y políticas de Europa contemplaban como el escenario que tan bien les había servido en Alemania; Sánchez se negaba a pactar con Rajoy; Sánchez se negaba a permitir con la abstención del PSOE que España volviera a caer bajo la férula de un partido inhumano e indecente.  Lo que vino después sobra. Lo sabemos todos. Importa lo que ahora está ocurriendo.

González y las élites del partido ponen a Susana Díaz a dar la cara para evitar que  Pedro Sánchez recupere la Secretaria General devolviendo el partido a sus orígenes socialdemócratas. No hace falta programa, creen. No hace falta que Susana Díaz haga grandes esfuerzos por memorizar un argumentario bien trabado que convenza a los militantes de su idoneidad como líder del partido y luego candidata a la presidencia del gobierno. Los pringados saben que tras ella están los notables del partido. Basta hacerles creer que votar por ella será como votar por el mítico Felipe; será volver a votar con el triunfo asegurado; será votar con el entusiasmo de aquellos pringados que celebraban los triunfos de sus candidatos socialistas, también conocidos en aquella época como la beautiful people.  Susana Díaz, bien maquillada porque ya se sabe que España es machista, repite lo que le han dicho que repita; que va a ganar. Habla de amor, de entrega, de unión fraternal empezando las frases con un pianísimo sugerente que poco a poco va creciendo hasta llegar a un clímax de gritos aplaudidos por el respetable. Eso, repetido en todas partes porque a martillazos se hunde el clavo, y promocionado en los medios más importantes, todos ellos grandes empresas interesadas también en conservar el statu quo, hará que Susana gane de calle. Luego será cosa de convencer a los pringados de todo el país para que la voten en unas elecciones generales. En esas no ganará, pero podrá quedar en segundo lugar, lo que haría posible en España el esplendoroso milagro de la gran coalición con el PP por el que suspira toda la derecha europea.

El día 21 llegará la hora de los pringados; la hora en que los pringados militantes del PSOE dirán en las primarias si ya han sucumbido a la resignación, como los pringados que siguen votando al PP, o si, por el contrario, están dispuestos a votar por un programa dictado por la esperanza de devolver a este país un gobierno que gestione los recursos para el bienestar de los ciudadanos. El día 21 serán los pringados los que decidan si están dispuestos a dejarse engañar por enésima vez o si dan el voto a uno que sacrificó su carrera política por no faltar a su palabra dada a militantes y votantes.

Dicen que el ejemplo de los políticos se contagia a toda la sociedad. El día 21, los pringados militantes del PSOE podrán demostrar si se han contagiado por la miasma que desprenden los políticos corruptos   y los que ejercen la política velando exclusivamente por los intereses de sus partidos sin cumplir con quienes les pagan, o si se han dejado contagiar por la esperanza de regenerar la vida política y social de este país avalando las propuestas socialdemócratas de Pedro Sánchez.

El día 21 los políticos tendrán que callar. Será la hora de los pringados.

 

 

A la trituradora

El 1 de octubre de 2016 unos señores del PSOE se cargaron al PSOE. Omito los nombres para ahorrar espacio porque los conocemos todos. No hay encuesta de intención de voto que hoy no sitúe al que fue partido gobernante o primer partido de la oposición durante treinta y cinco años en tercer o cuarto lugar. La portavoz de los demoledores,  Susana Díaz, hoy recorre España prometiendo reconstruir el partido y llevarle al triunfo electoral.  Su discurso conmueve. Es como el de una niña que hubiera escacharrado un jarrón de valor incalculable y fuera gimiendo por toda la casa, con un tubo de pegamento en la mano: “No me castiguéis. Yo lo voy a arreglar”. Pero los adultos saben que el jarrón tardaría años en arreglarse aunque de ello se ocupara un equipo de los mejores restauradores.

La realidad es que a ningún político con poder de este país le interesa restaurar al PSOE, y menos que a ninguno, a quienes destrozaron el partido a golpes dejándole casi noqueado aquel 1 de octubre y rematándole unos días después en el discurso de investidura de Mariano Rajoy. Cada uno de los diputados que ese día se levantaron del escaño para decir “abstención” sabía que la palabra significaba una sentencia de muerte. ¿Por qué lo hicieron? Unos porque creían en la palabra de la que les había prometido “Esto lo arreglo yo”, y no era cosa de arriesgar cargo y sueldo contrariando a quienes tenían el poder de garantizarles ambos. Otros, porque estaban convencidos de que era necesario destruir al PSOE porque, como Cartago, la socialdemocracia en España constituía una amenaza permanente contra el Imperio, el imperio de los poderes fácticos de la España eterna. ¿Pero es posible que fueran los mismos próceres del PSOE los que decidieran destruir el partido? ¿Por qué?

A Felipe González le permitieron llegar al poder porque se comprometió a no tocar a los intocables. Y no los tocó. Para que pudiera encandilar a la plebe con un triunfo, le permitieron cobrarse la cabeza de Ruíz Mateos, un advenedizo a quien los patricios no podían ver. Y le dejaron ofrecer escuela pública, mientras  no incordiara a las concertadas. Y no las incordió. Y abrigar en su seno a intelectuales ateos y agnósticos mientras no tocara los acuerdos con la Santa Sede. Y tampoco los tocó. Cuando Felipe González salió de La Moncloa, le llevaron en coche con chófer a un nuevo destino que le garantizaba ingresos a pedir de boca  y la intocabilidad perpetua  siempre y cuando no los utilizara contra los intocables de siempre. Hasta el día de hoy, Felipe González, bien entrenado por sus años de brega,  ha cumplido sus compromisos con los neoliberales sin faltar.

Cuando un golpe aciago de la suerte llevó al poder a José Luis Rodríguez Zapatero, creyeron él y los suyos que los votos daban manos libres para hacer lo que quisieran. Los intocables no tardaron en llamarle a capítulo. Vale lo  de los homosexuales; son pocos y gastan mucho. Vale lo de la memoria histórica, que suena muy bien, pero ni un céntimo del estado para desenterrar huesos y nada de sacar papeles viejos que pudieran comprometer la memoria de los cuarenta años gloriosos que transformaron a España en modelo de virtudes. Zapatero no quiso o no se atrevió a mancillar ese recuerdo. Para hacerse perdonar veleidades socialistas, le subió a la Iglesia lo que cobraba del estado, de nosotros. Pero faltaba algo más, una demostración de que también estaba dispuesto a respetar los intereses de los intocables financieros. Para apaciguarles, Zapatero tuvo que promulgar una reforma laboral pro empresarios. Cuando Zapatero salió de La Moncloa, ni Franco le hubiera visto el rojo por ninguna parte.

Todo iba bien en un PSOE que aún tenía votos suficientes para  repartir cargos a los más importantes manteniendo el orden en la pajarera. Y todo podía haber seguido bien. Los vientos fétidos que empezaban a salir del Partido Popular estaban alejando a millones de votantes. La reforma laboral de Mariano Rajoy, más salvaje que la de Zapatero, y otras medidas sensatas de su gobierno, estaban dejando a media España en la pobreza. Sólo era cuestión de esperar a que Mariano Rajoy y los suyos se ahogaran en su propia cloaca o a que la mayoría no pudiera soportar la peste y la miseria por más tiempo. Entonces saldría a escena el PSOE con un candidato joven y guapo  que lanzaría promesas como rosas y, a lo mejor, devolvía al partido montones de actas de diputado para que muchos más estuvieran contentos y el partido pudiese disfrutar otros cuatro años de paz.

Pero resultó que el candidato joven y guapo cerró la puerta de su despacho a intocables del partido y se puso a programar y predicar reformas que pusieron nerviosos a los intocables de afuera. Dicen que no recibía ni le hacía caso a nadie. Lo que solo podía querer decir que estaba dispuesto a hacer de su capa un sayo. Esa capa y ese sayo eran tan rojos que no hubiera podido salir con ellos ni a la esquina de su casa en tiempos de Franco. Pedro Sánchez no atendía a razones porque ni siquiera daba pie a que se le explicaran las razones para mantener  en España el sistema económico y social del franquismo.  Tenía entre ceja y ceja reconvertir al PSOE en un partido socialista y obrero, y ni siquiera por la guinda se le podía coger en falta porque también  lo quería español. Su contumacia asustó a la Iglesia y convenció a los magnates de los negocios de que no se podían correr riesgos permitiendo en España la supervivencia de una socialdemocracia díscola que, no solo haría daño a la derecha española, sino que podía servir de ejemplo y estímulo a la agonizante socialdemocracia europea.

No hace falta repetir cómo derrocaron a Pedro Sánchez los próceres de su partido. Lo sabe todo el mundo y ya cansa. No hace falta repetir como el PSOE de la Gestora se transforma en muleta del Partido Popular superando en utilidad a Ciudadanos. Todos lo hemos visto, oído y leído. Y todo lo visto, oído y leído por los espectadores pasivos basta y sobra para que, en el inconsciente colectivo del país, el PSOE de la Gestora se haya constituido en símbolo de indecencia por apoyar  a un partido indecente. Ya pueden soltar los culpables todas las explicaciones que sea capaz de pergeñar su entendimiento. Todos sabemos desde niños que lo más fácil de encontrar en esta vida son excusas para justificar cuanto nos parezca que necesita justificación.

Pero como España es la cuna del esperpento, lo que no bastan son los argumentos racionales para explicar las causas y consecuencias de los gatuperios políticos. El éxito de un guiso depende del aliño y en esta olla podrida, el aliño no podía faltar. Apareció Podemos.

A Pablo Iglesias y su grupo inicial les descubrieron los ojeadores de varios equipos: el chavista para contar con una cuña en la Unión Europea; el neoliberal español y de allende para ofrecerse como el orden frente al caos. Unos bisoños profesores de Políticas manifestándose en la calle como radicales, con un cabecilla que podría protagonizar una serie de televisión acaparando todas las audiencias, podían hundir en la derrota a cualquier equipo que pretendiera cuestionar la supremacía de la derecha con un proyecto de socialismo moderado. ¿Quién financió el ascenso de aquella tribu hasta constituirla en partido político? ¿Quién lanzó a Pablo Iglesias a la apoteosis? Puede que nunca se sepa objetivamente. Pero las respuestas carecen de importancia ante los resultados de una estrategia genial. Podemos, unidos después a todas las tribus que Iglesias pudo recoger de aquí y allá, se llevaron al monte de las bienaventuranzas a todos los rojos desencantados con el rosa pálido, viejo, del PSOE. ¿Es que Unidos Podemos es de izquierdas? Según. Pablo Iglesias dice que no, y no miente. El narcisismo le hace verse por encima de toda dirección accidental. Pero por lo estrafalario de su indumentaria, de sus discursos y de su comportamiento en lugares serios, las masas le ponen la etiqueta de revolucionario de izquierdas  a falta de otro arquetipo al que asociarlo.

El día en que el PSOE de la Gestora culminó el desmantelamiento del socialismo permitiendo el gobierno del PP con su sonora abstención, Unidos Podemos quedó ante los españoles como el único partido de izquierdas de este país. Pablo Iglesias se vio como el héroe destinado a recibir la dignidad de Dios y decidió hacer todos los méritos posibles para hacerse ver, produciendo escenas y discursos que le garantizaban cobertura radiofónica y televisiva en prime time. En el último episodio, aparece flanqueado por su corte. Une las cejas. Fija las pupilas en una cámara, en otra, en otra. Va a hacer un anuncio trascendental que conmoverá los cimientos del país. Luego de una estudiada pausa que enardece la expectación, anuncia que va a presentar una moción de censura.

Quien sabe algo de política se queda con cara de bueno, vale. A los del PSOE de la Gestora les roza una ligera preocupación. Una cosa es que los votantes les manden al tercer lugar y otra que la debacle les lance al limbo en el que habitan Rosa Díez y compañía. ¿Qué tienen para competir con la estrella de la política española? Promesas socializantes, no, desde luego. No les creerían ni en sus casas. Tienen a Susana Díaz, pero su voz de coreuta de tragedia griega, tan antigua, tan engolada, tan plañidera, aburre hasta a sus mentores.  Como no se pongan  los gerifaltes del partido a manipular cuentas, avales, papeletas y voluntades, el rojo de bronce puede aplastarlos a todos  como el cinturón del sastrecillo valiente. Es posible que en eso estén.

¿Y en qué estamos los ciudadanos, esos ciudadanos que les mantenemos a todos, empresarios y políticos,  sin chistar? Esperando sin chistar a que el rojo de bronce aparezca como deus ex machina apagando la trituradora de voluntades hacia la que nos están empujando los esbirros del poder.

 

 

 

 

Otra vez PPSOE, y en la calle, juerga

Hoy Facebook  me ha recordado mi nota del 2 de diciembre de 2015. El recuerdo de ese aciago mes de hace un año me obliga, como nos está obligando  a todos, a recapitular.

Ya sabemos lo que pasó desde entonces; lo que se esperaba porque lo anunciaban los medios y las encuestas: ganó las elecciones la derecha, dos elecciones. Solo hubo una sorpresa que no tenía por qué haber sorprendido a nadie porque llevaba dos años anunciándose sotto voce.

Un grupo de líderes regionales del PSOE obligan a dimitir al Secretario General y se apropian del partido, nombrando una gestora que a partir de ese momento actúa con atribuciones ejecutivas que los estatutos no le reconocen. Además de realizar las purgas habituales en estos casos, la gestora obliga a todos los diputados del PSOE a abstenerse en el Congreso para permitir el gobierno del PP. Naturalmente, la repulsa de los militantes por el incumplimiento de la promesa electoral de votar NO a la derecha es casi unánime y la repulsa de los votantes se cuenta por millones. El PSOE aparece en las siguientes encuestas de preferencia de voto en penúltimo lugar.
Parece inexplicable que el partido más antiguo de España y al que se deben las reformas que modernizaron el país tras la dictadura, se haya suicidado, resucitando ese PPSOE de la propaganda radical que el Secretario General defenestrado había conseguido desbaratar con su viraje a la izquierda. Pero, ¿fue verdaderamente un suicidio? Todas las evidencias apuntan a un asesinato.

Los líderes rebeldes, ninguno de ellos bisoño en lides políticas,  tenían que saber que los ciudadanos de cualquier país democrático reaccionan contra un partido que exhibe inestabilidad y división interna. ¿Cómo se explica entonces que en las campañas electorales de diciembre y junio esos mismos líderes aprovecharan cualquier oportunidad que les dieran los medios para atacar a su propio Secretario General y candidato, poniendo en cuestión su aptitud para liderar al Partido y gobernar el país?

La pérdida de votos de Pedro Sánchez no podía sorprender a nadie en tales circunstancias, pero los líderes rebeldes, con un cinismo propio de un Rajoy y otros miembros del PP, claman al cielo y a la opinión pública culpando a Pedro Sánchez de los peores resultados de la historia del PSOE. ¿Y qué resultados se podían esperar cuando el mismísimo Felipe González había puesto en entredicho la idoneidad del candidato?  Si Felipe González, artífice de la modernización del país y padre espiritual del PSOE se lanzaba en dos artículos y varias entrevistas a decir al candidato de su partido lo que tenía que hacer, transmitiendo la idea fuerza de que ese candidato no sabía lo que hacía,  ¿qué ciudadano iba a tener un criterio suficientemente claro y firme como para darse cuenta de la jugada y votar a Pedro Sánchez a pesar de todo?  Lo tuvieron cinco millones de votantes y eso sí que fue una sorpresa. De haber caído la mayoría de los ciudadanos en la trampa, el PSOE no habría superado los resultados ni de la UPyD.

La siguiente sorpresa, esta para los líderes rebeldes y sus valedores, como Felipe González, Zapatero, Rubalcaba, Corcuera, Bono  y otros, fue que Pedro Sánchez resistiera tan brutal presión y se mantuviera firme en su decisión de no entregar los votos del PSOE a una abstención que permitiera un nuevo gobierno del PP, como había prometido en su campaña electoral. Para eso le habían votado cinco millones de ciudadanos, insistía Sánchez, y él no les iba a traicionar.

Los líderes rebeldes se dan cuenta de que con un Sánchez vivo y coleando no van a poder realizar sus objetivos, y deciden convertirle en un cadáver político. A la desesperada, sin ningún escrúpulo ni freno, dan un golpe de mano para hacerle desaparecer, aún sabiendo que en el parricidio político de su Secretario General van a cargarse el futuro político del partido. Nada parece importarles, ni violentar los estatutos ni transmitir la idea a todo el país de que el ansia de poder de unos cuantos, siendo la más conspicua Susana Díaz, les ha vuelto locos.

De locos, nada. Pronto, los líderes rebeldes demuestran que todos sus actos responden a una hoja de ruta perfectamente planeada y organizada. En primer lugar, se abstienen y Mariano Rajoy es investido presidente quedando sujeto a agradecer a la gestora tan impagable favor. ¿Cómo?

La gestora que se ha apropiado del PSOE procede enseguida a justificar el golpe transmitiendo a la ciudadanía que son los artífices del desbloqueo que impedía tener un gobierno efectivo. La abstención era necesaria  para dar al país un gobierno que pudiera tomar decisiones urgentes, sobre todo económicas, dijeron. Pero esa abstención no significaba de ninguna manera que el PSOE abstencionista diera un giro a la derecha. Una vez instalado como primer partido de la oposición, el PSOE de la gestora iba a aprovechar la precariedad en votos del PP para imponerle al gobierno una política social propia del socialismo.

Los militantes fieles al PSOE lo mande quien lo mande respiran aliviados ante tan buena justificación  y no tardan en defenderla. Y a defenderla se apuntan todos los medios del país en cuya lista de accionistas destacan bancos, multinacionales y superempresas; es decir, los más firmes defensores de un capitalismo libérrimo y salvaje, sin trabas ni regulaciones del estado. ¿Y cómo la defienden?

Durante toda la semana pasada, los principales medios del país han dedicado portadas y titulares a destacar la labor socializante del PSOE de la gestora imponiendo al gobierno la derogación de leyes antisociales y la aceptación de medidas  como la subida del salario mínimo interprofesional.  Titulares falsos que hacen creer que una moción tiene fuerza de ley.

Ni la universalmente odiada Ley de Educación se ha derogado ni tiene el gobierno intención de derogarla. Ni se ha derogado ni se va a derogar la llamada Ley Mordaza. Ni se va a revisar la reforma laboral ni se va a subir el salario mínimo a la cifra que ya había solicitado en el congreso Unidos Podemos. Todo eso lo explican los medios en sordina en los artículos que siguen a los titulares, pero saben ellos muy bien, que quienes se detienen a leer los artículos son una minoría, mientras que la mayoría, para saber lo que está pasando y formarse una opinión, se limita a leer los titulares. Por ejemplo, titulé uno de mis artículos “Pedro Sánchez no tiene salvación”, y un fiel seguidor del Secretario General, que entonces aún lo era, me envió un tuit poniéndome a parir. Si hubiera leído el artículo hubiera sabido que se trataba de una encendida defensa del Pedro Sánchez sitiado por los rebeldes. Le pedí que leyera el artículo; lo leyó y me pidió disculpas. Pero ¿quién va a conseguir que la mayoría de los ciudadanos no se deje engañar por cuatro líneas y dedique unos minutos leyendo un poco más para enterarse de la verdad?

Mariano Rajoy acostumbró a la mayoría a aceptar las mentiras, las más pequeñas y las más gordas, que desde su campaña de 2011 lanza, con los suyos, sin escrúpulos ni ambages y sin ceder casi nunca a la tentación de decir la verdad. La mayoría del país ha demostrado con los votos que acepta mentiras y corrupción y lo que les dé la gana a Rajoy y los suyos con tal de que alguien le asegure la pitanza, y el único que hoy por hoy puede asegurarla, es el Partido Popular. Esto también es una mentira, pero ya puestos a tragar, al ciudadano medio no le viene de una.

Hoy por hoy, España puede darse el lujo de estar gobernada por un partido corrupto y de tener de jefe de la oposición a un partido encabezado por unos líderes rebeldes que tampoco tienen ningún reparo en saltarse normas y lo que haga falta para conseguir lo que les conviene. Todo muy homogéneo, muy coherente, muy garante de lo que más aprecia el ciudadano español: la estabilidad. Domados y bien entrenados por cuarenta  años de dictadura tras una guerra salvaje, nuestros padres y abuelos nos transmitieron en la sangre el gen de la resignación. Parece que a nadie importase flotar en un estanque de mierda siempre que a nadie se le ocurra chapotear y levantar olas.

La estabilidad de la situación política en España está perfectamente garantizada. El PSOE de la gestora, feliz con su nuevo papel de controlador del gobierno como si con él estuviera a la par en votos, no pide más que frecuentes apariciones en la tribuna de Antonio Hernando, el portavoz convertido en rebelde y dispuesto a defender a la gestora con pasión de converso porque en ello le van cargo y sueldo; apariciones que le garanticen titulares en los principales medios,  que presenten al PSOE de la gestora como azote de la derecha y adalid de las políticas sociales. El PP seguirá, como siempre, haciendo lo que le dé la gana  sin temer que el PSOE de la gestora se salte los límites. Mariano Rajoy tiene en su mano derecha, firmemente agarrado, el mango de la sartén. Si Antonio Hernando y los que le mandan se desmandan, la mano omnipotente del presidente firmará la disolución de las Cortes y la convocatoria a nuevas elecciones, mandando, ahora sí definitivamente, al PSOE de la gestora a hacer puñetas en el penúltimo lugar; dándole la jefatura de la oposición a Unidos Podemos que, con un PP sobrado de votos, tendrá que limitarse a repetir los sainetes de Antonio Hernando en plenos y sesiones de control.

¿Y qué harán Unidos Podemos y su carismático líder mientras tanto? Lo que también se anunciaba hace más de dos años, solo que, probablemente, con más ruido y aparato visual.

Tras los titulares que ayer y hoy ponían al PSOE de la gestora como artífice del gran logro de obligar al gobierno a subir el salario mínimo, Pablo Iglesias  estará hoy maquinando cómo defenderse de la injusticia de que apenas se mencione que fue Unidos Podemos el que exigió la subida, una subida superior a la que supuestamente ha conseguido el PSOE de la gestora.

Hoy, Pablo Iglesias tiene más peligro que una bestia herida. ¿Que no le reconocen su labor en el Congreso? ¿Que los mismos medios que le catapultaron a la fama cuando a la derecha le convenía que un partido de izquierda radical le quitara votos al PSOE, hoy le ignore dando portadas y grandes titulares al nuevo PSOE defensor de los capitalistas? Pues, a la calle, a armarla en la calle con gritos y puños alzados y mítines  y canciones que permitan soñar a los más jóvenes, incluyendo a Iglesias, con un asalto incruento a La Moncloa. Después de todo, no hay por qué lamentarse de no haber sorpasado al PSOE. Hacer la oposición en el Congreso es de un aburrimiento mortal. Todo lo que se puede hacer para echarle un poco de sal y pimienta al asunto es sacarse una teta  o exhibir una pancarta provocadora; nada que no puedan finiquitar los de seguridad en un santiamén echando  a los alborotadores a la calle.

Pablo Iglesias parece saber lo que hace, mucho más de lo que parece. En su pugna por el poder con el moderado Errejón, sale triunfante por haber entendido que entre los elefantes de toda la vida, no tienen nada que hacer las propuestas radicales, y que si no se ofrecen propuestas radicales, los nuevos pueden acabar convertidos en un PSOE cualquiera. La radicalidad es de la calle, de la minoría dispuesta a sacar a la calle su indignación y de la mayoría que les sigue en las pantallas de los televisores porque, en medio de sus vidas moribundas, agradecen la distracción que proporcionan las peleas de Gran Hermano, los líos de Sálvame y las manifestaciones movidas. Dado el nuevo equilibrio de fuerzas, a Pablo Iglesias no le queda otra que convertirse en el gurú que enseña al país cómo engañar su  miseria; papel que seguramente agradece porque colma su más profunda inclinación, el histrionismo.

Y bien, ya tenemos un país estable, pero si eso fuera poco, España vuelve a estar, como le corresponde, al mismo nivel que los países europeos más desarrollados y hasta al mismo nivel que la primera potencia mundial. España es de derechas, por el derecho del PP y por el revés del PSOE de la gestora. Nada tiene que envidiar a la Francia que pronto decidirá la presidencia entre Le Pen y  el ultraconservador Fillon; ni a la Austria del ultraderechista Hofer ni a la gran América de la derecha salvaje de Trump. Por una vez marchamos al unísono con los países que importan en el mundo; los países cuyos ciudadanos han comprendido que lo único que importa es defender sus cuentas bancarias, por magras que sean, aunque el resto del mundo, parientes y vecinos incluidos, tenga que sobrevivir a la intemperie o se muera de hambre.

Ante este panorama de mentes y almas moribundas, de seres a quienes la degeneración va minando cada día su condición humana, la única esperanza  radica en el compromiso de cada individuo con la defensa de un derecho que ningún gobierno le puede quitar: el derecho a guiarse por un código de valores que le permita vivir al aire libre, por encima y lejos de las cloacas, respetándose a sí mismo y haciendo respetar lo que considera digno y justo; es decir, viviendo como un ser humano. ¿Es una ingenuidad pensar que la realidad actual permita vivir así a quien intenta sobrevivir en este mundo? Habría que preguntárselo a quienes no se resignan y luchan activamente por mejorar las cosas. No suenan porque el capitalismo triunfante y sus medios no les dejan sonar. Pero son millones lo que, en el silencio del anonimato, demuestran cada día que lo que dice el Génesis es cierto; que Dios creó al hombre, macho y hembra, a su imagen y semejanza; es decir, que les creó con la facultad de crear, de seguir creando todo eso que a Dios, después de crear el mundo, le pareció bueno. Cuando uno se asoma a la vida de uno de esos soñadores ingenuos que viven ocupándose de sus cosas y de las cosas de los demás como si también fueran suyas, uno se da cuenta de que esas personas viven como Dios.

Otro manifiesto contra otro manifiesto o a punto de apagar y vamonós

 

Acaba de salir otro manifiesto.

El otro día eran estrellas socialistas de la época del cine en blanco y negro junto a colegas de la derecha, unidos todos por una profunda responsabilidad de estado, para recordarle a Pedro Sánchez y al PSOE rojo de hoy  que hay que hacer posible la gobernabilidad de España sea como sea, aunque sea pringándose de mierda indeleble, porque ir a terceras elecciones y dejar que los ciudadanos decidan cómo se sale del atolladero, es un absurdo.

El manifiesto de hoy está suscrito por 450 estrellas comunistas, también antañonas; actores revelación de mareas, compromisos, verdes, activistas; sindicalistas, economistas alternativos; escritores, humoristas, pintores. La cosa, por lo menos, pinta más divertida.

Como en el anterior manifiesto de autoridades, éste persigue recordar a los líderes que hay otra opción de gobierno que evita tener que embarrarse con el PP. Sus firmantes, tal vez con más alto nivel de intelectualidad y justicia que los otros, no intentan, subrepticiamente,  que el personal se quede con la idea de que han tenido que salir a la palestra porque al pobre Sánchez no se le ocurre nada. Estos, por lo menos, reparten sus consejos no solicitados alícuotamente entre todos los líderes, por si a todos falta la creatividad que los firmantes se suponen con su invento.

El invento consiste en recordar a todos que el PP no tiene mayoría absoluta y que la suma de todos los demás partidos sí tiene. Razón por la cual, sumando los votos de los demás partidos, se puede conseguir un gobierno alternativo al PP; un gobierno formado por PSOE, Unidos Podemos y Ciudadanos ¿Pero no es eso lo que intentó Pedro Sánchez en marzo? Bueno, sí, pero como nadie le hizo caso, los 450 firmantes del manifiesto de hoy lo presentan como una idea nueva y rompedora a ver si, gracias a su patrocinio, esta vez engancha y cuela.

Y otra vez en nombre del ciudadano anónimo, la que aquí suscribe se pone a contestar a tan ilustres manifestantes en este contra manifiesto firmado por mí y por los millones de ciudadanos que piensan como yo, pero a los que solo se les escucha en sus casas y en sus bares.

Vamos a ver. En este día del Señor, la situación es la siguiente. El rey llama a Rajoy. Puede pasar que Rajoy sufra un ataque de responsabilidad y valentía y acepte soltar su discurso de investidura sabiendo que le van a derrotar. Harto improbable. El sentido de responsabilidad y la valentía no son virtudes que puedan adquirirse en un instante. Lo más razonable es suponer que Rajoy le dirá al rey que con sus 137 diputados no va a ninguna parte; que los otros son muy malos y han dicho que le votarán que no y que, por lo tanto, lo más serio es no aceptar la propuesta de su majestad de formar gobierno, aunque se agradece.

Rajoy comunica su negativa a la prensa. (Dentro música de suspense). ¿Y ahora qué? Ahora, o se desemperra Sánchez y dice que no es sí porque no queda otro remedio, o  nuevas elecciones porque si no, el caos, dice Rajoy.

Supongamos que Pedro Sánchez decide hacer caso a los ex ministros de su partido y se presenta ante la prensa para anunciar que el PSOE se abstiene, por sentido de la responsabilidad, para que gobierne la lista más votada, el Partido Popular. (Dentro algo así como la Fanfarria para el hombre común  de  Aaron Copland). Los medios interpretan el anuncio como la despedida de Pedro Sánchez de la vida política y el principio de la agonía terminal del PSOE. Mientras Sánchez, ya casi descuartizado, se retira a la inopia a contar los días que le quedan de vida, los líderes a quienes tocará reanimar al partido se lanzan frenéticos a recabar apoyos para  el próximo congreso que habrá de devolver el partido al aparato, porque se acabó el experimento de dejar las decisiones serias en manos de los militantes, que después mira lo que pasa. (Dentro El vuelo del moscardón de Rimsky-Korsakov).

Pocos minutos después aparece ante la prensa Pablo Iglesias, triunfante, resplandeciente. Dentro (Also sprach Zaratustra de Richard Strauss). Tras unos segundos de silencio para intensificar la expectación, Pablo Iglesias se proclama único líder de la oposición al Partido Popular.

España se divide en dos bandos; es decir, vuelve a ser lo que era. Por un lado, el gobierno serio del PP empieza a navegar plácidamente, sin sacudidas. Siguen saliendo asuntos de corrupción con redadas policiales, imputaciones, juicios. Pero ni Rajoy ni su partido se inmutan. La gente ya se ha acostumbrado a dejar a los políticos robar en paz. Los de la parte más delgada de la cuerda paran en la cárcel un tiempito para que no quepa duda de que la justicia funciona. Cuando el asunto pierde novedad, se les deja salir con una fianza que no tienen problema en pagar, y a vivir tranquilamente porque con tan poco juez y tan escasos medios, antes les llegará la muerte que el juicio.

Por el otro lado, Unidos Podemos y sus satélites y confluencias toman las calles con Iglesias, de Jack Sparrow, a la cabeza. Mientras Errejón protesta contra los recortes en el Parlamento y Rajoy los firma repantigado en su butaca, Iglesias organiza asambleas, manifestaciones, mareas que llenan de sonido y color las calles de nuestras ciudades; y happenings con tetas y culos al aire que divierten al personal. No hay día ni prime time en que no aparezca en todas las televisiones algún acontecimiento espectacular liderado por la electrizante figura de Pablo Iglesias. Mientras tanto, los asesores de Unidos Podemos preparan una moción de censura para cuando llegue el momento oportuno; el momento glorioso en que Pablo Iglesias arrebate el poder a Mariano Rajoy y  logre la investidura como presidente del gobierno.

¿Y si Sánchez no se abstiene? ¿Si resulta que el No no era sí, sino que era No? Aquí es donde entra lo del Manifiesto de los 450. Supongamos que Iglesias les hace caso y se traga el sapo gordo de Albert Rivera para conseguir un pacto. ¿Pero tragará Albert Rivera al líder revolucionario y a ratos soberanista? Sin duda. Rivera nació bifronte, como Jano, y como a Jano le da igual que la fortuna llegue por la izquierda que por la derecha. Bifronte, como Jano, se pondrá en el centro entre Iglesias y Sánchez, con los cuatro ojos de su doble cara fijos en los dos, para correr a los brazos del uno o del otro cuando quede claro  cuál de los dos se queda con el pastel. Supongamos que Sánchez traga saliva amarga y por el bien de España se aviene a pactar con Ciudadanos y Unidos Podemos. ¿Qué le pasará a nuestro país?

Por más que puedan escandalizar su nueva estética y sus nuevas formas, los líderes de Unidos Podemos son de lo más ranciamente español que se pueda desear. Pablo Iglesias no tiene empacho en confesar su clasismo en una entrevista televisada. Para él, la sociedad se divide en gentuza y élite culta. Por otra parte, tampoco oculta su machismo; un machismo de broma y, por lo tanto, inofensivo que no tiene otra intención que la de divertir a  los que padecen de exceso de testosterona. Célebres eran en la universidad los zascas sarcásticos que soltaba a sus alumnas femeninas excitando la hilaridad de los varones. Célebres sus interrupciones a periodistas femeninas mencionando su atuendo para restar seriedad a sus preguntas. Muy célebre ha sido  su broma en condicional a una inefable presentadora de televisión diciendo que la azotaría hasta sacarle sangre. Esa violencia contenida entre dientes apretados, como protagonista de westerns antiguos, conecta divinamente con la mayoría de los machos de este país y les hace soñar con una sociedad más libre cuando Iglesias proclama, en su programa de televisión, que el derecho a portar armas es de lo más democrático.  Por otra parte, Echenique demuestra un profundo conocimiento de la idiosincrasia y proceder de los españoles y una muy empática comprensión de sus costumbres que le lleva a pagar muy poco a un asistente y a no pagarle seguridad social, que es lo que hacen millones de españoles que no pueden pagar tantos impuestos. Si encima resulta que Echenique tiene un sueldo muy superior al de la mayoría, más que mejor. Como muchos empresarios españoles, se ahorra lo que puede en sueldos e impuestos demostrando su plena integración. O sea, que de los líderes de Unidos Podemos no hay que temer ninguna renovación ni regeneración que nos vaya a poner todo patas arriba. Su presencia en un gobierno garantiza más lo mismo de lo mismo, o sea, estabilidad, respeto al statu quo  para que nadie se agobie.

Lo que conduce a pensar que tal vez los 450 firmantes no vayan tan desencaminados. La presencia estéticamente y oratoriamente revolucionaria de Iglesias y los suyos puede ser un potente tratamiento contra la depresión que nos amenaza, mientras que su razonable plegamiento a  tradiciones y costumbres nos garantiza tranquilidad.  Albert Rivera es el chico bueno que no le causa problemas a nadie. Entonces, ¿por qué manifestarnos en contra de tan sensato manifiesto?

Manía que tienen algunos de confundir la política con la ética. Manía de no resignarse a tanta mentira, tanta falsedad.  Manía de creer que un político debe ser un trabajador que asume la responsabilidad de hacer su trabajo lo mejor posible, siendo su trabajo velar por el bien de los ciudadanos que le han elegido y que le pagan el sueldo con su trabajo. Manía de creer que con todas sus imperfecciones, el mejor régimen posible es la democracia y manía de creer que la democracia no es efectiva sino busca la justicia social. Manía de creer que una situación como la que vivimos solo pueden arreglarla con honestidad nuevas elecciones. Que si quieren los financieros, los empresarios, los taurinos, los ancianos con pocas luces que vuelva a ganar el PP y esta vez por mayoría absoluta, sea; apaga y vámonos, y cada cual a su casa para arreglar su mundo como pueda  porque el mundo exterior seguirá siendo un asco.

Los que padecemos de esas manías decimos a los 450 señores firmantes que preferimos seguir luchando hasta el último momento con Sánchez y el PSOE rojo para poder vivir en una España decente y responsable, aunque eso suponga hacer el ímprobo esfuerzo de acercarnos al colegio electoral y, al borde del agotamiento, levantar el brazo para meter nuestro voto en una urna, y regresar a casa maltrechos, pero con la profunda satisfacción de no haber permitido que líder ni manifiesto alguno quebraran nuestro espíritu. Amén